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Hace 20 años que escribo y tengo publicada una novela corta

TAL VEZ CONVENDRÍA...

...aclarar cual es el propósito de este blog. Hace mucho tiempo que vengo con la idea de publicar,vaya a saber porque, un montón de cuentos, relatos, casi crónicas (algunas de ellas).Si desmenuzamos el "vaya a saber porqué", o al menos lo intento, tropezaré con algunas ideas vagas, como narcisismo, exhibicionismo, que se yo, dejarles a mis hijos algunos divagues...
Entonces mi cuñado me mostró el blog de un amigo y me dije: Bárbaro, con esto me alcanza y de paso por ahí gente que quiero y otras que no conozco lean algunas cosas de estas y al menos les resulte entretenido. Ojalá.

Sentate y ponete a leer

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martes

VIOLENCIA EN LAS DISCOS (Charla)


LA VIOLENCIA EN LAS DISCOTECAS

Lamento comenzar esta charla con una mala noticia: No solo los jóvenes producen hechos de violencia; el ser humano, todos los hombres son violentos. Como ejemplo señalaré que en Europa, hace tan solo 60 años, en Europa que se considera la cuna y el centro de la civilización humana, los seres humanos se organizaron en una guerra que mató 50.000.000 de personas. 6.000.000 tan solo en matanzas sistemáticas en los campos de concentración. No creo que haga falta agregar ejemplos, que además tenemos todos los días, en nuestro tiempo. Esto lo marco para no contribuir al prejuicio de que son los jóvenes, o tan solo los jóvenes los que protagonizan los hechos de violencia.

Por otra parte, es cierto que se repiten los hechos de violencia en las discotecas. Pensemos entre todos porque pasan estos hechos y si es posible, darle alguna solución. Me parece que esta cuestión está relacionada o mejor dicho muy emparentada con lo que se llamaban fiestas dionisíacas. Es decir, la situación de discoteca, es similar a la de las fiestas dionisíacas. Estas fiestas eran en la antigüedad períodos en los cuales estaba permitido transgredir las reglas morales. No había freno para los instintos, por lo cual se daba libre curso a la sexualidad y a la agresión. También se las designaba como bacanales porque estas fiestas eran realizadas en honor al dios Baco, que era el dios del vino. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, postulaba que  estas fiestas no solo se daban en Grecia y Roma sino que eran comunes en todos los pueblos de la antigüedad e incluso en comunidades contemporáneas debían cumplir una función y la misma no era otra que la de válvula reguladora de escape. Escape de que? De la represión. En efecto, también postulaba que el hombre para ser civilizado debió reprimir sus instintos. O sea, el precio de la civilización es la represión de los instintos, o mejor dicho su regulación. Quiero decir con esto que no se trataba de una represión absoluta, sino mas bien de un ordenamiento reglado, es decir reglado con leyes, como la prohibición del incesto y del asesinato. Sin embargo, los instintos son tan fuertes que necesitaban de alguna válvula de escape, que de cualquier forma fuera funcional a la represión: estas eran las fiestas dionisíacas. Con el advenimiento del cristianismo, estas fiestas, paganas para la religión cristiana, se fueron remplazando por fiestas de santos patronos. Así se puede rastrear que la fiesta de un santo patrono de alguna localidad europea anteriormente había sido una fiesta dionisíaca. Como resto o residuo de aquellas épocas quedó el Carnaval y muy particularmente el Carnaval de Río de Janeiro en el que como todos sabemos, suelen cometerse con frecuencia excesos como violaciones y asesinatos.

Tengo la impresión de que las discotecas funcionan un poco de esa manera: válvula de escape de la represión de la semana. No tiene , a mi juicio, absolutamente nada de malo ir a bailar, divertirse, amar. Pero los abusos sexuales, las violaciones o dirimir diferencias con armas blancas o con el concurso de una patota, es otra cosa, y debemos reconocer que estas cosas pasan con cierta frecuencia en estas pseudo fiestas dionisíacas.

Bien, esto es parte del diagnóstico. Hay mas, claro, descreimiento, falta de trabajo, falta de modelos válidos, pero sobre todo una especie de vaciamiento de sentido en la vida. En efecto, para la mayoría de los jóvenes, me parece ( y ojalá esté equivocado), el proyecto de vida pasa por ver como se puede hacer para estar lo mejor posible económicamente y para colmo con escepticismo en relación al logro de ese objetivo. Está claro que en si no tiene nada de malo pensar en el futuro económico. Lo malo es que solo se piense en ello También hay un sector de la juventud cuyo escepticismo es aún mayor. Ese sector proclama un lema: No future. Esto quiere decir vivamos ahora porque no hay futuro.

Tenemos pues dos elementos para el diagnóstico: 1) La discoteca como remedo de la fiesta dionisíaca, es decir un lugar en donde los instintos pueden, de pronto, traspasar los límites de la civilización y 2) una suerte de vaciamiento de sentido de la vida.

Y si tenemos el diagnóstico podemos discutir una posible terapéutica. Decíamos que Freud postulaba que el precio de la civilización era la represión de los instintos o por lo menos su regulación. ¿Y esto como se hacía? Mediante la ley. Primero con la ley del padre, después con la ley de quienes tenían la fuerza para imponerla.En general eran los mas fuertes, después fueron los caciques, los reyes. Eran sin duda los herederos de los padres primitivos. Sin embargo, un día, en Atenas, en Grecia nació un modo diferente de hacer las leyes: las hacía el pueblo, los ciudadanos. Los hijos ya no querían la ley del padre. Ahora querían hacerla por si mismos. Mediante las leyes, ellos mismos reprimían sus instintos para ser civil-izados. Separo la palabra con un propósito: civil es un derivado de cívis, en latín quiere decir ciudadano. Pero ser civilizados, es decir ciudadanos era ser protagonistas de la construcción de la Polís que en griego quiere decir ciudad. O sea constructores protagónicos de la ciudad, de ahí lo de ciudadanos. Y construir la ciudad en el sentido griego, no era sólo hacer los edificios, trazar las calles, era también hacer las leyes, administrarla. De ahí que la palabra político venga de Polis.

Ahora volvamos a la cuestión del vaciamiento de sentido. En mi opinión, en gran parte se debe a que una gran parte, la mayoría me atrevería a decir, son sujetos pasivos de la política, es decir son objeto de la política. Veamos: el conjunto de las leyes conforman al Estado ya que se dice que el Estado es la Nación jurídicamente organizada. Y la organización jurídica (conjunto de normas, de leyes) del estado nacional conforma la República. República quiere decir en su traducción literal cosa pública ( Res=cosa). Y la cosa pública, la administración, la construcción de la ciudad para la mayoría de los ciudadanos de nuestro país es cosa del gobierno y de los políticos. Es decir nos es ajeno. Pero no sus consecuencias ya que regula directamente nuestras vidas. De modo que parece que en esta democracia, no somos dueños de nuestras vidas. De ahí la afirmación de que entonces somos objeto de la política.

Un ejemplo práctico: Si le pregunto a los alumnos de esta escuela donde estoy dando esta charla: ¿ De quién es esta escuela ? seguramente contestarán del gobierno, en este caso del gobierno de la provincia de Santa Fe. Y esto no es cierto. Esta escuela es de los alumnos, de sus padres, también de sus profesores, también mía, porque es de todos los ciudadanos. El gobierno solo la administra. Y es obligación de nosotros , los ciudadanos controlar la administración. A propósito ¿ Tienen centro de estudiantes?. Si no lo tienen Uds. no controlan nada, no protagonizan, son solo objetos para la educación. Y así en todos los ámbitos de este país.

La pregunta es: ¿ puede uno siendo objeto pasivo, es decir, sintiendo que no es protagonista de su vida, encontrarle sentido a la misma?. Y si no se es protagonista queda otro modo de sentir las leyes sino tan solo como represión ? ¿ Y si se sienten las leyes solo como represión no es esperable que se quieran desatar los instintos, máxime en las discotecas que tienen los estímulos como para que esto suceda ?

Debo aclarar que no estoy culpando a la gente , a los jóvenes por no ser protagonistas. Esto sería para otro análisis. Pero debemos ser claros que en la democracia que estamos construyendo mas allá de las dificultades que se seguramente se pueden encontrar hay caminos y espacios para protagonizar.

Un ciudadano que se siente constructor de la ciudad, del país, un ciudadano que protagoniza o lucha por protagonizar, cuida su ciudad, sus calles. Cuida de los otros ciudadanos y lo mas importante: le da sentido a su vida. Por eso creo que la terapéutica está en organizarce en o con los centros de estudiantes, las vecinales, los clubes, los partidos políticos y exigir que se les permita participar. Cuanto mas ciudadanos se sumen mejorará el país, la democracia. No es fácil porque vivimos en una democracia que en realidad está en construcción. Pero si no luchamos por perfeccionarla las víctimas seremos nosotros mismos.


                                                                                                  Dr. Nicanor de Elía


lunes

MONTONEROS (Opinión)

Montoneros


Hace tiempo vengo observando la utilización  del término “Montoneros” como adjetivo denostativo. En general no me afecta porque lo tomo como “de quien viene”. Y en lo personal mucho menos por la sencilla razón de que no lo fui, no lo soy y tampoco lo seré. Entre otras cosas porque no soy peronista y todos los que conocí no solo eran peronistas sino que además lo consideraban una condición fundamental para ser…montonero. Aclaro que tengo un respeto enorme por el peronismo, sobre todo por el pueblo peronista.
Una de las razones esgrimidas para utilizar la palabra Montoneros de modo descalificante es que estos eran asesinos.
Escuché lo mismo sobre el Ché.
Montoneros, como el Ché, eran o pretendían ser, una organización militar. Específicamente utilizar la violencia para conseguir objetivos políticos. Argüían que era necesaria para terminar con la violencia instalada que protegía la injusticia que resultaba en la explotación de los trabajadores, en la miseria, en los niños hambrientos sin educación y sin salud, etc.
Eran empleados de multinacionales? No. Eran mercenarios? No.
La crítica de violentos es en si estúpida. Que yo sepa San Martín, Güemes, Belgrano, Bolivar, por sólo mencionar algunos, también eran, fueron, violentos.
En todo caso habría que preguntarse sobre la legitimidad del uso de la violencia.
En mi caso debo aclarar que el uso de la violencia me parece deplorable. Pero si entra en mi caso unos ladrones con la intención de violar a mis hijas y asesinarnos, no dudaría ni por un segundo en utilizar el máximo de violencia disponible.
Habría, me parece, que discriminar entre legitimidad objetiva y legitimidad subjetiva. La objetiva sería aquella en la que no quedan dudas sobre su utilización, como es el caso que cité recién.
La subjetiva sería el fruto de la evaluación con condimentos ideológicos y de otros tipos sobre la necesidad y sobre todo oportunidad para su implementación. Obviamente es de difícil discernimiento porque aquellos inclinados hacia la utilización inmediata pensarán que se trata de una situación objetiva.
Este era, a mi juicio, el caso de los montoneros y era exactamente el punto de disenso mas importante que me separaba de ellos. No era el único, pero sí, repito, el más importante.
Pero volvamos a la utilización denostativa del término montoneros.
Conocí a varios de ellos. Uno era Carlos María Araya y su esposa Catalina Fleming. Otro era Jorge Araya. Eramos amigos íntimos, como hermanos. El padre había sido Intendente de Rosario en la época de Aramburu, presidente del Jockey Club de Rosario. Tenían mucho campo en Inriville al sur de la provincia de Córdoba. Es decir pertenecían a una familia rica y prestigiosa desde el punto vista social. Quiero decir pertenecían a la clase alta de la ciudad de Rosario. Carlos María además se había recibido de Ingeniero Civil y Jorge estaba a un par de materias para recibirse de abogado. Es decir, tenían un futuro perfecto desde el punto de vista de las seguridades económicas y sociales. Sin embargo ellos eligieron ser montoneros. ¿Por qué? Porque consideraron que era el modo idóneo para terminar con una realidad que les dolía en alma. Es decir prefirieron la posibilidad de ser torturados brutalmente y asesinados, arriesgar la vida, en pos de sus ideales. Y así fue: Carlos María y Catalina desaparecidos. Jorge asesinado: lo encontraron en el río Carcarañá con treinta tiros y una piedra atada junto con su compañera la Negrita Estevez.
Otro: Guillermo Martínez Agüero. A los 22 o 23 años se recibe de médico con las mejores notas, ayudando a su madre que había quedado viuda con cinco hermanitos menores. Querido por todo el mundo al punto de haber sido elegido en forma unánime por todas las agrupaciones estudiantiles de distintas tendencias en su facultad. Pobre pero de familia patricia de Córdoba, también con todas las posibilidades a su favor. Termina preso por diez años. Al menos salvó su vida. Un hermano, José Agustín desaparecido.
Su hermana Soledad militante de montoneros también es viuda de Haidar. Hace poco tiempo volvió a rehacer su vida con un buen compañero. Otra hermana que hace muchísimos años que no veo es la mujer de Firmenich. Sufrió cárcel y exilio. Los conozco muy bien son primos hermanos y desde chico los veía todos los veranos en Villa Allende, sierras de Córdoba. Mismas motivaciones que los Araya.
Y conocí muchos mas. Todos mas o menos iguales: Idealistas y generosos, con los que discutía hasta el hartazgo.
No acordé nunca con ellos. Pero los quiero por sus valores extraordinarios. Y porque a mi me siguen doliendo las mismas cosas que a ellos.
Por eso creo que aquellos que usan montoneros como denostativos deben ser los que aplaudieron la tortura y la matanza sin posibilidad de juicio justo para quienes, tal vez equivocadamente, mas aún, gravemente equivocados, quisieron cambiar las cosas horribles de este mundo y que todos conocemos sin calcular nada a cambio.

