Montoneros
Hace tiempo vengo observando la utilización del término “Montoneros” como adjetivo denostativo. En general no me afecta porque lo tomo como “de quien viene”. Y en lo personal mucho menos por la sencilla razón de que no lo fui, no lo soy y tampoco lo seré. Entre otras cosas porque no soy peronista y todos los que conocí no solo eran peronistas sino que además lo consideraban una condición fundamental para ser…montonero. Aclaro que tengo un respeto enorme por el peronismo, sobre todo por el pueblo peronista.
Una de las razones esgrimidas para utilizar la palabra Montoneros de modo descalificante es que estos eran asesinos.
Escuché lo mismo sobre el Ché.
Montoneros, como el Ché, eran o pretendían ser, una organización militar. Específicamente utilizar la violencia para conseguir objetivos políticos. Argüían que era necesaria para terminar con la violencia instalada que protegía la injusticia que resultaba en la explotación de los trabajadores, en la miseria, en los niños hambrientos sin educación y sin salud, etc.
Eran empleados de multinacionales? No. Eran mercenarios? No.
La crítica de violentos es en si estúpida. Que yo sepa San Martín, Güemes, Belgrano, Bolivar, por sólo mencionar algunos, también eran, fueron, violentos.
En todo caso habría que preguntarse sobre la legitimidad del uso de la violencia.
En mi caso debo aclarar que el uso de la violencia me parece deplorable. Pero si entra en mi caso unos ladrones con la intención de violar a mis hijas y asesinarnos, no dudaría ni por un segundo en utilizar el máximo de violencia disponible.
Habría, me parece, que discriminar entre legitimidad objetiva y legitimidad subjetiva. La objetiva sería aquella en la que no quedan dudas sobre su utilización, como es el caso que cité recién.
La subjetiva sería el fruto de la evaluación con condimentos ideológicos y de otros tipos sobre la necesidad y sobre todo oportunidad para su implementación. Obviamente es de difícil discernimiento porque aquellos inclinados hacia la utilización inmediata pensarán que se trata de una situación objetiva.
Este era, a mi juicio, el caso de los montoneros y era exactamente el punto de disenso mas importante que me separaba de ellos. No era el único, pero sí, repito, el más importante.
Pero volvamos a la utilización denostativa del término montoneros.
Conocí a varios de ellos. Uno era Carlos María Araya y su esposa Catalina Fleming. Otro era Jorge Araya. Eramos amigos íntimos, como hermanos. El padre había sido Intendente de Rosario en la época de Aramburu, presidente del Jockey Club de Rosario. Tenían mucho campo en Inriville al sur de la provincia de Córdoba. Es decir pertenecían a una familia rica y prestigiosa desde el punto vista social. Quiero decir pertenecían a la clase alta de la ciudad de Rosario. Carlos María además se había recibido de Ingeniero Civil y Jorge estaba a un par de materias para recibirse de abogado. Es decir, tenían un futuro perfecto desde el punto de vista de las seguridades económicas y sociales. Sin embargo ellos eligieron ser montoneros. ¿Por qué? Porque consideraron que era el modo idóneo para terminar con una realidad que les dolía en alma. Es decir prefirieron la posibilidad de ser torturados brutalmente y asesinados, arriesgar la vida, en pos de sus ideales. Y así fue: Carlos María y Catalina desaparecidos. Jorge asesinado: lo encontraron en el río Carcarañá con treinta tiros y una piedra atada junto con su compañera la Negrita Estevez.
Otro: Guillermo Martínez Agüero. A los 22 o 23 años se recibe de médico con las mejores notas, ayudando a su madre que había quedado viuda con cinco hermanitos menores. Querido por todo el mundo al punto de haber sido elegido en forma unánime por todas las agrupaciones estudiantiles de distintas tendencias en su facultad. Pobre pero de familia patricia de Córdoba, también con todas las posibilidades a su favor. Termina preso por diez años. Al menos salvó su vida. Un hermano, José Agustín desaparecido.
Su hermana Soledad militante de montoneros también es viuda de Haidar. Hace poco tiempo volvió a rehacer su vida con un buen compañero. Otra hermana que hace muchísimos años que no veo es la mujer de Firmenich. Sufrió cárcel y exilio. Los conozco muy bien son primos hermanos y desde chico los veía todos los veranos en Villa Allende, sierras de Córdoba. Mismas motivaciones que los Araya.
Y conocí muchos mas. Todos mas o menos iguales: Idealistas y generosos, con los que discutía hasta el hartazgo.
No acordé nunca con ellos. Pero los quiero por sus valores extraordinarios. Y porque a mi me siguen doliendo las mismas cosas que a ellos.
Por eso creo que aquellos que usan montoneros como denostativos deben ser los que aplaudieron la tortura y la matanza sin posibilidad de juicio justo para quienes, tal vez equivocadamente, mas aún, gravemente equivocados, quisieron cambiar las cosas horribles de este mundo y que todos conocemos sin calcular nada a cambio.
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lunes
EL TÍO QUELITO
I
La muerte de mi tío Quelito, estuvo rodeado de circunstancias propias del “realismo mágico” de García Márquez.