ORO NEGRO


Primero aparecieron comentarios breves en los diarios y fueron nombrados por algunos periodistas deportivos en la radio. Un programa de TV difundió imágenes estremecedoras sobre jugadas salidas de otro mundo que fueron mostradas más bien como rarezas. Como quien muestra un gato de seis patas.
Todas coincidían en los mismos rasgos: Jugadores de fútbol de raza negra muy jóvenes y muy habilidosos “con un futuro promisorio” que hacían goles increíbles. Jugaban en clubes ignotos de distintos lugares del planeta. Sus nombres eran Membé, Embengané, Mpombo, etc.
Se podía leer: “De nuestra agencia. Caleta Olivia. Un jugador de segunda, llamado Membé del Racing Club local en su debut contra el Atlhetic de Comodoro Rivadavia hizo siete goles contra todas las predicciones, ya que éste último era considerado seguro ganador del partido disputado ayer por la tarde”. Mas adelante: “El desconocido jugador de color de diecinueve años, después de hacer toda clase de caños, sombreros, autopases, habilitar al milímetro compañeros, correr la cancha a toda velocidad durante los noventa minutos, volver loca a la defensa contraria, gambetear a quien se le ponía adelante y anotar siete goles de exquisita factura comentó que no había podido jugar mejor porque había sentido un poco de frío”.
Y lo mismo sucedía en otras partes del mundo. Con otros jugadores de color.
Al cabo de un año, todos estaban jugando en los principales clubes del mundo: Manchester, Barcelona, Boca, Milán, Chelsea, Arsenal, Real Madrid, River, Sao Paulo, etc.
Contratos varias veces millonarios y transferencias en cifras estratosféricas.
Messi, Ronaldinho, Caca, pasaron casi a la indiferencia. Maradona y Pelé fueron considerados prehistóricos.
En todos los casos los pases de los jugadores eran de propiedad de una empresa desconocida con dirección en las Islas Caimán y las cuentas bancarias eran de ese lugar, de Suiza y también de Luxemburgo. Los titulares de la empresa eran desconocidos y los contratos los firmaban apoderados que siempre eran miembros de estudios jurídicos de primer orden.
Como es de imaginarse todo el mundo futbolístico y particularmente la prensa deportiva no cesaba de hacerse preguntas. ¿Cómo era posible que repentinamente un grupo de veinte jugadores aparecieran casi en simultáneo en la escena mundial dejando atónitos a todos por la excelsa, nunca vista, calidad de su juego?¿Porque eran todos de color ¿Quienes estaban detrás de todo esto? Y sobre todas las cuestiones: cómo habían logrado que estos morochos fueran lo que eran?
Cuando se interrogaba a los jugadores en cuestión ellos respondían a través de un traductor (ellos hablaban solo un dialecto africano) con evasivas o simplemente caían en un mutismo total. Sin embargo en las prácticas parecían entender todas las instrucciones que emanaban del cuerpo técnico. Alguien comentó que parecían vivos solo cuando jugaban al fútbol o desarrollaban alguna actividad que tuviera relación con el juego.
Por lo demás parecían aletargados, como en trance, como sumidos en meditación.
El clímax llegó cuando se decidió hacer un partido con un seleccionado de estos superjugadores contra un seleccionado del resto del mundo. Por supuesto que  generó un negocio de muchos millones de dólares: auspicios en donde se sugería por ejemplo que todo esto era gracias al consumo de Gatorade o de Coca Cola, charlatanes que intentaban vender espinaca al mejor estilo Popeye, Adidas sacaba a los jugadores, mejor dicho mostraba unos pies negros con el calzado de esa marca (el video era muy bueno: no había sonido alguno, solo los pies negros con el calzado con las tiras).
El partido se jugaría en el Maracaná. Los derechos de televisión fueron duramente disputados a precios estratosféricos. Las entradas se vendieron rápidamente y aún siendo muy costosas permitieron a los revendedores hacer pingüe negocio.
El resultado fue catastrófico para la selección mundial. Perdieron 9 a 0. Todo el mundo futbolístico estaba atónito. Nadie salía de su asombro. Fue humillante. Como si hubiera jugado un equipo de adultos contra niños de cinco años.
La cotización de los jugadores llegó a cifras absurdas.
Llamaba la atención el hecho de que estos morochos no llevaban  una vida rumbosa. Por el contrario se comportaban de una manera casi ascética.
El misterio era total. No se sabía de donde venían. Quien los había entrenado. Cuando se iniciaron aparecieron en los clubes  con un bolsito y acompañados por un señor que dijo ser representante y cuyo domicilio era un ignoto lugar.
Comenzaron a circular distintas versiones. Algunas místicas o que hablaban de extraterrestres. Pero la más creíble, dado que se encontraron indicios en las islas del Charigué en el río Paraná frente a la ciudad de Rosario de la República Argentina, relataba una historia en la que se decía que todo fue ideado por dos estudiantes universitarios de esa ciudad.
Parece ser que una noche tomando whisky y hablando hasta altas horas de la madrugada como solían hacerlo, se preguntaron primero sobre la razón por la que los hombres de raza negra solían ser espléndidos atletas. En segundo lugar reflexionaron sobre la paradoja de que tantos niños de ese color padecieran hambrunas en Africa.
Se dice que al cuarto o quinto whisky ya se habían preguntado como podrían ayudar a esos niños.
Uno de ellos tenía campos de modo que tenía recursos disponibles.
Siempre se apasionaban por desafíos extremos. Pensaron que podían combinar la ayuda a esos niños y también ganar mucho dinero.
Al séptimo whisky ya redondeaban la idea.
Irían a Africa y se traerían cincuenta niñitos. Los alimentarían, los cuidarían, pero les harían un programa de vida dedicada al fútbol.
Todo, absolutamente todo, giraría en torno al fútbol.
Se adaptarían los cuentos infantiles para ese propósito. El príncipe que besa a la bella durmiente no es un príncipe: es un centroforward y precisamente la besa porque ha convertido un gol. Los defensores del castillo son zagueros. Y los arqueros no usan arcos y flechas: usan guantes de atajar.
Se llegó al extremo de inventar una religión: Dios hizo al mundo a imagen y semejanza de una pelota de fútbol. Pecado era perder un partido y anotar un gol también valía por indulgencias plenarias. Eso era el cielo, una cancha de fútbol.
Se haría una cooperativa en donde participarían entrenadores, profesores de educación física, psicólogos.
Una nana negra traída también de Africa les cantaría para arrullarlos canciones que dirían por ejemplo:
“Duermase mi niño
Duerma duerma ya
Que mañana tempranito
Al fútbol va a jugar”
Sólo verían partidos por la tele. Las tortas de cumpleaños tendrían forma de pelotas o también si eran rectangulares serían canchas con arcos y líneas demarcadoras hechas con azúcar impalpable.
A medida que fueran creciendo se haría una selección de los mejores. Y el resto serviría como personal auxiliar.
Los gastos no eran muy elevados: el pescado que proveía el río más la soja de los campos cercanos y las naranjas del litoral eran la base, por cierto nutritiva y barata, de la alimentación.
Se les inculcaría que el resto del mundo era peligroso. Que mas bién lo mejor era no interactuar mucho. Siempre estaba la excusa del lenguaje.
La dedicación a la preparación física y al juego llevaba cerca de diez horas diarias.
Dieciocho años de todo esto producía estos fenómenos.
Mas allá de que se encontraran restos de estas actividades en las Islas Charigue, no puede negarse que finalmente estas fueron versiones que nunca pudieron ser confirmadas.
En cambio si se confirmó lo de los dos estudiantes que se reunían hasta altas horas de la noche a tomar whisky para inventar otra existencia.

EL TÍO QUELITO



I

La muerte de mi tío Quelito, estuvo rodeado de circunstancias propias del “realismo mágico” de García Márquez.
Al sentirse mal, se bañó, afeitó,  peinó con gomina, se puso camisa blanca, corbata, saco azul, pantalón gris, medias azules y zapatos negros acordonados. Después se acostó en su cama boca arriba, puso sus manos entrelazadas con un rosario sobre su pecho y murió.
Quería estar elegante para su velorio.
Había sido “Primer Secretario de Embajada” en México, San Salvador y Portugal. Fue durante el gobierno de Perón y el era puntero peronista en Villa Allende donde vivía en la casa veraniega de mi abuela materna, Doña María del Carmen Díaz Usandivaras de Martinez, dama patricia de Córdoba. Como él no era casado la servidumbre lo llamaba  niño Quelito. Digamos que no era un descamisado, era un rastacuer, el hijo de una señora que cuando se refería a las chicas de la servidumbre las nombraba como “chinitas de porquería”. Nacionalista católico, rosista, despreciaba a los turistas a quienes, cuando los cruzaba con su auto,  apostrofaba de “turrista” imitando acento italiano, porque también, éstos, los italianos, eran despreciables para él. Su peronismo me convenció para siempre que el peronismo no estaba a favor de los cabecitas negras.
De haber vivido lo suficiente hubiera sido menemista, con la salvedad que de vez en cuando dijera: “Carlitos es un turco de mierda”
Creo que nunca trabajó y para mi fue siempre un misterio como llegó a tener un Ford descapotable, un coche inglés para ser tirado por su padrillo Hackney puro y un bull terrier con pedigree, porque todo esto, aclaro, lo tuvo antes de su carrera diplomática.
Recuerdo que siempre se decía de él que era delicado de salud: estuvo enfermo de tuberculosis y la cantidad de remedios que tomaba deben haber hecho de su cadáver algo incorruptible.
Alguna vez alguien me comentó que era adicto a la cocaína, pero eso no me consta.
Ya jubilado, se hizo hacer una gran cantidad de tarjetas que rezaban: “Rogelio Martínez Díaz – 1er. Secretario de Embajada de la República Argentina – Ministerio de Relaciones Exteriores”

II
La primera vez que lo vi utilizar la tarjeta fue en ocasión de un pedido de mi padre:
-    Quelito, ¿podrás mover alguna inflluencia para apurar mi jubilación que está en trámite y demorada?
-    Pero claro Melitón, la semana que viene voy a Buenos Aires y me encargo.
Fui dos veces a Buenos Aires con él. Una de ellas con Carlos María Araya que fue mi amigo del alma y que terminó desaparecido en la dictadura como oficial montonero.
En una de esas oportunidades en la que lo acompañé, a la dependencia en la que haríamos la gestión encomendada por mi padre, al entrar divisé un cartel que decía “Informes” donde se encolumnaba una fila de personas, de modo que fui a colocarme detrás del último de la cola, de donde fui sacado de un manotazo brusco de mi tío Quelito mientras me amonestaba con un sonoro: “¡que hace m’hijito!”.
A continuación se colocó en el medio del salón y golpeó sonoramente las manos como cuando uno llega a una casa de campo donde no hay llamador de ninguna especie. Me puse rojo como un tomate porque toda la gente que estaba haciendo trámites en ese lugar se dio vuelta para mirarnos.
Ante mi sorpresa apareció un sujeto que en forma diligente se dirigió a él inquiriéndole:
-    ¿Señor?
-    Pongame en contacto con el jefe o encargado de esta dependencia – dijo autoritario mientras sacaba de su elegante impermeable de gabardina inglesa una tarjeta de esas.
-    En seguida señor – dijo sumiso no bien la leyó.
Casi de inmediato fuimos conducidos a una oficina donde un señor se levantó ceremonioso de su escritorio para estrechar la mano de mi tío y la mía, mientras se presentaban.
Se sentaron y el hombre con una sonrisa le ofreció:
-    ¿Un cafecito?
-    No gracias – dijo medio seco mi tío.
-    Bien, ¿Y en que puedo servirlos?
-    Se trata de la jubilación de mi cuñado – dijo mi tío (me pareció que cuando decía cuñado era como que decía cucaracha) y agregó – está un poco demorada y el pobre no puede esperar más – y finalizó –aquí tiene el numero de expediente.
-    Sí, si, veré de inmediato que se termine el trámite – dijo el hombre.
-    Bueno, gracias y cuando pueda lo espero a comer en el restaurante del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Nos fuimos después de los saludos de rigor… y al mes mi padre estaba jubilado.

III

Cuando fuimos con Carlos María y él viajamos en tren. Al llegar a Retiro se hizo bajar del vagón por un changarín que lo cargó tomándolo por las axilas hasta depositarlo en el suelo de la estación.
No recuerdo cual era el motivo del viaje, pero cuando estuvimos cerca de la Catedral, Carlos María quiso que visitáramos la tumba de San Martín. Cruzamos una avenida donde los autos andaban a mil, siguiendo a mi tío que haciendo caso omiso al tráfico cruzaba orondo, extendiendo el brazo con la palma de la mano hacia arriba, para que los autos se detuvieran, sin siquiera mirarlos, con la vista clavada al frente.
Aterrados (Carlos y yo, porque él estaba lo más campante), llegamos milagrosamente ilesos a la puerta de la Catedral…que estaba cerrada y en la que lucían los horarios para entrar en ella y que no coincidían, claro, con los nuestros.
Nosotros amagamos, decepcionados, con darnos la vuelta, pero él nos paró y sin inmutarse golpeó con fuerza la enorme puerta.
Al cabo de un instante la abrió un curita a quien sin mediar palabra le extendió la tarjetita. El cura la leyó y preguntó:
-    ¿En que puedo servirlo?
-    Vea, mi sobrino y su amigo quieren visitar el mausoleo de San Martín y como son de Rosario…
-    Sí, si, pasen –lo interrumpió el sacerdote
Nosotros pasamos y sentimos mientras nos alejábamos de ambos que tío Quelito le decía “….y lo espero a almorzar en el restaurante del Ministerio de Relaciones Exteriores”

IV

No recuerdo cuantas veces lo vi hacer lo mismo con excelente resultado, pero si me quedó grabado la oportunidad, que me pareció el colmo, en la que le dio la tarjetita a un hombre que estaba cortando el pasto frente a la Municipalidad de Funes (pueblo cercano a Rosario) mientras lo conminaba a que le avisara de su presencia al intendente.
No se si también lo invitó al comedor del Ministerio, pero en una de las oportunidades en las que lo acompañé a Buenos Aires, me dijo a la hora de almorzar que lo haríamos en el mentado restaurante ministerial, provocando que protestara porque mi atuendo no me parecía adecuado para concurrir a un lugar que suponía poblado  de personajes como jeques árabes, funcionarios de la ONU, embajadores, etc.
Pero él se mantuvo en sus trece diciéndome que no me preocupara agregando:
-    Usted va conmigo.
De modo que nos encaminamos hacia ese olimpo de los dioses, resultando ser que el lugar era el comedor de los empleados del ministerio, donde lucía en papel de envolver y clavado con una chinche en una especie de transparente un menú garabateado a mano en el que se leía:
“Hoy. Milanesa con fritas - $ 7.- Queso y dulce - $ 5.- Jarrita de vino de la casa - $ 4.- Café $ 2.- También hay albóndigas con puré o ensalada $ 7.-“
Nos sentamos mientras miraba que un mozo con un repasador mugriento colgado del brazo gritaba: “Marche una albóndiga con puré para la mesa cinco”.
A todo esto yo tendría por entonces unos veintidós o veintitres años, y mi tío Quelito me parecía el non plus ultra del chanta argentino, pero siendo un niño se me había antojado que él era un semidios.
Recuerdo un busto de bronce de su cabeza que se había hecho hacer y tenía en su cuarto. Y una poesía que había escrito que se titulaba “Que es poesía” y que me parecía muy bella y que solo quedó en mi memoria las últimas palabras que decía: “….es melancolía”.
El me regaló dos caballos: el Leonero y la María Bonita, en realidad los había regalado para mis hermanos y mis primos, los hijos de mi tío José.
Pero en los hechos eran prácticamente míos.
La María Bonita era una yegua preciosa. De ahí su nombre sacado de la canción de Agustín Lara dedicada a María Felix. Cuando vino de México me trajo un jean mexicano, con tachas a lo largo de las piernas y con dos cabezas de toro también hechas con tachas sobre los bolsillos delanteros y cuyos ojos, rojos, eran dos piedritas. Además nos regaló camisas de nylon que eran una novedad y que ahora comprendo que eran horribles.
Se trajo una montura mexicana de charro con sus cabezadas y que de vez en cuando me dejaban usar.
El y mi tío José fueron los que me enseñaron todo lo que se sobre los caballos. Aprendí a ensillar, los pelajes y como se debe montar. Ellos me hicieron “de a caballo” allá en la casa de mi abuela en los veranos cordobeses.
Por eso fue que lo elegí como padrino de confirmación y también elegí su nombre para esa ocasión en la que me convertía en “soldado de Cristo”.
Casi nadie sabe que mi nombre civil es Nicanor pero que si se agregan los de bautismo y confirmación queda Nicanor Rómulo Rogelio.
Hace unos años pude hacerme una casa en Los Cocos, en el valle de Punilla de las Sierras Cordobesas. Mi casa se llama María Bonita. Ahora saben por qué.



miércoles

2 Poetas gauchos 2 (Crónica)

Mails intercambiados entre Nicanor de Elía (Aparicio el Ganso) y Ricardo Camogli (Edonicio el Pavo) debido a que el primero debía pagar un impuesto atrasado y también debía enviar escaneado el depósito realizado en el  Banco de la Provincia  2"de Córdoba con el número de cuenta en ese banco de la Municipalidad de Los Cocos que tiene en la sucursal de La Cumbre. (Año 2003).

  No se hai de dormir
el crestiano que es alvertido
y al amigazo endeudao
le va hacer el favor
de enviarle como un tiro
el número que con dolor
necesita con cuidao
y de ese modo permitir
saldar con lo depositao
la mensualidá sin dirimir.

Aparicio el ganso


No mei quedau dormido
Con el tema de su cuenta,
(aunque la cosa aparenta
que la dejé en el olvido).
Anote, criollo querido,
La cuenta: cincuenta y uno;
Y aquí resulta oportuno
Que indique la sucursal:
Tres cuatro dos, (pa´ indicar
La de La Cumbre, presumo).
Cuando le den la boleta
La fotocopia enseguida,
Y en un sobre me la envía
Desde cualquier estafeta,
Pa que de forma concreta
El ente recaudador
Le pierda todo temor
Que su cuenta siga impaga
¡y que sepa esta negrada
cómo paga Nicanor!

Edonicio el Pavo


Naides me ha de llamar
crestinao desagradecido
y como flecha me voy
los patacones a depositar
como un enloquecido
porque como es sabido
nunca e’ de olvidar
el servicio extraordinario
o el extraordinario servicio
que me ha prestado
el día de hoy
un paisano octogenario
apelado el pavo Edonicio

Aparicio el ganso.


Naides podrá decir
que este gaucho desterrau
no pecha como un desgraciau
y no para de sufrir
pa' poder dir a morir
en esa montaña dichosa
donde Edonicio y su esposa
pa' siempre han de vivir
con un vecino amigazo
que en dos meses pondrá
en la mesa un vinazo
que con gusto invitará
a quienes tanto estraña
y se han dado tanta maña
pa' hacerle este favor
de alcanzarle la papeleta
(y evitarme la estafeta)
al ente recaudador

Aparicio el ganso


Aparcero, tenga mano,
no vaya dirse en promesa,
aquel vinazo en la mesa
ya queda documentao.
El recibo fue entregao
al ente recaudador,
y siendo gaucho de honor
se lo tengo que decir:
¡si usté no puede venir
mande el vino, por favor!

Edonicio el Pavo












LA CARTA DE RICARDO (Crónica)

Mi hermano Ricardo, siete años mayor que yo, era un genio. Tenía un coeficiente intelectual muy superior al del común de los mortales, un conocimiento enciclopédico, una memoria prodigiosa. Fue medalla de oro de su promoción en la Universidad Nacional de Córdoba, en donde se recibió de abogado. En mi casa solía recitar de memoria, a los gritos, las poesías de Lorca y de Guillén.
Si escribo a veces algunas ocurrencias en forma de cuentos, de novelas, se deber casi, a la tristeza y diría cierta impotencia que siento por el hecho de que semejante talento no haya dejado otra cosa que recuerdos entre los que tuvimos la suerte de conocerlo. Recuerdos que al no haberse plasmado en escritos se disolverán con el tiempo. Los escritos tienen casi siempre idéntico destino, pero, si fueron realizados con habilidad, con gracia (y estoy seguro que los que podría haber realizado Ricardo estarían hechos de esa manera), pueden llegar a ser disfrutados al menos por dos o tres generaciones. Dejó solo una poesía que publicó el diario “La Capital” de la ciudad de Rosario en el año 1965 (ciudad en la que nació y vivió la mayor parte de su vida), y que transcribo:

MONTE

El monte que me acecha,
erizado de espinas y de penas.

El monte, duro y áspero
como la gente de mi pueblo preso.

Rencor vencido, mata y espinillo,
duro solar de raza castigada,
poncho de tela brava, amargo ceño
de esta tierra, por criolla desdeñada.

Monte mío, jinete de la sierra
chaparro guardián de la montaña;
cuando vengan las rojas alboradas,
bajarás a los pueblos y a los valles
hecho machete, antorcha, cruz, tacuara.

Sabrás de hundidos rostros rescatados,
de lomos que han vuelto a ser espaldas,
del pan que ya no falta;
que niños tristes de mirada anciana,
serán ancianos de mirada niña...

Monte mestizo de pelambre recia,
Arpón de las estrellas, ¡monte macho!