Al sentirse mal, se bañó, afeitó, peinó con gomina, se puso camisa blanca, corbata, saco azul, pantalón gris, medias azules y zapatos negros acordonados. Después se acostó en su cama boca arriba, puso sus manos entrelazadas con un rosario sobre su pecho y murió.
Quería estar elegante para su velorio.
Había sido “Primer Secretario de Embajada” en México, San Salvador y Portugal. Fue durante el gobierno de Perón y el era puntero peronista en Villa Allende donde vivía en la casa veraniega de mi abuela materna, Doña María del Carmen Díaz Usandivaras de Martinez, dama patricia de Córdoba. Como él no era casado la servidumbre lo llamaba niño Quelito. Digamos que no era un descamisado, era un rastacuer, el hijo de una señora que cuando se refería a las chicas de la servidumbre las nombraba como “chinitas de porquería”. Nacionalista católico, rosista, despreciaba a los turistas a quienes, cuando los cruzaba con su auto, apostrofaba de “turrista” imitando acento italiano, porque también, éstos, los italianos, eran despreciables para él. Su peronismo me convenció para siempre que el peronismo no estaba a favor de los cabecitas negras.
De haber vivido lo suficiente hubiera sido menemista, con la salvedad que de vez en cuando dijera: “Carlitos es un turco de mierda”
Creo que nunca trabajó y para mi fue siempre un misterio como llegó a tener un Ford descapotable, un coche inglés para ser tirado por su padrillo Hackney puro y un bull terrier con pedigree, porque todo esto, aclaro, lo tuvo antes de su carrera diplomática.
Recuerdo que siempre se decía de él que era delicado de salud: estuvo enfermo de tuberculosis y la cantidad de remedios que tomaba deben haber hecho de su cadáver algo incorruptible.
Alguna vez alguien me comentó que era adicto a la cocaína, pero eso no me consta.
Ya jubilado, se hizo hacer una gran cantidad de tarjetas que rezaban: “Rogelio Martínez Díaz – 1er. Secretario de Embajada de la República Argentina – Ministerio de Relaciones Exteriores”
II
La primera vez que lo vi utilizar la tarjeta fue en ocasión de un pedido de mi padre:
- Quelito, ¿podrás mover alguna inflluencia para apurar mi jubilación que está en trámite y demorada?
- Pero claro Melitón, la semana que viene voy a Buenos Aires y me encargo.
Fui dos veces a Buenos Aires con él. Una de ellas con Carlos María Araya que fue mi amigo del alma y que terminó desaparecido en la dictadura como oficial montonero.
En una de esas oportunidades en la que lo acompañé, a la dependencia en la que haríamos la gestión encomendada por mi padre, al entrar divisé un cartel que decía “Informes” donde se encolumnaba una fila de personas, de modo que fui a colocarme detrás del último de la cola, de donde fui sacado de un manotazo brusco de mi tío Quelito mientras me amonestaba con un sonoro: “¡que hace m’hijito!”.
A continuación se colocó en el medio del salón y golpeó sonoramente las manos como cuando uno llega a una casa de campo donde no hay llamador de ninguna especie. Me puse rojo como un tomate porque toda la gente que estaba haciendo trámites en ese lugar se dio vuelta para mirarnos.
Ante mi sorpresa apareció un sujeto que en forma diligente se dirigió a él inquiriéndole:
- ¿Señor?
- Pongame en contacto con el jefe o encargado de esta dependencia – dijo autoritario mientras sacaba de su elegante impermeable de gabardina inglesa una tarjeta de esas.
- En seguida señor – dijo sumiso no bien la leyó.
Casi de inmediato fuimos conducidos a una oficina donde un señor se levantó ceremonioso de su escritorio para estrechar la mano de mi tío y la mía, mientras se presentaban.
Se sentaron y el hombre con una sonrisa le ofreció:
- ¿Un cafecito?
- No gracias – dijo medio seco mi tío.
- Bien, ¿Y en que puedo servirlos?
- Se trata de la jubilación de mi cuñado – dijo mi tío (me pareció que cuando decía cuñado era como que decía cucaracha) y agregó – está un poco demorada y el pobre no puede esperar más – y finalizó –aquí tiene el numero de expediente.
- Sí, si, veré de inmediato que se termine el trámite – dijo el hombre.
- Bueno, gracias y cuando pueda lo espero a comer en el restaurante del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Nos fuimos después de los saludos de rigor… y al mes mi padre estaba jubilado.
III
Cuando fuimos con Carlos María y él viajamos en tren. Al llegar a Retiro se hizo bajar del vagón por un changarín que lo cargó tomándolo por las axilas hasta depositarlo en el suelo de la estación.
No recuerdo cual era el motivo del viaje, pero cuando estuvimos cerca de la Catedral, Carlos María quiso que visitáramos la tumba de San Martín. Cruzamos una avenida donde los autos andaban a mil, siguiendo a mi tío que haciendo caso omiso al tráfico cruzaba orondo, extendiendo el brazo con la palma de la mano hacia arriba, para que los autos se detuvieran, sin siquiera mirarlos, con la vista clavada al frente.