También dejó una carta que nunca pude leer. Pero la peculiaridad que la rodea que tal vez supera su texto, merece su evocación.
Ricardo era un ser hecho para el amor. Vivía enamorándose. Y sufría porque solía no ser correspondido. Las mujeres con las que se topaba, por cierto muy bellas, solían preferir a los muchachos deportistas y con gran confianza en si mismos. Él en cambio, era un soñador tímido, bajo y enjuto. No era precisamente un Clarck Gable, era más bien un Woody Allen con la diferencia de que no era famoso, ni rico ni un exitoso director y comediante.
Ocurrió un día que volvió a enamorarse. Pero esta vez de una chica que no era para nada hueca. Muy por el contrario, la Negra era y sigue siendo, un ser sensible e inteligente que con el tiempo llegó a ser una muy buena escultora. Vivía en Córdoba y se habían conocido en una reunión social. Bastó esa noche para que el corazón de él, una vez más, se incendiara. Sin embargo, ella partió hacia su ciudad al día siguiente.
Consternado por la partida anduvo varios días por nuestra casa como un fantasma. Terminó contándome que estuvieron toda la noche hablando, pero que ella no había definido nada. Así que decidió escribirle una carta conminándole una respuesta. Quedé yo apesadumbrado. Conociendo sus sucesivos fracasos, debo confesar que fui pesimista y me daba suma pena pensar la consecuencia que la respuesta, si es que la había, haría en el estragado corazón de mi hermano.
Pasaron unos días y una luminosa mañana de septiembre, Ricardo gritaba de alegría mientras agitaba en su mano un papel escrito que adiviné era la ansiada respuesta que esperaba.
-    Me voy a Córdoba – decía – me voy ya para Córdoba.
Y se fue, nomás...para volver a los dos días pálido, desencajado y arrastrando los pies.
Se encerró en su cuarto y cuando al cabo de unas horas pudo salir me miró y me dijo:
-    Ella no escribió ninguna carta, no tiene idea de quién pudo haber sido.
-    Pero la tuya ella la recibió ¿O no? – le retruqué.
-    Sí, la leyó, pero después le desapareció. La buscó y la buscó pero no la pudo encontrar.
Con el tiempo se recobró. Su sino era vivir en Córdoba. Se fue a vivir a las sierras primero y luego a la ciudad. Tuvo un primer matrimonio desastroso (no por culpa de ella, fue un error desde el principio) y luego se casó con una petisa fantástica, que lo hizo muy feliz hasta que en los terribles setenta murió por las heridas en su alma recibidas primero con el Navarrazo donde estuvo preso por unas horas y luego por la muerte de Allende que provocó que se encerrara a llorar por tres días. A pesar de que esa mañana se había despertado eufórico y pegaba saltos en su cama, horas después un aneurisma cerebral hizo de causa biológica para producirle la muerte.
Muchos años después la Negra me revelaría el misterio de la carta. Su madre, licenciada en letras, escritora y mujer también de exquisita sensibilidad, se la había sustraído.
Fue ella la que contestó la misiva, también le dijo que la carta de Ricardo estaba siempre acompañándola en su cartera.
La Negra le recriminó que hubiera hecho ilusionar a mi hermano. Su madre le contestó:
-    Una carta tan bien escrita, tan apasionada, no podía quedar sin respuesta. Y no cabía otra respuesta que no fuera del mismo tono. Además yo también me enamoré, no de él, sino de su carta. Si no la contestaba quedaba incompleta – y después de una pausa agregó con la voz quebrada – si él no era correspondido, al menos su carta sí. Además y en definitiva, un hecho corriente de la vida como es enamorarse, es menor que la construcción de un hecho literario que tiene, aunque sea ilusorio, pretensión de eternidad.
Rosario, 9 de diciembre de 2003.-




UN CUENTO CORTO Y OTRO MUY CORTO (Ficción)



El descensor

Subimos al ascensor de la Escuela de Cine en el 6° Piso. Al buscar el botón correspondiente a la Planta Baja observe que estaba marcado como 0. Es decir el listado era: 6, 5, 4, 3, 2, 1, y ... 0. Me acompañaba una estudiante. La miré y le dije ¿Te parece que marquemos el 0? (acentuando lo de 0 con un tono de resquemor). Ella sonrió entendiendo que le hacía una especie de chiste surrealista. Sin embargo algo de su sonrisa me produjo una sorda inquietud.
De todos modos apreté el 0. Y el ascensor (en este caso ¿no debería llamarse descensor?) comenzó a descender (¡no les dije!) y sucedió lo siguiente:
A medida que pasábamos los pisos mi compañera se fue desvaneciendo. Al legar al 0 ya no estaba. Aterrado abrí la puerta y tampoco estaba el hall de entrada, no había nada. Nada de nada. Miré hacia el espejo del ascensor (¿o descensor?) y no me encontré.


Pobre

Como sería de pobre que no le quedaba ni una mísera lágrima.



LOS 70' (Cuento)

Este cuento, creo, es el primero que escribí. Es un homenaje a los desaparecidos, especialmente a mis amigos
Carlos María Araya, Roald Montes, Raúl García, Pocho, Pucho, Catalina Fleming, Chiqui Tosi, Adriana Tasada, José Agustín Martínez, María Cristina Rolle. También amigos míos Jorge Araya, a la Negrita y a Felipe Rodriguez Araya, todos estos asesinados por la triple A.

Para Nadia no había sujeto mas raro que Artedoro. Se había preguntado repetidas veces para que le serviría esa bolsita con piedras extrañas que colgaban permanentemente de su cuello.
Y esa costumbre de cabalgar montando al revés de todo el mundo, valiéndose de un espejo de mano para no llevarse las cosas por delante. Frecuentemente caminaba hacia atrás  utilizando el mismo recurso.
Lo amaba. Y el día en que su rostro se reflejó en el espejo de Artedoro, este le dijo
-Oreiuq et - e inmediatamente agregó - Oh, perdón, lo que quise decirte es te quiero.
Nadia sin vacilar, le respondió
-    Oreiuq et neimbat oy.
   Con lo quedó así formalizado ese amor.
Era notoria la felicidad de ambos. Caminaban por todas partes mirándose embobados en el reflejo del espejo de mano.
   Pasado el primer momento de perplejidad,  la gente comentó:
- No es normal.
- En algo andarán.
- Por algo será.
Nadia descubrió un día que lo que mas deseaba era besarlo desde adentro del espejo.      El día en que por casualidad se encontraron en el río, no solo se amaron; Artedoro le enseñó algo maravilloso: como meterse en el espejo.
Como era inevitable, la molestia de la gente trepo alto.
Un cura  hablo del demonio.
Alguna gente los tildó de subversivos.
Cuando los rodearon para terminar con ellos, encontraron tan solo el espejo con la imagen de Artedoro y Nadia que los miraban. Rabiosamente el comisario le disparó haciéndolo pedazos.
  Indescriptible fue la confusión cuando verificaron que en cada pedazo roto la imagen persistía. El cura aconsejó machacar los pedazos con un martillo.
 Quisieron asegurarse convocando a un científico para que observara  los restos con un  microscopio.
En cada micrón estaban Artedoro y Nadia burlones y felices.
Y sucedió que empezaron a aparecer en todos los espejos. En los botiquines de los baños, en los roperos, en los de los autos y camiones, en las polveras.
Y ante el terror de los miserables empezaron a salir de los espejos miles de Artedoros y Nadias que tomados de las manos y utilizando las piedras rarísimas que los Artedoros llevaban colgados del cuello, terminaron de una  vez  y para siempre con el odio.


DEUDA (Relato familiar)



(Sacada de un relato de familia. Un primo político fue el autor de la carta. El original no lo tuve nunca en mis manos, de modo que esta es una reconstrucción).



Muy señores míos:


Acuso recibo de v/nota de fecha 25 de octubre del cte, en el que se me reclama el pago de la deuda contraída por mi de $ 125.- por la adquisición de un par de zapatos que necesitaba para el casamiento de una distinguida dama de nuestra sociedad y que pundonorosamente reconozco.

Debo advertirles acerca de la modalidad de pago con el que hago frente a mis obligaciones : A raíz de que mis egresos son mayores que mis ingresos todos los fines de mes tomo la vieja galera de pelo de mi padre, procedo depositando en ella todas las facturas pendientes, revuelvo concienzudamente el contenido dejando de lado todo favoritismo, y extraigo las solicitaciones de pago, que serán abonadas puntualmente.

Cierto tono de v/misiva, veladas amenazas, la prepotencia de la palabra “intimo”, la poca elegancia puesta de manifiesto al no saber mesuradamente esperar (...si en el plazo de tres días) me sitúa en la desagradable posición de poner en v/conocimiento, que de recibir otra correspondencia insistiendo en el sentido de la que ya obra en mi poder, con el agravante, ahora, de querer eludir la equitativa mecánica descripta, serán retirados de sorteo.

                                                                                                         atte.   

ENVIDIA (Cuento)

¡Cómo había disfrutado de mis hijos cuando eran pequeños!. Particularmente recordaba cuando los alzaba hacia arriba, por encima de mi cabeza, extendiendo mis brazos, y sujetando sus cuerpitos nos mirábamos, y entonces sucedía que ellos sumidos en un éxtasis de placer dejaban escapar de sus deliciosas boquitas un hilito de baba. Decía, entonces, que era mi cordón de plata. O cuando los tapaba ya dormidos después de inventarles un cuento. Pero todo eso ya había pasado. Ahora ya eran grandes. Por supuesto que seguían siendo lo mas importante de mi vida. Pero ahora, y estaba bien que así fuera, ya no me pertenecían. Se pertenecían a ellos mismos.
Yo extrañaba de cualquier modo a los pequeñines. Mi única posibilidad de recuperar algo de eso es que me dieran nietos. Sí, sin duda que esa era la salida. Entendí entonces algo que cuando niño no había entendido. El Rey, el padre del príncipe, en La Cenicienta, estaba loco por tener un nieto. Y yo no comprendía por qué tanto empeño. Ahora si lo sabía. Y reconozco que se me había transformado en una obsesión. Mis hijos ni soñaban con darme nietos. Sus proyectos personales, las dificultades económicas, la asunción de esas responsabilidades y su aprecio a disfrutar de sus juventudes y de la libertad impedían, ni a corto ni a mediano plazo, que mi deseo se realizara.
Como tenía una casa de veraneo en las montañas, había comprado una montura pequeña con sus correspondientes cabezadas. Claro que la tenía oculta. Alguna vez también compraría un petiso. Entonces yo y mi nieto saldríamos de cabalgata juntos.
Por supuesto, a mis hijos, jamás los presionaba. Mi amor por ellos, incluía un respeto total por sus proyectos y por sus libertades. Sufría en silencio y lo peor es que mi dolor aumentaba día a día. Sin contar que empezaba a ponerme viejo, o sea que mis tiempos comenzaban a acabarse. Y mi vida había sido sumamente dura y por eso, quizás, es que me parecía injusto que no tuviera esa recompensa. Ya dije que se me había transformado en una obsesión. Como sería que casi no había noche en la que no soñara con mi nieto. Inexistente al despertar, que era, claro, inexorablemente triste.
Vicente, en cambio, mi vecino, disfrutaba como loco de su nieto. Recuerdo el día en que nació. Y el día en que sus hijos lo llevaron a su casa por primera vez. Cómo se pavoneaba por la vereda. A los tres años le compró un triciclo y el chiquillo andaba por la vereda, por la mía también. Era divino el pibe, líndísimo, simpático, cariñoso.
- ¿Sabés que está enfermo el nietito de Vicente? – me comentó mi mujer un día.
- No digas .- dije yo.
Pasaron unos días y ella volvió a la carga: - Se curó.
- ¿Quién? – dije.
- ¡Quien va a ser! – y agregó con fastidio – el nietito de Vicente.
- ¡Ah! – concluí sin alegrarme.

EL ZORRO (Cuento)

I El aviso o “reclame” como dirían, algunos viejos argentinos burgueses, afrancesados, aunque tuvieran apellidos mas españoles que el azafrán, decía claramente que Guy Williams “El Zorro”, estaría en persona, en el Circo que estaba por esos días en Rosario. Mis pequeños hijos varones y yo solíamos mirarlo por TV, junto al gordo y simpático sargento García, haciendo de las suyas en su fantástico caballo negro con el que saludaba desde lo alto, parándose en dos patas, deshaciendo los siniestros planes del mandón de turno, mientras manejaba la espada y el látigo, con la gracia de un bailarín. Sin duda era una presencia, con su bigote bien recortado, su impecable sonrisa y una seducción natural con la que compraba a chicos y grandes. Además a mí me vuelven locos los caballos. De modo que ver al Zorro en persona y a caballo me pareció un programa irresistible. Cuando se los propuse a los chicos, me miraron como si estuviera loco. Para ellos no podía suceder, no era posible ver en persona a una estrella de la TV. Pero cuando pude convencerlos que efectivamente estaríamos frente a frente con él, con el Zorro, entonces no sólo aceptaron sino que además los carcomía la ansiedad por el tiempo que restaba para poder constatar que efectivamente había héroes que eran de carne y hueso. Finalmente el sábado llegó y partimos hacia el anhelado encuentro. Cuando llegamos, el aspecto del circo me sorprendió: era desoladora su pobreza que lindaba con lo miserable. Esperaba un gran circo y a una multitud de padres con niños pugnando por una entrada habilitante para espiar el Monte Olimpo. Tampoco era así. Poca gente, pocos chicos con aire casi aburrido, hacían tiempo comiendo pororó. Acuciado por la curiosidad que empezaba a transformarse en angustia, decidí quedarme mientras vocalizaba palabras de aliento. “En un ratito, veremos al Zorro” decía, sin mucha convicción, porque empezaba a sospechar que todo era un vulgar engaño. Seguramente, pensaba, podrían un tipo con antifaz, algo parecido a él y después... andá a cantarle a Gardel. Nunca me sobró la plata y menos en esa época, de modo que también me sentía bastante fastidiado. Pero, más rabia me daba era que engañaran a mis hijos, y tal vez lo peor, era que no los engañaran, y en cambio, ellos me vieran como una especie de estúpido fácilmente estafable. Llegó el momento de entrar y el espectáculo comenzó. Confirmando mi peores presagios, todo era lamentable, casi risible, patético. Porque no hay nada peor que la pretensión del fasto y de lo grandioso cuando es sostenido por ridículo oropel. Desde el maestro de ceremonias, que no paraba de anunciar la presencia de “uno de los mas famosos actores norteamericanos, Guy Williams o sea el mismísimo Zorro”, a los payasos gritones, que dejaban impávidos a los pocos espectadores que estábamos bajo esa carpa húmeda, fría y mal iluminada, y algún otro número que por malo seguramente no recuerdo, conformaban una especie de corte de los milagros. Todo esto hacía pasar mi fastidio a un estado de bronca, que mal disimulaba, con los chicos que se revolvían en sus asientos. Hasta que atronó el ambiente la conocida música del Zorro: “En su cooorceel, cuando sale la luna...aparece el bravo Zorro, Zooorroo, Zorrooo” provocando por fin la atención de mis hijos y de todo el público. Mi escepticismo había trepado hasta las nubes. Sin embargo, se abrió la mustia cortina principal de la carpa apareciendo en un gordo y feo caballo blanco un Zorro también entrado en carnes, Zorro vestido indudablemente de Zorro, antifaz incluido, dando una vuelta alrededor de la pista, mientras saludaba, y que en la segunda vuelta se sacó el antifaz para mostrar a nada menos que...a Guy Williams. Indudable Guy Williams, su misma sonrisa y su mismo bigote pero con no menos de treinta kilogramos mas. Me pareció, sólo me pareció, que me había mirado con alguna insistencia antes de irse por donde había entrado. Y hubo aplausos, incluso el mío, que no salía de mi asombro y pena. Creo recordar que después mantuve una discusión con los chicos. Ellos no creían que fuera el verdadero Zorro. Mucha gente sabe que Guy Williams arribó en algún momento a Buenos Aires, ya decadente y alcohólico. Terminó exibiéndose en espectáculos de mala muerte que se montaban solo alrededor de su fama. Su vida terminó suicidada en un hospital público de Mendoza, si la memoria no me engaña. No me estafaron, sólo me hirieron una vez mas, porque las películas del Zorro aún hoy se exhiben por la TV y pienso que hay gente, empresas, que aún ganan dinero con ellas. Pero bueno, esas son las reglas de juego de la libertad americana. II Varios días después, ya olvidado del asunto, caminaba un sábado, de mañana, por calle Córdoba, la arteria mas importante de nuestra ciudad, precisamente en el horario del mediodía, bullante como una caldera, solo que en ella rebosan personas, cuando siento que me tocan el hombro, en tanto una voz que me resultaba conocida me llamaba: - Hey, mister, señor... Me doy vuelta y ahí estaba él, Guy Williams. - Disculpe, pero quiero hablar con usted – y agregó en un aceptable castellano – lo invito a tomar un café . A decir verdad yo solo estaba paseando, de modo que si a eso le agregamos, una vez salido del asombro, la intriga, la curiosidad que me despertaba tan insólito requerimiento, no tuve mas opción que aceptar el convite no sin antes preguntarle: - Discúlpeme usted a mí, pero ¿cuál es el motivo de su invitación? - Vea, usted es una persona muy transparente. En la función de los otros días se le notó claramente el disgusto que sentía. Y quería darle una explicación. En un primer momento estuve a punto de decirle que no hacía falta, que ya había pasado el momento, pero, algo, probablemente la curiosidad aludida, mas un sentimiento de conmiseración que me invadió, lo cual ocasionaría, en caso de negarme, una humillación, un agravio para la ya pobre situación de mi interlocutor, me inclinó como dije, a acompañar al hombre al bar “La Capital”. (Deseché “El Cairo” por la cantidad de amigos y conocidos que concurrían asiduamente y que si me veían con Williams me volverían loco con preguntas y bromas de todo tipo). Acodados en la mesa, el hombre me miró con intensidad: - No soy Guy Williams, soy su doble. Por años realizaba las proezas peligrosas del Zorro. - ¿Por qué me cuenta esto? – pregunté atónito. - Porque no es justo que usted se lleve tan mala imagen de Guy. Lo admiraba ¿entiende?. Lo quería más que a mi padre. - Si es así ¿Porqué hace esos números tan horribles? - Es cierto – contestó mirando hacia el suelo - pero lo hago por una razón muy sencilla: necesito dinero. Y no sólo para comer. Abotagado como era pensé con malicia que lógicamente necesitaba dinero también para beber. Como si hubiera adivinado mi pensamiento se adelantó: - Es verdad que también bebo. Pero necesito dinero para mi hijo que está muy enfermo. Por otra parte, si le doy una explicación es porque se nota en usted una clase de persona que no es común encontrar. A la mayoría de la gente no le importa demasiado si el Zorro está gordo y decadente o no. Al contrario, a veces, parece que lo disfrutan. Es como que se solazan. Ud. en cambio, se quería encontrar con el verdadero Zorro. - ¿Qué quiere decir con que no soy común de encontrar? - Parece ser sensible, hay algo de inocencia infantil en usted, como una cierta honestidad. - Le agradezco, ¿quiere que le enumere mis defectos? - No, no hace falta, para mi deseo de hablar con usted del Zorro me alcanza con las cualidades que le referí. Por otra parte ya me voy, sólo quería advertirle que no soy Guy Williams y quería también pedirle disculpas. Es más, quiero devolverle el dinero de las entradas. No lo tengo encima de modo que le ruego me diga cuando y donde se lo puedo devolver. - No, no se haga problemas por eso... – empecé a decir. Pero me interrumpió. - Se lo ruego, me sentiré mejor si acepta esa devolución – y agregó - ¿como hacemos para encontrarnos? Era tal el tono de su voz, que no llegaba a ser suplicante, pero si apremiante, como si me pidiera que lo dejara reivindicarse, que no me pude, otra vez, negar. La cita fue nuevamente en el mismo bar, a las once de la noche unos días después. No bien lo vi advertí que estaba borracho. Con voz pastosa me conminó: - Siéntese por favor – y agregó – aquí tiene su dinero. Lo tomé y nos quedamos mirándonos un rato. Se acercó un mozo y pedí un café. - Vea – dijo interrumpiendo el silencio - ¿Sabe una cosa? Es terrible ser un personaje. - ¿Cómo un personaje? Disculpe, me parece que no entiendo. - Claro, un personaje – dijo arrastrando la voz – un personaje como Batman, Superman, Tarzán. Un héroe. - ¿Y por qué?. - Claro – insistió - ¿No se da cuenta? ¿No ve que uno está condenado a representar al personaje? Que no se puede salir de él. Siempre sonriente, siempre valiente, sin miedo, siempre haciendo lo que los demás esperan de uno. No es humano...por eso lo tuve que matar, aunque no pude hacerlo del todo – dijo y largó un sollozo. - ¿Cómo que tuvo que matarlo? ¿A quién? – pregunté aunque ya sabía la respuesta. - Al Zorro ¿A quien va ser? – dijo medio hipando. Hizo de nuevo silencio por un rato. - ¿Sabe? Cuando el Zorro terminó su contrato tenía bastante dinero. Pero el casino, Las Vegas, las mujeres, el alcohol, son una tentación demasiado fuerte. Y ya no hubo nuevos contratos. Así la plata se fue yendo. Solo algunas presentaciones en cabarets, en pequeños teatros de pueblos. Pero claro, lo que ingresaba nunca podía alcanzar si se seguía con semejante tren de vida. Yo me daba cuenta que el Zorro declinaba sin parar. Y eso no lo podía soportar. El Zorro no podía dejar de ser el Zorro. Mientras el hablaba no podía dejar de pensar que ese drama de no poder dejar el personaje, en realidad, nos afecta a todos. Si, construimos un personaje, nos aferramos a esa construcción y después ya no podemos despojarnos de él. - Así que un día – continuaba – no soporté mas y lo maté. Después me largué para acá, para la Argentina, y como tenía un hijo enfermo no me quedó otra cosa que hacer lo que detestaba que el Zorro hiciera. Pero al menos, cuando detecto a alguien que se siente consternado por lo que hago, trato de localizarlo y explicarle – aquí su voz se quebró – y pedirle que me perdone. - De ese modo intenta dejar al Zorro a salvo – dije - Exactamente – concluyó. Quedó taciturno y empezó a cabecear no se si de sueño o por la borrachera. III Meses después que me enteré de su muerte quiso el destino que conociera a uno de los médicos que lo atendió en el hospital al que lo habían llevado moribundo. Me relató el final. - Cuando lo trajeron ya no se podía hacer nada, sin embargo alcanzó a decir algo que me dejó intrigado – hizo una pequeña pausa y agregó – dijo: “ahora lo maté del todo”. - ¿Constató usted su identidad? – pregunté en un hilo. - Si, porque no tenía documentos, de modo que fue necesario remitir las huellas dactilares para que se nos informara fehacientemente. No se puede hacer un certificado de defunción a nombre de alguien si no se está seguro. - ¿Y quien era, entonces? – interrogué nuevamente con cierta angustia. - ¿Cómo que quién era? ¿Quién iba a ser? – me dijo mientras me miraba como si yo fuera un loco y finalizó – Guy Williams, el Zorro, naturalmente.