Aterrados (Carlos y yo, porque él estaba lo más campante), llegamos milagrosamente ilesos a la puerta de la Catedral…que estaba cerrada y en la que lucían los horarios para entrar en ella y que no coincidían, claro, con los nuestros.
Nosotros amagamos, decepcionados, con darnos la vuelta, pero él nos paró y sin inmutarse golpeó con fuerza la enorme puerta.
Al cabo de un instante la abrió un curita a quien sin mediar palabra le extendió la tarjetita. El cura la leyó y preguntó:
- ¿En que puedo servirlo?
- Vea, mi sobrino y su amigo quieren visitar el mausoleo de San Martín y como son de Rosario…
- Sí, si, pasen –lo interrumpió el sacerdote
Nosotros pasamos y sentimos mientras nos alejábamos de ambos que tío Quelito le decía “….y lo espero a almorzar en el restaurante del Ministerio de Relaciones Exteriores”
IV
No recuerdo cuantas veces lo vi hacer lo mismo con excelente resultado, pero si me quedó grabado la oportunidad, que me pareció el colmo, en la que le dio la tarjetita a un hombre que estaba cortando el pasto frente a la Municipalidad de Funes (pueblo cercano a Rosario) mientras lo conminaba a que le avisara de su presencia al intendente.
No se si también lo invitó al comedor del Ministerio, pero en una de las oportunidades en las que lo acompañé a Buenos Aires, me dijo a la hora de almorzar que lo haríamos en el mentado restaurante ministerial, provocando que protestara porque mi atuendo no me parecía adecuado para concurrir a un lugar que suponía poblado de personajes como jeques árabes, funcionarios de la ONU, embajadores, etc.
Pero él se mantuvo en sus trece diciéndome que no me preocupara agregando:
- Usted va conmigo.
De modo que nos encaminamos hacia ese olimpo de los dioses, resultando ser que el lugar era el comedor de los empleados del ministerio, donde lucía en papel de envolver y clavado con una chinche en una especie de transparente un menú garabateado a mano en el que se leía:
“Hoy. Milanesa con fritas - $ 7.- Queso y dulce - $ 5.- Jarrita de vino de la casa - $ 4.- Café $ 2.- También hay albóndigas con puré o ensalada $ 7.-“
Nos sentamos mientras miraba que un mozo con un repasador mugriento colgado del brazo gritaba: “Marche una albóndiga con puré para la mesa cinco”.
A todo esto yo tendría por entonces unos veintidós o veintitres años, y mi tío Quelito me parecía el non plus ultra del chanta argentino, pero siendo un niño se me había antojado que él era un semidios.
Recuerdo un busto de bronce de su cabeza que se había hecho hacer y tenía en su cuarto. Y una poesía que había escrito que se titulaba “Que es poesía” y que me parecía muy bella y que solo quedó en mi memoria las últimas palabras que decía: “….es melancolía”.
El me regaló dos caballos: el Leonero y la María Bonita, en realidad los había regalado para mis hermanos y mis primos, los hijos de mi tío José.
Pero en los hechos eran prácticamente míos.
La María Bonita era una yegua preciosa. De ahí su nombre sacado de la canción de Agustín Lara dedicada a María Felix. Cuando vino de México me trajo un jean mexicano, con tachas a lo largo de las piernas y con dos cabezas de toro también hechas con tachas sobre los bolsillos delanteros y cuyos ojos, rojos, eran dos piedritas. Además nos regaló camisas de nylon que eran una novedad y que ahora comprendo que eran horribles.
Se trajo una montura mexicana de charro con sus cabezadas y que de vez en cuando me dejaban usar.
El y mi tío José fueron los que me enseñaron todo lo que se sobre los caballos. Aprendí a ensillar, los pelajes y como se debe montar. Ellos me hicieron “de a caballo” allá en la casa de mi abuela en los veranos cordobeses.
Por eso fue que lo elegí como padrino de confirmación y también elegí su nombre para esa ocasión en la que me convertía en “soldado de Cristo”.
Casi nadie sabe que mi nombre civil es Nicanor pero que si se agregan los de bautismo y confirmación queda Nicanor Rómulo Rogelio.
Hace unos años pude hacerme una casa en Los Cocos, en el valle de Punilla de las Sierras Cordobesas. Mi casa se llama María Bonita. Ahora saben por qué.
miércoles
2 Poetas gauchos 2 (Crónica)
Mails intercambiados entre Nicanor de Elía (Aparicio el Ganso) y Ricardo Camogli (Edonicio el Pavo) debido a que el primero debía pagar un impuesto atrasado y también debía enviar escaneado el depósito realizado en el Banco de la Provincia 2"de Córdoba con el número de cuenta en ese banco de la Municipalidad de Los Cocos que tiene en la sucursal de La Cumbre. (Año 2003).
No se hai de dormir
el crestiano que es alvertido
y al amigazo endeudao
le va hacer el favor
de enviarle como un tiro
el número que con dolor
necesita con cuidao
y de ese modo permitir
saldar con lo depositao
la mensualidá sin dirimir.