EL GESTOR DE DESEOS (Cuento)

Ifigenia revolvió pensativa su café. Desde hacía mucho tiempo, como todas las mañanas llevaba su soledad al mismo bar. Cumpliendo una rutina casi matemática leía el diario, completamente. Incluido todos los avisos. No se trataba de que le interesara mucho la realidad, solo utilizaba ese recurso para matar el tiempo. Pero ese día un aviso la intrigó, capturó su atención. Decía así: Gestor de deseos y a continuación un número de teléfono. Sin saber porqué recortó el aviso y lo puso en su cartera. Al mediodía fue a su departamento para prepararse un sobrio almuerzo. Después de comer se recostó y entonces recordó. Se dirigió al teléfono y marco el número del aviso. No tuvo que esperar. Al instante una voz agradable atendió. - Gestor de deseos para servirle – dijo - Sí, yo quisiera saber si usted puede gestionar el cumplimiento de deseos. - Para eso estamos – dijo con tranquilidad. - ¿Cualquier deseo? - Exactamente, cualquier deseo. - ¿El más descabellado, el más loco? - Así es. - ¿Y cuál es el costo del servicio? - Lo que usted desee. - Disculpe, pero me parece que me está tomando el pelo. - Haga una cosa: pruebe – y agregó - Discúlpeme usted a mí, pero no seríamos serios si no fuera así. O somos gestores de deseos, y eso implica cualquier deseo, o somos cualquier otra cosa. Le repito: pruebe. Eso sí, le advierto que puede llegar a arrepentirse. Y una vez que usted acepte nuestras condiciones no hay vuelta atrás. - ¿Y cuál son esas condiciones? - En realidad es una sola: Una vez en posesión de que todos sus deseos se realicen, habrá uno solo que no podrá obtener: volver a la condición actual suya, es decir, tener deseos difíciles o imposibles de satisfacer. - ¿Eso nada más? – preguntó casi incrédula Ifigenia - Eso nada más. - ¿Qué tengo que hacer? - Simple. Desee que en la puerta de su casa haya un representante nuestro con el contrato. Vaya y ábrala, hágalo pasar y firme el contrato. Y listo. De paso le probamos que esto funciona. Pero le recomendamos que lo piense. Ella se sentía sola, pobre y triste. De modo que no lo pensó. Deseando con toda su alma que en la puerta estuviera el representante del Gestor de Deseos fue hasta ella y la abrió mientras el corazón le latía a toda velocidad. Allí estaba un hombre con un papel en la mano. Lo hizo pasar y le pidió el papel. Antes que lo firmara el hombre le preguntó: - ¿Leyó usted un cuento que se llama “El Rey Midas”? - No – dijo y preguntó -¿Por qué? - Me parecía.

sábado

LA PERINOLA (Ficción)

I No había terminado de chupar el mate ya un poco lavado y frío, cuando sonó el llamador. Hizo un esfuerzo para levantar su pesada y cansada humanidad del también viejo sillón de mimbre. Midió el pasillo manchado de humedad que debía transcurrir con su reuma a cuestas e inicio la forzosa y lenta marcha hacia la puerta, no sin sentirse fastidiado, por tener que dejar de leer el pasquín local del día anterior, prestado por un vecino. Penso por un instante, que no estaba presentable. En efecto, musculosa, pantalón pijama y pantuflas no hacían de el precisamente un dandy. Insistió el llamador interrumpiendo su cavilación - ya voy, ya voy - dijo con mansedumbre. Un leve presentimiento, muy fugaz, se le cruzo al tomar el picaporte. ¿Quien sabe lo que puede haber detrás de una puerta? No obstante abrió. Era sin duda muy joven. Un adolescente. O tal vez, una adolescente?. El cabello renegrido y algo ensortijado enmarcaban un bello e impávido rostro, del que sobresalían notablemente dos cosas: una piel blanca, casi nacarada y unos ojos grandes y húmedos también‚n negros, casi dulces, casi tristes. Vestía un curioso ropaje: una túnica blanca. No se sorprendió, extrañamente, de la desaparición del paisaje habitual de la calle. En efecto, no estaban ni las casas de los vecinos, ni el pavimento, ni la vereda. En realidad era como si solo se encontrara con ese ser, que con suave firmeza le dijo: - vamos - . - Ya? - - Si - - No me puedo despedir ? - - No - Raro fue el recorrido que hizo encolumnado detrás del ángel. Primero eran como figuras brumosas que pasaban a su lado. A medida que avanzaban se tornaban mas nítidas. Antiguos romanos, aborígenes africanos, soldados de la primera guerra mundial, María Antonieta, Miguel Ángel, un vecino fallecido hace algún tiempo, Barbarroja, le pareció ver también a Olmedo. Sus rostros eran como inexpresivos. Como esperando. Caminaban en silencio. Por fin llegaron a una puerta. El ángel se volvió: -enseguida lo va a atender Dios - dijo. Al cabo de un rato la puerta se abrió. - Entre - ordeno el ángel. En el amplio recinto bien iluminado solo había una niña de unos nueve años vestida con una malla negra haciendo unos pasos de baile y piruetas acrobáticas. El se quedo absorto mirándola. La niña se le acerco. - Que querés? - - Me dijeron que Dios me va a atender - Ella hizo un mohín gracioso y le dijo: - Yo soy Dios - - No es posible, Dios es un viejo eterno.- - No, no, yo soy Dios, en serio te lo digo, no se porque los hombres me dibujan como un padre - - Como NO SABES ? Dios no es acaso omnisciente ? - Omnisciente ? que es eso ? - pregunto juntando los deditos y agitando la mano como se suele hacer cuando se hacen preguntas. Intervino el ángel con un tono que no dejaba lugar a dudas: - Es Dios - La niña hizo mas piruetas. - Tengo que decidir si vas al cielo, al purgatorio o al infierno - - Puedo preguntarte algo ? dijo el hombre. - Lo que quieras - contesto con una risita. - A vos no te importa nada ? - De que ? - Como de que ! Vos aquí¡ bailando y jugando y en la tierra ;ocurren cosas terribles ! - Que cosas ? - Matanzas, guerras, torturas, hambre, enfermedades, cosas espantosas...... - Cuando ? - pregunto a punto de llorar. - Todo el tiempo ! Siempre ! - Como, no juegan y bailan ? - No, es decir si, también pero solo cuando somos niños, y después de adultos......y así y todo también han ocurrido y ocurren cosas horribles con niños.....niños en campos de concentración..... - Que son campos de concentración ? dijo casi compungida. - ¡Dios ! no sabes que son campos de concentración ! - No. - Tampoco sabes de las hambrunas, de los bombardeos a aldeas indefensas, de las torturas que le han hecho hombres a otros hombres !? - Tortugas ? - me gustan las tortugas - - No - dijo casi gritando - torturas, torturas, un poeta dijo que después de Auschwitz no se podía escribir mas poesía ! - Poesía ? Auschwitz ? - preguntaba metiéndose el dedo en la nariz. - 30.000 desaparecidos en mi país ! madres que claman desde hace años por saber que paso con sus hijos ! Casi a punto de llorar, la niña finalmente dijo: - No me gusta hablar con vos, me asustas, mejor juguemos a la perinola - Cansado el hombre se encogió de hombros. La niña trajo de un rincón una perinola enorme. Como de su tamaño. En las caras de la perinola decía alternadamente: cielo, purgatorio, limbo, infierno. - Esto es ridículo - exclamo. La niña solo lo miro con indiferencia y subiéndose a un banquito hizo girar el artefacto. Para arriba, nítidamente, quedo infierno. II Cerro la puerta, recogió un sobre del suelo en el que venia el importe de su jubilación y emprendió viaje hacia su sillín de mimbre. Mientras avanzaba observando las manchas de humedad y la pintura descascarada del pasillo, escucho la voz proveniente de una radio, perteneciente al vecino que le había prestado el periódico, que decía: " El sistema de reparto para la jubilación ha estallado" "La capa de ozono cada vez se debilita mas" "El índice de desocupación ha trepado una vez mas" "limpieza étnica en la ex-Yugoslavia, masacran a los hombres de una aldea y violan a sus mujeres" Llego finalmente a su sillón. Desplegó el diario con intención de retomar su lectura. Pero fue interrumpido por una mujer greñuda y semidestruida que instalándose al lado del sillón, con voz avinagrada le increpo: - ¿Donde te habías metido? Yo meta fregar, y vos o no estas o estas leyendo el diario, eso me pasa por haberme casado con vos y no haberle hecho caso a mi madre, que en paz descanse, etcétera, etcétera, etcétera......

viernes

EL BARRILETE (Cuento)

 (Homenaje al anónimo escritor que hizo las delicias de los niños occidentales con los relatos sobre el Barón a mediados del siglo XIX)


Entre los papeles atribuidos al Barón de Munchausen se encontró el siguiente manuscrito:
“ Siendo niño, cierto día, me topé con una de las maravillas del ingenio humano: un barrilete, que como todos sabemos es de china prosapia.
Teniendo mi padre una cuantiosa fortuna y gran poder sobre la gente, le pedí que me hiciera construir el mas grande y bello que jamás se viera. Él siempre accedía a mis deseos de modo que mandó hacer a un famoso barriletista uno de estos artefactos para mi cumpleaños en el mayor de los secretos con el fin de darme una sorpresa.
Llegado mi día festivo, para mi desazón, me encontré frente a un barrilete que si bien era muy bello, solo medía veinticinco metros de alto por diez de ancho.
- Es un barrilete mediocre, no es digno de un futuro barón - manifesté entre sollozos. - Es pequeñísimo - agregué.
Conmovido por mi dolor, mi padre no podía verme llorar, me preguntó: - ¿ Que tamaño te conformaría ? -
- Debe poder tapar la luz del sol. Cuando se remonte el pueblo deberá pensar que se está por desencadenar una terrible tormenta.
Así fue que mi padre trajo a diez mil esclavos nubios, hizo talar una importante selva brasilera para confeccionar el papel necesario, compró varios molinos harineros y una represa para el engrudo, dejó sin sogas a todas las embarcaciones de Noruega después de una cruenta guerra y privó de sábanas a todos los hospitales de España y Francia para la ejecución de la cola.
Finalmente tenía mi barrilete. Descansaba en cincuenta kilómetros cuadrados de campo de donde previamente se habían desalojado a los campesinos que lo habitaban.
Para remontarlo tuvimos que uncir a la soga inmensa doscientos cincuenta caballos percherones y esperar un huracán con ráfagas de ciento cincuenta kilómetros por hora.
El majestuoso barrilete remontó y remontó. Cuando la soga se tensó mi padre la puso en mis manos y me dijo lleno de bondad: - es todo tuyo -
Yo la tomé y cuando pasaba por Júpiter llevaba impreso en mis retinas la sonrisa comprensiva de mi papá.”
No se podía esperar menos de quién emergió del mar con su caballo Bucéfalo jalándose el mismo de su cabello.





Uriburu (Sátira ficción)




Estimado Alfredo:

Y ahora que me contás?. Por fin hemos puesto en vereda a esos atorrantes. Respiremos aliviados porque la paz y el orden imperan en nuestra patria.
Menos mal que quedan reservas morales. Y ese paladín de Uriburu. El va a poner a la chusma en su lugar. Bien sabés Alfredo, que la negrada solo entiende a los palos. Se acabó Irigoyen y su demagogia.
Ahora podremos con Elvirita hacer tranquilos el viaje a Europa. Pienso levantar mi copa de champagne en Les Champs Elisees, por este triunfo que nos devuelve nuestra querida Argentina.
Pero tengo una preocupación. Se trata de que algo me dice que esto puede volver a repetirse. Confieso que he tenido un sueño espantoso: yo estaba vestido de mameluco y trabajaba en mi propia fábrica. Los obreros se reían de mi. La noche anterior comí langostinos y tal vez me hayan caído mal.
En fin, nos vemos el domingo en misa de 12.

Un abrazo de
Pachuco.