Aparicio el ganso
No mei quedau dormido
Con el tema de su cuenta,
(aunque la cosa aparenta
que la dejé en el olvido).
Anote, criollo querido,
La cuenta: cincuenta y uno;
Y aquí resulta oportuno
Que indique la sucursal:
Tres cuatro dos, (pa´ indicar
La de La Cumbre, presumo).
Cuando le den la boleta
La fotocopia enseguida,
Y en un sobre me la envía
Desde cualquier estafeta,
Pa que de forma concreta
El ente recaudador
Le pierda todo temor
Que su cuenta siga impaga
¡y que sepa esta negrada
cómo paga Nicanor!
Edonicio el Pavo
Naides me ha de llamar
crestinao desagradecido
y como flecha me voy
los patacones a depositar
como un enloquecido
porque como es sabido
nunca e’ de olvidar
el servicio extraordinario
o el extraordinario servicio
que me ha prestado
el día de hoy
un paisano octogenario
apelado el pavo Edonicio
Aparicio el ganso.
Naides podrá decir
que este gaucho desterrau
no pecha como un desgraciau
y no para de sufrir
pa' poder dir a morir
en esa montaña dichosa
donde Edonicio y su esposa
pa' siempre han de vivir
con un vecino amigazo
que en dos meses pondrá
en la mesa un vinazo
que con gusto invitará
a quienes tanto estraña
y se han dado tanta maña
pa' hacerle este favor
de alcanzarle la papeleta
(y evitarme la estafeta)
al ente recaudador
Aparicio el ganso
Aparcero, tenga mano,
no vaya dirse en promesa,
aquel vinazo en la mesa
ya queda documentao.
El recibo fue entregao
al ente recaudador,
y siendo gaucho de honor
se lo tengo que decir:
¡si usté no puede venir
mande el vino, por favor!
Edonicio el Pavo
No se hai de dormir
el crestiano que es alvertido
y al amigazo endeudao
le va hacer el favor
de enviarle como un tiro
el número que con dolor
necesita con cuidao
y de ese modo permitir
saldar con lo depositao
la mensualidá sin dirimir.
Aparicio el ganso
No mei quedau dormido
Con el tema de su cuenta,
(aunque la cosa aparenta
que la dejé en el olvido).
Anote, criollo querido,
La cuenta: cincuenta y uno;
Y aquí resulta oportuno
Que indique la sucursal:
Tres cuatro dos, (pa´ indicar
La de La Cumbre, presumo).
Cuando le den la boleta
La fotocopia enseguida,
Y en un sobre me la envía
Desde cualquier estafeta,
Pa que de forma concreta
El ente recaudador
Le pierda todo temor
Que su cuenta siga impaga
¡y que sepa esta negrada
cómo paga Nicanor!
Edonicio el Pavo
Naides me ha de llamar
crestinao desagradecido
y como flecha me voy
los patacones a depositar
como un enloquecido
porque como es sabido
nunca e’ de olvidar
el servicio extraordinario
o el extraordinario servicio
que me ha prestado
el día de hoy
un paisano octogenario
apelado el pavo Edonicio
Aparicio el ganso.
Naides podrá decir
que este gaucho desterrau
no pecha como un desgraciau
y no para de sufrir
pa' poder dir a morir
en esa montaña dichosa
donde Edonicio y su esposa
pa' siempre han de vivir
con un vecino amigazo
que en dos meses pondrá
en la mesa un vinazo
que con gusto invitará
a quienes tanto estraña
y se han dado tanta maña
pa' hacerle este favor
de alcanzarle la papeleta
(y evitarme la estafeta)
al ente recaudador
Aparicio el ganso
Aparcero, tenga mano,
no vaya dirse en promesa,
aquel vinazo en la mesa
ya queda documentao.
El recibo fue entregao
al ente recaudador,
y siendo gaucho de honor
se lo tengo que decir:
¡si usté no puede venir
mande el vino, por favor!
Edonicio el Pavo
LA CARTA DE RICARDO (Crónica)
Mi hermano Ricardo, siete años mayor que yo, era un genio. Tenía un coeficiente intelectual muy superior al del común de los mortales, un conocimiento enciclopédico, una memoria prodigiosa. Fue medalla de oro de su promoción en la Universidad Nacional de Córdoba, en donde se recibió de abogado. En mi casa solía recitar de memoria, a los gritos, las poesías de Lorca y de Guillén.
Si escribo a veces algunas ocurrencias en forma de cuentos, de novelas, se deber casi, a la tristeza y diría cierta impotencia que siento por el hecho de que semejante talento no haya dejado otra cosa que recuerdos entre los que tuvimos la suerte de conocerlo. Recuerdos que al no haberse plasmado en escritos se disolverán con el tiempo. Los escritos tienen casi siempre idéntico destino, pero, si fueron realizados con habilidad, con gracia (y estoy seguro que los que podría haber realizado Ricardo estarían hechos de esa manera), pueden llegar a ser disfrutados al menos por dos o tres generaciones. Dejó solo una poesía que publicó el diario “La Capital” de la ciudad de Rosario en el año 1965 (ciudad en la que nació y vivió la mayor parte de su vida), y que transcribo:
MONTE
El monte que me acecha,
erizado de espinas y de penas.
El monte, duro y áspero
como la gente de mi pueblo preso.
Rencor vencido, mata y espinillo,
duro solar de raza castigada,
poncho de tela brava, amargo ceño
de esta tierra, por criolla desdeñada.
Monte mío, jinete de la sierra
chaparro guardián de la montaña;
cuando vengan las rojas alboradas,
bajarás a los pueblos y a los valles
hecho machete, antorcha, cruz, tacuara.
Sabrás de hundidos rostros rescatados,
de lomos que han vuelto a ser espaldas,
del pan que ya no falta;
que niños tristes de mirada anciana,
serán ancianos de mirada niña...
Monte mestizo de pelambre recia,
Arpón de las estrellas, ¡monte macho!
También dejó una carta que nunca pude leer. Pero la peculiaridad que la rodea que tal vez supera su texto, merece su evocación.
Ricardo era un ser hecho para el amor. Vivía enamorándose. Y sufría porque solía no ser correspondido. Las mujeres con las que se topaba, por cierto muy bellas, solían preferir a los muchachos deportistas y con gran confianza en si mismos. Él en cambio, era un soñador tímido, bajo y enjuto. No era precisamente un Clarck Gable, era más bien un Woody Allen con la diferencia de que no era famoso, ni rico ni un exitoso director y comediante.
Ocurrió un día que volvió a enamorarse. Pero esta vez de una chica que no era para nada hueca. Muy por el contrario, la Negra era y sigue siendo, un ser sensible e inteligente que con el tiempo llegó a ser una muy buena escultora. Vivía en Córdoba y se habían conocido en una reunión social. Bastó esa noche para que el corazón de él, una vez más, se incendiara. Sin embargo, ella partió hacia su ciudad al día siguiente.
Consternado por la partida anduvo varios días por nuestra casa como un fantasma. Terminó contándome que estuvieron toda la noche hablando, pero que ella no había definido nada. Así que decidió escribirle una carta conminándole una respuesta. Quedé yo apesadumbrado. Conociendo sus sucesivos fracasos, debo confesar que fui pesimista y me daba suma pena pensar la consecuencia que la respuesta, si es que la había, haría en el estragado corazón de mi hermano.
Pasaron unos días y una luminosa mañana de septiembre, Ricardo gritaba de alegría mientras agitaba en su mano un papel escrito que adiviné era la ansiada respuesta que esperaba.
- Me voy a Córdoba – decía – me voy ya para Córdoba.
Y se fue, nomás...para volver a los dos días pálido, desencajado y arrastrando los pies.
Se encerró en su cuarto y cuando al cabo de unas horas pudo salir me miró y me dijo:
- Ella no escribió ninguna carta, no tiene idea de quién pudo haber sido.
- Pero la tuya ella la recibió ¿O no? – le retruqué.
- Sí, la leyó, pero después le desapareció. La buscó y la buscó pero no la pudo encontrar.
Con el tiempo se recobró. Su sino era vivir en Córdoba. Se fue a vivir a las sierras primero y luego a la ciudad. Tuvo un primer matrimonio desastroso (no por culpa de ella, fue un error desde el principio) y luego se casó con una petisa fantástica, que lo hizo muy feliz hasta que en los terribles setenta murió por las heridas en su alma recibidas primero con el Navarrazo donde estuvo preso por unas horas y luego por la muerte de Allende que provocó que se encerrara a llorar por tres días. A pesar de que esa mañana se había despertado eufórico y pegaba saltos en su cama, horas después un aneurisma cerebral hizo de causa biológica para producirle la muerte.
Muchos años después la Negra me revelaría el misterio de la carta. Su madre, licenciada en letras, escritora y mujer también de exquisita sensibilidad, se la había sustraído.
Fue ella la que contestó la misiva, también le dijo que la carta de Ricardo estaba siempre acompañándola en su cartera.
La Negra le recriminó que hubiera hecho ilusionar a mi hermano. Su madre le contestó:
- Una carta tan bien escrita, tan apasionada, no podía quedar sin respuesta. Y no cabía otra respuesta que no fuera del mismo tono. Además yo también me enamoré, no de él, sino de su carta. Si no la contestaba quedaba incompleta – y después de una pausa agregó con la voz quebrada – si él no era correspondido, al menos su carta sí. Además y en definitiva, un hecho corriente de la vida como es enamorarse, es menor que la construcción de un hecho literario que tiene, aunque sea ilusorio, pretensión de eternidad.
Rosario, 9 de diciembre de 2003.-
Si escribo a veces algunas ocurrencias en forma de cuentos, de novelas, se deber casi, a la tristeza y diría cierta impotencia que siento por el hecho de que semejante talento no haya dejado otra cosa que recuerdos entre los que tuvimos la suerte de conocerlo. Recuerdos que al no haberse plasmado en escritos se disolverán con el tiempo. Los escritos tienen casi siempre idéntico destino, pero, si fueron realizados con habilidad, con gracia (y estoy seguro que los que podría haber realizado Ricardo estarían hechos de esa manera), pueden llegar a ser disfrutados al menos por dos o tres generaciones. Dejó solo una poesía que publicó el diario “La Capital” de la ciudad de Rosario en el año 1965 (ciudad en la que nació y vivió la mayor parte de su vida), y que transcribo:
MONTE
El monte que me acecha,
erizado de espinas y de penas.