Bang Big (Ficcción)



Estimado Germinal:

Ruego me disculpe por el prolongado silencio en que me he mantenido. Como Ud. sabe he pasado buena parte de mi vida dedicado a la investigación de la resaca. En esa tarea estaba (Preparaba una nueva resaca a través de la ingesta copiosa de tinto) cuando un pensamiento me invadió totalmente. No fue un pensamiento cualquiera, casi diría que fue una iluminación. Con decirle que creo que he solucionado definitivamente problemas filosóficos y científicos que han preocupado y desvelado a la humanidad  a lo largo de su historia.

Paso, sin mas trámite a su exposición:

Como Ud. bien sabrá la teoría del big-bang sostiene que el Universo se formó a consecuencia de una formidable explosión de un minúsculo corpúsculo de materia pero de inmensa masa infernalmente comprimido. Es decir, es expansión y desprendimiento de materia originado en ese núcleo. A esto le llamo Dato 1 o Big-bang Dato 1.

Vamos al Dato 2: Se han descubierto enormes masas en el Universo que se traga todo lo que está cerca, incluso la luz porque la fuerza de gravedad provocada por la masa ni siquiera deja escapar a la luz. A esto actualmente se le denomina agujeros negros. Lo lógico es que con el transcurso de millones y millones de años, estos agujeros negros terminen tragándose todo hasta hacer una inmensa bola negra, que por la masa acumulada irá comprimiéndose cada vez mas, hasta volver a hacer el minúsculo corpúsculo del Dato 1. Esto es entonces el Bang-big Dato 2.

Así que big-bang y luego bang-big, haciendo y deshaciendo el Universo constantemente. Pero he aquí lo inmenso de mi descubrimiento: como no hay una variable extra universal que intervenga en el proceso no me quedan dudas que este siempre es exactamente igual: Por ejemplo: si el cometa Halley pasó 5.584 millones de años después de la explosión un 24 de marzo a las 19,45 hs. del meridiano de Grenwich lo mismo pasará después de la contracción bang-big y expansión subsiguiente y así eternamente. Lo mismo sucederá en todo. Es decir yo infinitamente para atrás e infinitamente para adelante estaré escribiéndole esta carta a Ud. a las 16,28 del 16 de julio de 1998 actual, pasados y presentes. Todo no es mas que una repetición infinita. Haga lo que se haga  siempre ha sido y por siempre será. Estamos condenados a la repetición eterna.

Semejante tedio me ha puesto en la búsqueda desenfrenada para salir de este cósmico atolladero que nos conduce a todos al hastío y al aburrimiento mas feroz.

Ya tendrá noticias mías. Una vez mas, y no lo tome como una ironía después de esta revelación, un fuerte abrazo.

                                                                                                 Profesor Di Filipo.




Sr. Terrakius:

Adjunto a la presente una nota del Profesor Difilipo quien nos tiene muy preocupados. En efecto él se encuentra desde hace treinta días, en estado de completa inmovilidad, con los ojos abiertos sin pestañear, sin pronunciar palabra, sin responder a estímulo alguno, sentado en un sillón en su casa. Le rogamos su intervención a los efectos de volverlo a la normalidad.
                                                         atte.
                                                                                  Pacual Jerez (vecino de Di filippo)


Estimado Germinal:

Creo haber hallado una forma de terminar con el cruel determinismo al que estábamos condenados por el eterno flujo y reflujo del bing-bang y el bang-bing. He decidido quedarme totalmente inmóvil para recuperar la libertad perdida. Es muy claro que si el Universo se expande y se contrae entonces se mueve. Contradigámoslo quedándonos quietos. Ud. que es un hombre de los medios puede cumplir un papel fundamental: difunda, haga proselitismo. Ud. que es un humanista no puede negarse a contribuir a la causa de la libertad. el grito es: ¡ quedémosnos quietos !

Un abrazo definitivo de este mártir libertario.

                                                                                       Difilippo



jueves

1492 (Crónica de un avistamiento)



Nosferatu el vampiro, en la memorable versión cinematográfica de Herzog, ansiaba morir. Deseaba concluir de una vez con el espantoso tedio producto de siglos de existencia, en la que nada podía sorprenderlo. La repetición interminable de la conducta humana, la exacta previsibilidad de lo por acaecer, el conocimiento indubitable, anticipado, de la respuesta o de cualquier comportamiento de los interlocutores, fruto de la experiencia de su vida inmortal, terminaron con su deseo, con cualquier deseo.

Aún los acontecimientos extraordinarios en las vidas singulares como tener hijos, enamorarse, pelear en una guerra, ganar la lotería, no dejan de ser cotidianos para la especie. De ahí que muchos pensadores postulen que en el fondo la existencia carece de todo sentido. Salvo para los creyentes que constituyen su sentido a través de la posible ilusión, nadie ha podido dar respuesta a la vieja pregunta: ¿ De donde venimos? ¿ qué somos? ¿ adonde vamos? . Incluso hay quienes responden: a ninguna parte.

A mi parecer, casi no ha habido  acontecimientos realmente extraordinarios para la especie, que son los que producen cambios abisales en ella. Mas bien, los datos que los conocimientos humanos van produciendo son deprimentes. Freud describe tres injurias narcisísticas: la tierra no era finalmente el centro del Universo, los hombres no son mas que animales hablantes y ni siquiera manejan libremente su psiquismo ya que este es determinado por el inconsciente.

Aparte de las revoluciones que hasta ahora han sido solo destellos llenos de esperanza para la especie y que como sabemos, aún cuando producen algunos avances han quedado lejísimas de sus iniciales aspiraciones, 1492, el descubrimiento de América, parece ser uno de los muy pocos acontecimientos que llenan de maravilla a la especie. Que podía figurarse un europeo o un inca que del otro lado del mar inmenso, que además suponían plano, existían culturas tan diferentes. Que habrá transcurrido por la cabeza de un aborigen de estas tierras cuando vio las carabelas, a esos hombres de armaduras y  mosquetes. Y mas allá de la avaricia por el oro, ¿ que le habrá transcurrido a un español cuando vieron esas magníficas construcciones realizadas por aztecas, mayas e Incas ?.

Estas reflexiones vienen a cuento porque junto con mi mujer y un amigo, el 9 de enero de este año 1997, tuve el inmenso privilegio de vivir un acontecimiento muy cercano a 1492. Un acontecimiento que abre un prodigio de posibilidad y que destruyó en un santiamén mi inclinación marcadamente escéptica, racionalista, en el fondo positivista, que hubiera conmovido al mismo Nosferatu. Aclaro que digo posibilidad. No afirmo ninguna cuestión mística ni religiosa. Sigo siendo tan y tal vez mas marcadamente agnóstico. Solo digo: ahora todo es posible.

Debo recalcar que hasta que el acontecimiento que voy a relatar sucedió, era absolutamente escéptico y que me acompañaban en el escepticismo mi mujer y mi amigo. Me refiero a un escepticismo casi radical en relación al fenómeno que vivimos. Y este fenómeno que vivimos fue el avistamiento de un OVNI.

Ricardo Camogli y yo estábamos sentados en sendas reposeras en el parque de la casa que habito en Los Cocos,  en las sierras de Córdoba. Mas exactamente a unos ocho kilómetros al Sur del famoso Cerro Uritorco. Este parque está situado en una ladera de la cadena montañosa que contornea al valle de Punilla. Desde esta ladera se tiene una vista hacia el oeste que da al valle desde donde se observa la población de Dolores y como telón de fondo, el otro marco del valle, las sierras de Caniputo.

Sobre esta sierra, en el momento del avistamiento, aún se conservaba una franja naranja que se disolvía en un celeste claro que a su vez se tornaba mas obscuro en la medida que mirábamos hacia arriba. Era ese el marco que disfrutábamos cuando sucedió: una bola de fuego, como un sol pequeño, insólitamente emergió verticalmente de la sierra que teníamos enfrente, casi diría  con cierta manera dubitativa, hasta quedar detenido a unos 1.200 mts. de altura, a unos 45º de donde nos hallábamos.

Estupefacto me di cuenta inmediatamente que se trataba de uno de los famosos OVNIS. Mi mujer estaba recostada en el dormitorio de la casa (padecía un cólico) a espaldas nuestras, razón por la cual la llamé a los gritos advirtiéndola de lo que sucedía, pidiéndole también que me alcanzara  los binoculares, cosa que hizo con cierta morosidad y después de verificar por la ventana que no le estábamos gastando una broma según confesó después.

Cuando enfoqué los largavistas, vi lo mismo pero obviamente mas grande, solo que esta vez vi un punto rojo que se destacaba brillantemente en esa masa ígnea. Y aquí comienza lo mas espectacular: casi al tiempo que enfoco  ese objeto me da la sensación que se eleva quedando solamente ese punto rojo. Le digo a Camogli: se está yendo. Y el me contesta en un mar de serenidad: - No, está ahí. Es esa mancha negra -. Bajo los binoculares y observo que efectivamente donde había estado el objeto llameante hay una mancha negra.....que se pone en movimiento directamente hacia nosotros. A medida que se acercaba, lógicamente, se  agrandaba. Por un instante me entusiasmó la idea que viniera hacia nosotros, pero cuando la cercanía se hizo presente a unos 200 mts. y ya era del tamaño de una pelota de rugby o tal vez aún mayor, entre en un breve pánico que me hizo retroceder un paso preludiando una fuga mientras le decía a mi mujer y a Camogli - se nos viene, se nos viene - a lo que Camogli respondió alegremente: - en efecto, te viene a buscar por mirarlo con el largavistas -. En ese momento, y con el considerable alivio para mi (Camogli y mi mujer estaban en el mejor de los mundos, al menos eso me pareció), el objeto, la mancha, hace un giro,  siempre bajando, traza una elipse, a 45º, desviando el curso, lo cual me permitió enfocarlo nuevamente con los binoculares. En rápida sucesión veo dos cosas: En la mancha negra nítidamente se destacaba el punto rojo, como una luz de posición, como la luz de una antena pero muy intenso y al terminar el viraje, es decir cuando nos da la espalda, claramente veo un platillo volador: como dos sombreros chino unidos por su base. Dos conos metálicos de base ancha opuestos y pegados. Tal como los he visto en fotos que hasta ese momento me parecieron siempre falsas.

Esta experiencia  abre para mí graves interrogantes: ¿ cuales son los límites, las posibilidades de la experiencia humana? ¿todo es transmisible? . Y el problema de la credibilidad.

En efecto, yo y quienes me acompañaban  hicimos un avistaje, diría espectacular, de un OVNI. Bien puesto el nombre de OVNI: objeto volador no identificado. Sin embargo ninguno de los tres e insisto una vez mas que los tres tenemos una formación racionalista, europea (en el sentido contemporáneo), al menos agnóstica, sin la menor inclinación mística, dudamos de que: 1) era un artefacto, una máquina, diríamos con cualidades antropomórficas y 2) tenía intencionalidad, es decir navegaba, orientó su curso. Todo lo contrario a un fenómeno natural: se elevó, se detuvo quedando inmóvil, de llameante tornó a mancha negra, planeó, desvió su curso de colisión con nosotros, es decir hizo un viraje, y todo el tiempo, salvo cuando se alejó de “espaldas” se observó  una luz roja como de posición. Además cuando terminó el viraje se vio claramente que necesitó (quien manejaba el aparato) estabilizar el vuelo como suele suceder con los aviones (yo tengo hecho el curso de piloto civil) produciendo un movimiento oscilante propio de esa maniobra.

Por supuesto, no tenemos idea de quién tripulaba la máquina, en el caso que fuera tripulado. Cabe la posibilidad de que haya sido dirigido por control remoto. No vimos ventanas. Lo que nos consta es estrictamente lo relatado. Lo demás es pura especulación.

Pero vamos a las preguntas que me formulo. Cuando relato esta experiencia suelo observar en mis ocasionales interlocutores, no siempre, una sombra de duda. Muy probablemente, antes de que me sucediera, si alguien me hubiera comunicado semejante experiencia, me hubiera pasado lo mismo. Es decir, no lo reprocho. En general, ante un fenómeno extraordinario, no habitual, si no lo experienciamos por nosotros mismos, nos cuesta mucho creer. Soy muy consiente del alcance de esta afirmación. ! Cuantas cosas no las creemos porque no las vemos!

Y una vuelta mas de tuerca: supongamos que a mi o otro observador le hubiera pasado lo mismo, pero en vez de desviar su curso hubieran llegado hasta donde estábamos nosotros. Supongamos que hubieran descendido seres extraterrestres. Supongamos que se hubieran comunicado con nosotros o con ese otro hipotético observador, si nosotros o ese sujeto lo relatara, ¿Quién le creería?. La pregunta entonces es, después de lo que nos pasó: ¿cuál es el límite para creer?

Esto es todo un tema, al menos para mí. De cualquier forma debo confesar mi sensación subjetiva: siento haber vivido una experiencia tipo 1492. Vi una carabela. ¿Seremos esta vez nosotros los aborígenes, los Incas, los aztecas?. No es una especulación descabellada. Si el artefacto estuviera controlado efectivamente por alienígenas, dándome esa impresión de aparato antropomórfico, humano, algo de lo que postuló Jung en su teoría de los arquetipos (la forma, en el sentido de paterns, es universal) sería al menos aproximada a la verdad. Y si el artefacto en cuestión fuera controlado por seres extraterrestres, no se puede dudar que al menos tecnológicamente están extraordinariamente avanzados.

Una última digresión: Que yo sepa desde hace muchos años se vienen sucediendo los avistajes. ¿ Por que no hacen contacto ?. O son secretos militares de potencias terrestres o son extraterrestres. Y si fueran estos últimos, si yo fuera ellos y hubiera observado Hiroshima, Nagasaki, las ciudades europeas destruidas por los terribles y masivos bombardeos, Vietnam, etc, pensaría: Esta gente es peligrosa, mejor no acercarse.

LO SUYO ESTÁ AL SALIR (Cuento)


Retumbó la pesada puerta al cerrarse tras su espalda. Sus pies adivinaron, en la penumbra, una gruesa alfombra que amortiguaba el ruido de sus pasos encaminados hacia el único escritorio, donde una mujer muy blanca y rubia, de pelo recogido en la nuca y aire severo, era iluminada por una luz mortecina, que resaltaba aun más el enorme salón, ya que no se distinguían paredes ni techos.

-Vengo por el numero de mi expediente- dijo con una voz que no reconoció como suya. Sin levantar la vista, la mujer extendió su brazo señalándole  con el índice, que parecía mas una estalactita que un dedo, un banco de mármol. Sintió el contacto frío al sentarse.

Fue ahí cuando lo vio. Al encender un cigarrillo, la llama del fósforo había iluminado débilmente lo que aparentaba ser un bulto, una sombra y que fue convirtiéndose poco a poco en un hombre sentado, en un banco similar al que él ocupaba al lado de la puerta. Su edad era indefinida. Sus acuosos ojos estaban abiertos en una extraña mezcla de tristeza, indiferencia y desconsuelo. La palabra desesperanza, seria la más exacta. El pelo canoso cubría sus hombros y se deslizaba sobre el banco hacia el suelo. La barba enmarañada tapaba su pecho y también llegaba a la alfombra. Todo en él era cansancio y quietud.

A medida que se iba acostumbrando a la oscuridad, descubría mas detalles y con cada cigarrillo prendido veía aún más. Así, no se sorprendió demasiado por las larguísimas uñas, ni por el polvo que lo recubría. Aunque si se alarmó cuando advirtió que el hombre estaba unido a la pared y al banco por una profusa cantidad de telarañas en donde, naturalmente, arañas de distintos tamaños acechaban a sus presas. Siempre sintió una especial repulsión por esos bichos que le resultaban particularmente asquerosos.

Había perdido la cuenta del tiempo transcurrido. Alguna idea tenía por la cantidad de cigarrillos fumados. Además se había dormido varias veces y percibía ahora, con angustia que el tiempo pasaba de un modo extraño en ese lugar. En realidad ya no sabia si era de día o de noche. ¿Habrían pasado horas o días? ¿Por que no meses, tal vez años? se preguntó con pavura. Y ese hombre sentado allí. Sin moverse, sin hablar y la mujer impertérrita en su escritorio que no cesaba de escribir.

Y la puerta se abrió. Una silueta se recortó en la luz encegueciéndolo, y al aproximarse al hombre de edad indefinida le dijo:
- Lo suyo esta al salir.
Algo como un cloqueo, como un sonido gutural, salió de la garganta del hombre acompañando un estremecimiento de todo su cuerpo. La silueta se disolvió en la luz y la puerta volvió a cerrarse casi silenciosamente.

Todo tornó a su estado anterior.

El tiempo parecía marcarse solo por los periódicos momentos de breve luz producido por los fósforos de los cigarrillos que encendía. Se hundió en un sopor, del que despertó sobresaltado. Entonces se decidió y levantándose no sin esfuerzo, encaró hacia el escritorio y con un tono que no disimulaba su impaciencia, espetó;
 - Señora, falta mucho para que me atiendan?

La dama del rodete clavó sus ojos en él y con un tono que denotaba solo un  fastidio inmisericorde le dijo con algo de autoritarismo, al tiempo que señalaba al hombre de edad indefinida:
 - El señor esta primero, cuando terminemos con él, entonces será su turno.


MARÍA (Crónica)


A las cinco de la tarde, casi puntualmente, María abría los postigos de su habitación pulcramente ordenada, con los pisos de madera lustrados, que daba a un patio lleno de plantas. En un Winco, hacía girar el disco más triste que se pudiera imaginar. En el altillo hasta donde  llegaba la música, Alcides  dejaba el mate o la ginebra y suavemente, pero de  modo imperativo, me decía:
- Vamos a consolar a María.
Así que bajábamos al  patio sobre el que se alineaban los cuartos en los que vivían algunos actores de teatro,  algunos revolucionarios ,  María, y yo que, por entonces,  ya me hacía las preguntas que no tienen respuesta.
María, que según me había contado Alcides, tenía cinco intentos de suicidio, estaba como siempre, sentada en la punta de la cama, con su habitual vestido negro en forma  de túnica,  su pelo renegrido, sus ojos negros, sus  gruesas cejas también negras, mirando al infinito, mientras silenciosamente rodaban por sus mejillas lágrimas que parecían no cesar nunca.
Era la imagen de la tristeza.
Alcides y yo tomábamos ubicación, uno a cada lado de María y con la penosa música como  telón de fondo,  en  diálogos que tenían el tono de una confesión, procurábamos rebatir las contundentes afirmaciones de María, que muy quedo, en un hilito de voz, sostenía la absurdidad de la existencia, la precariedad dolorosa del amor, el sinsentido de la vida.
Repetimos ese rito  incontables veces. En parte porque la queríamos y en parte porque nos aterrorizaba la posibilidad de encontrarla, alguna tarde, en el único baño de la casa, con las venas cortadas.
Un buen día María se fue. Y al tiempo yo también decidí rumbear para otro lado.
Dos años después me encontré en la calle con Eny, que por entonces se había convertido en la suegra de Alcides. Eny siempre había funcionado como una especie de madre de todos los que vivíamos en esa suerte de pensión con  algo  de magia. Me contó  indignada que María había desperdiciado  la oportunidad de su vida: había conocido en Buenos Aires a un diplomático  que se había enamorado perdidamente de ella y  le había propuesto matrimonio para que lo acompañara a Egipto, donde cumplía sus funciones. De modo que María, que había aceptado el convite, volvió a Rosario para arreglar sus cosas. Pero en el tren  conoció a un plomero que le arrebató el corazón, por lo que dejó al diplomático esperándola para siempre, y se unió, cura mediante,  con el esforzado trabajador de los caños.
Me separé de Eny dándole la razón y pensando  que nunca iban a terminar las desventuras de María.
Aquí abro un paréntesis en esta historia. Sucede que me caso, tengo hijos. Es decir pasan los años. Y como suele suceder, un buen día, se me rompe un caño en la cocina y llamo a un plomero que me recomienda un vecino.
Mientras el hombre reparaba el caño yo me quedé en la cocina charlando animadamente con la que entonces era mi mujer, casi olvidado de su presencia. El hombre que  trabajaba bajo la mesada, casi sin hacer ruido, y que sin duda ha estado escuchándonos,  interrumpe en un momento su trabajo y me dice:
- No me diga que usted es Nicanor, el amigo de Alcides  Atónito comprendo rápidamente la situación  y le contesto:
-No me diga que usted es el esposo de María.
- Sí, soy el esposo de María – me responde.
- ¿Y como está ella? – le pregunto.
El plomero con una gran sonrisa dice:
- Bárbara, un poco  gorda, eso sí, es que  tenemos cinco hijos...Y siempre tan alegre, usted la conoce,  se ríe todo el tiempo.




LA COVACHA (Crónica)



Todas las noches me pasaba lo mismo. Nunca supe la hora, pero sucedía, me parece, alrededor de las tres o cuatro de la mañana cuando todos dormían. Me despertaba y sentía crujir el piso (era de madera) como si fueran pasos que comenzaban en la puerta de entrada, cruzaban el hall, el living, todo el pasillo de acceso a los dormitorios, entraban en el mío y se detenían al borde de mi cama. Ahí me parecía que me desmayaba de terror y despertaba al día siguiente comprobando que por suerte no me había sucedido nada.
Por supuesto, no se lo contaba a nadie. Me daba pánico que no me creyeran o que me dijeran que era mi imaginación. Y sobre todo que mis hermanos mayores me satirizaran burlándose como suelen hacerlo los hermanos de doce y trece años con uno de ocho.
Antes de dormirme, yo rezaba pidiéndole a Dios me librara de todo mal, incluyendo el que  me torturaba al promediar mi sueño, pero fatalmente abría los ojos en la obscuridad para oír el cric, cric que se acercaba cada vez más.
Una mañana, al despertar con el alivio que es de suponer, concluí que efectivamente debía ser producto de mi fantasía. Y me hice el firme propósito de enfrentar esos ruidos levantándome de la cama, decidiendo también que iría hasta la puerta de entrada prendiendo las luces, y que incluso abriría la puerta que más temía: la de la covacha. Así le decíamos en mi casa a un cuartito que estaba pegado a la cocina  y que mediría dos metros por dos metros, sin ninguna ventana y que servía para guardar los trastos de limpieza y todas esas cosas que nunca se tiran pero tampoco se recuperan.
Esa noche, como todas las noches desde hacía ya mucho tiempo, me desperté, sintiendo como siempre, las temibles pisadas. Me levanté y prendiendo las luces fui hasta la puerta de entrada. No contento con eso determiné revisar el resto de la casa. Hasta que llegué a la puerta de la covacha.



Primer final


Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz. Adentro, claro, solo estaban las cosas que tenían que estar. Y me fui feliz a seguir durmiendo. Me dio resultado, nunca más me desperté muerto de terror.
Pienso, ahora pienso, que la covacha era la metáfora de por lo menos dos cosas: una, cualquier psicoanalista mas o menos avezado ya lo adivina, representación del inconsciente, es decir depósito de las abominaciones que todos los humanos, mas o menos,  guardamos  en ese lugar y otra, muy dolorosa por cierto, la intuición de todos los males que me esperaban en la vida, incluidos los males que no me afectarían de modo directo pero que igualmente llenarían mi alma de melancolía, como sin ir más lejos, todos los mártires generados por la bestialidad humana.


Segundo final:

Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz.  Ahí estaba sentado en el suelo un dragón. Me miró sorprendido pero no dijo nada.
Tomé una pastilla de Gamexane y unos fósforos de un estante y la prendí. Después cerré la puerta cuidadosamente y pude ver que salía algo de humo por debajo de ella. Quizás sentí que tosían.  Desde entonces duermo como un lirón.

Rosario, agosto de 2004.