El monte, duro y áspero
como la gente de mi pueblo preso.
Rencor vencido, mata y espinillo,
duro solar de raza castigada,
poncho de tela brava, amargo ceño
de esta tierra, por criolla desdeñada.
Monte mío, jinete de la sierra
chaparro guardián de la montaña;
cuando vengan las rojas alboradas,
bajarás a los pueblos y a los valles
hecho machete, antorcha, cruz, tacuara.
Sabrás de hundidos rostros rescatados,
de lomos que han vuelto a ser espaldas,
del pan que ya no falta;
que niños tristes de mirada anciana,
serán ancianos de mirada niña...
Monte mestizo de pelambre recia,
Arpón de las estrellas, ¡monte macho!
También dejó una carta que nunca pude leer. Pero la peculiaridad que la rodea que tal vez supera su texto, merece su evocación.
Ricardo era un ser hecho para el amor. Vivía enamorándose. Y sufría porque solía no ser correspondido. Las mujeres con las que se topaba, por cierto muy bellas, solían preferir a los muchachos deportistas y con gran confianza en si mismos. Él en cambio, era un soñador tímido, bajo y enjuto. No era precisamente un Clarck Gable, era más bien un Woody Allen con la diferencia de que no era famoso, ni rico ni un exitoso director y comediante.
Ocurrió un día que volvió a enamorarse. Pero esta vez de una chica que no era para nada hueca. Muy por el contrario, la Negra era y sigue siendo, un ser sensible e inteligente que con el tiempo llegó a ser una muy buena escultora. Vivía en Córdoba y se habían conocido en una reunión social. Bastó esa noche para que el corazón de él, una vez más, se incendiara. Sin embargo, ella partió hacia su ciudad al día siguiente.
Consternado por la partida anduvo varios días por nuestra casa como un fantasma. Terminó contándome que estuvieron toda la noche hablando, pero que ella no había definido nada. Así que decidió escribirle una carta conminándole una respuesta. Quedé yo apesadumbrado. Conociendo sus sucesivos fracasos, debo confesar que fui pesimista y me daba suma pena pensar la consecuencia que la respuesta, si es que la había, haría en el estragado corazón de mi hermano.
Pasaron unos días y una luminosa mañana de septiembre, Ricardo gritaba de alegría mientras agitaba en su mano un papel escrito que adiviné era la ansiada respuesta que esperaba.
- Me voy a Córdoba – decía – me voy ya para Córdoba.
Y se fue, nomás...para volver a los dos días pálido, desencajado y arrastrando los pies.
Se encerró en su cuarto y cuando al cabo de unas horas pudo salir me miró y me dijo:
- Ella no escribió ninguna carta, no tiene idea de quién pudo haber sido.
- Pero la tuya ella la recibió ¿O no? – le retruqué.
- Sí, la leyó, pero después le desapareció. La buscó y la buscó pero no la pudo encontrar.
Con el tiempo se recobró. Su sino era vivir en Córdoba. Se fue a vivir a las sierras primero y luego a la ciudad. Tuvo un primer matrimonio desastroso (no por culpa de ella, fue un error desde el principio) y luego se casó con una petisa fantástica, que lo hizo muy feliz hasta que en los terribles setenta murió por las heridas en su alma recibidas primero con el Navarrazo donde estuvo preso por unas horas y luego por la muerte de Allende que provocó que se encerrara a llorar por tres días. A pesar de que esa mañana se había despertado eufórico y pegaba saltos en su cama, horas después un aneurisma cerebral hizo de causa biológica para producirle la muerte.
Muchos años después la Negra me revelaría el misterio de la carta. Su madre, licenciada en letras, escritora y mujer también de exquisita sensibilidad, se la había sustraído.
Fue ella la que contestó la misiva, también le dijo que la carta de Ricardo estaba siempre acompañándola en su cartera.
La Negra le recriminó que hubiera hecho ilusionar a mi hermano. Su madre le contestó:
- Una carta tan bien escrita, tan apasionada, no podía quedar sin respuesta. Y no cabía otra respuesta que no fuera del mismo tono. Además yo también me enamoré, no de él, sino de su carta. Si no la contestaba quedaba incompleta – y después de una pausa agregó con la voz quebrada – si él no era correspondido, al menos su carta sí. Además y en definitiva, un hecho corriente de la vida como es enamorarse, es menor que la construcción de un hecho literario que tiene, aunque sea ilusorio, pretensión de eternidad.
Rosario, 9 de diciembre de 2003.-
DEUDA (Relato familiar)
(Sacada de un relato de familia. Un primo político fue el autor de la carta. El original no lo tuve nunca en mis manos, de modo que esta es una reconstrucción).
Muy señores míos:
Acuso recibo de v/nota de fecha 25 de octubre del cte, en el que se me reclama el pago de la deuda contraída por mi de $ 125.- por la adquisición de un par de zapatos que necesitaba para el casamiento de una distinguida dama de nuestra sociedad y que pundonorosamente reconozco.
Debo advertirles acerca de la modalidad de pago con el que hago frente a mis obligaciones : A raíz de que mis egresos son mayores que mis ingresos todos los fines de mes tomo la vieja galera de pelo de mi padre, procedo depositando en ella todas las facturas pendientes, revuelvo concienzudamente el contenido dejando de lado todo favoritismo, y extraigo las solicitaciones de pago, que serán abonadas puntualmente.
Cierto tono de v/misiva, veladas amenazas, la prepotencia de la palabra “intimo”, la poca elegancia puesta de manifiesto al no saber mesuradamente esperar (...si en el plazo de tres días) me sitúa en la desagradable posición de poner en v/conocimiento, que de recibir otra correspondencia insistiendo en el sentido de la que ya obra en mi poder, con el agravante, ahora, de querer eludir la equitativa mecánica descripta, serán retirados de sorteo.
atte.
jueves
1492 (Crónica de un avistamiento)
Nosferatu el vampiro, en la memorable versión cinematográfica de Herzog, ansiaba morir. Deseaba concluir de una vez con el espantoso tedio producto de siglos de existencia, en la que nada podía sorprenderlo. La repetición interminable de la conducta humana, la exacta previsibilidad de lo por acaecer, el conocimiento indubitable, anticipado, de la respuesta o de cualquier comportamiento de los interlocutores, fruto de la experiencia de su vida inmortal, terminaron con su deseo, con cualquier deseo.
Aún los acontecimientos extraordinarios en las vidas singulares como tener hijos, enamorarse, pelear en una guerra, ganar la lotería, no dejan de ser cotidianos para la especie. De ahí que muchos pensadores postulen que en el fondo la existencia carece de todo sentido. Salvo para los creyentes que constituyen su sentido a través de la posible ilusión, nadie ha podido dar respuesta a la vieja pregunta: ¿ De donde venimos? ¿ qué somos? ¿ adonde vamos? . Incluso hay quienes responden: a ninguna parte.
A mi parecer, casi no ha habido acontecimientos realmente extraordinarios para la especie, que son los que producen cambios abisales en ella. Mas bien, los datos que los conocimientos humanos van produciendo son deprimentes. Freud describe tres injurias narcisísticas: la tierra no era finalmente el centro del Universo, los hombres no son mas que animales hablantes y ni siquiera manejan libremente su psiquismo ya que este es determinado por el inconsciente.
Aparte de las revoluciones que hasta ahora han sido solo destellos llenos de esperanza para la especie y que como sabemos, aún cuando producen algunos avances han quedado lejísimas de sus iniciales aspiraciones, 1492, el descubrimiento de América, parece ser uno de los muy pocos acontecimientos que llenan de maravilla a la especie. Que podía figurarse un europeo o un inca que del otro lado del mar inmenso, que además suponían plano, existían culturas tan diferentes. Que habrá transcurrido por la cabeza de un aborigen de estas tierras cuando vio las carabelas, a esos hombres de armaduras y mosquetes. Y mas allá de la avaricia por el oro, ¿ que le habrá transcurrido a un español cuando vieron esas magníficas construcciones realizadas por aztecas, mayas e Incas ?.
Estas reflexiones vienen a cuento porque junto con mi mujer y un amigo, el 9 de enero de este año 1997, tuve el inmenso privilegio de vivir un acontecimiento muy cercano a 1492. Un acontecimiento que abre un prodigio de posibilidad y que destruyó en un santiamén mi inclinación marcadamente escéptica, racionalista, en el fondo positivista, que hubiera conmovido al mismo Nosferatu. Aclaro que digo posibilidad. No afirmo ninguna cuestión mística ni religiosa. Sigo siendo tan y tal vez mas marcadamente agnóstico. Solo digo: ahora todo es posible.
Debo recalcar que hasta que el acontecimiento que voy a relatar sucedió, era absolutamente escéptico y que me acompañaban en el escepticismo mi mujer y mi amigo. Me refiero a un escepticismo casi radical en relación al fenómeno que vivimos. Y este fenómeno que vivimos fue el avistamiento de un OVNI.
Ricardo Camogli y yo estábamos sentados en sendas reposeras en el parque de la casa que habito en Los Cocos, en las sierras de Córdoba. Mas exactamente a unos ocho kilómetros al Sur del famoso Cerro Uritorco. Este parque está situado en una ladera de la cadena montañosa que contornea al valle de Punilla. Desde esta ladera se tiene una vista hacia el oeste que da al valle desde donde se observa la población de Dolores y como telón de fondo, el otro marco del valle, las sierras de Caniputo.
Sobre esta sierra, en el momento del avistamiento, aún se conservaba una franja naranja que se disolvía en un celeste claro que a su vez se tornaba mas obscuro en la medida que mirábamos hacia arriba. Era ese el marco que disfrutábamos cuando sucedió: una bola de fuego, como un sol pequeño, insólitamente emergió verticalmente de la sierra que teníamos enfrente, casi diría con cierta manera dubitativa, hasta quedar detenido a unos 1.200 mts. de altura, a unos 45º de donde nos hallábamos.
Estupefacto me di cuenta inmediatamente que se trataba de uno de los famosos OVNIS. Mi mujer estaba recostada en el dormitorio de la casa (padecía un cólico) a espaldas nuestras, razón por la cual la llamé a los gritos advirtiéndola de lo que sucedía, pidiéndole también que me alcanzara los binoculares, cosa que hizo con cierta morosidad y después de verificar por la ventana que no le estábamos gastando una broma según confesó después.
Cuando enfoqué los largavistas, vi lo mismo pero obviamente mas grande, solo que esta vez vi un punto rojo que se destacaba brillantemente en esa masa ígnea. Y aquí comienza lo mas espectacular: casi al tiempo que enfoco ese objeto me da la sensación que se eleva quedando solamente ese punto rojo. Le digo a Camogli: se está yendo. Y el me contesta en un mar de serenidad: - No, está ahí. Es esa mancha negra -. Bajo los binoculares y observo que efectivamente donde había estado el objeto llameante hay una mancha negra.....que se pone en movimiento directamente hacia nosotros. A medida que se acercaba, lógicamente, se agrandaba. Por un instante me entusiasmó la idea que viniera hacia nosotros, pero cuando la cercanía se hizo presente a unos 200 mts. y ya era del tamaño de una pelota de rugby o tal vez aún mayor, entre en un breve pánico que me hizo retroceder un paso preludiando una fuga mientras le decía a mi mujer y a Camogli - se nos viene, se nos viene - a lo que Camogli respondió alegremente: - en efecto, te viene a buscar por mirarlo con el largavistas -. En ese momento, y con el considerable alivio para mi (Camogli y mi mujer estaban en el mejor de los mundos, al menos eso me pareció), el objeto, la mancha, hace un giro, siempre bajando, traza una elipse, a 45º, desviando el curso, lo cual me permitió enfocarlo nuevamente con los binoculares. En rápida sucesión veo dos cosas: En la mancha negra nítidamente se destacaba el punto rojo, como una luz de posición, como la luz de una antena pero muy intenso y al terminar el viraje, es decir cuando nos da la espalda, claramente veo un platillo volador: como dos sombreros chino unidos por su base. Dos conos metálicos de base ancha opuestos y pegados. Tal como los he visto en fotos que hasta ese momento me parecieron siempre falsas.
Esta experiencia abre para mí graves interrogantes: ¿ cuales son los límites, las posibilidades de la experiencia humana? ¿todo es transmisible? . Y el problema de la credibilidad.
En efecto, yo y quienes me acompañaban hicimos un avistaje, diría espectacular, de un OVNI. Bien puesto el nombre de OVNI: objeto volador no identificado. Sin embargo ninguno de los tres e insisto una vez mas que los tres tenemos una formación racionalista, europea (en el sentido contemporáneo), al menos agnóstica, sin la menor inclinación mística, dudamos de que: 1) era un artefacto, una máquina, diríamos con cualidades antropomórficas y 2) tenía intencionalidad, es decir navegaba, orientó su curso. Todo lo contrario a un fenómeno natural: se elevó, se detuvo quedando inmóvil, de llameante tornó a mancha negra, planeó, desvió su curso de colisión con nosotros, es decir hizo un viraje, y todo el tiempo, salvo cuando se alejó de “espaldas” se observó una luz roja como de posición. Además cuando terminó el viraje se vio claramente que necesitó (quien manejaba el aparato) estabilizar el vuelo como suele suceder con los aviones (yo tengo hecho el curso de piloto civil) produciendo un movimiento oscilante propio de esa maniobra.
Por supuesto, no tenemos idea de quién tripulaba la máquina, en el caso que fuera tripulado. Cabe la posibilidad de que haya sido dirigido por control remoto. No vimos ventanas. Lo que nos consta es estrictamente lo relatado. Lo demás es pura especulación.
Pero vamos a las preguntas que me formulo. Cuando relato esta experiencia suelo observar en mis ocasionales interlocutores, no siempre, una sombra de duda. Muy probablemente, antes de que me sucediera, si alguien me hubiera comunicado semejante experiencia, me hubiera pasado lo mismo. Es decir, no lo reprocho. En general, ante un fenómeno extraordinario, no habitual, si no lo experienciamos por nosotros mismos, nos cuesta mucho creer. Soy muy consiente del alcance de esta afirmación. ! Cuantas cosas no las creemos porque no las vemos!
Y una vuelta mas de tuerca: supongamos que a mi o otro observador le hubiera pasado lo mismo, pero en vez de desviar su curso hubieran llegado hasta donde estábamos nosotros. Supongamos que hubieran descendido seres extraterrestres. Supongamos que se hubieran comunicado con nosotros o con ese otro hipotético observador, si nosotros o ese sujeto lo relatara, ¿Quién le creería?. La pregunta entonces es, después de lo que nos pasó: ¿cuál es el límite para creer?
Esto es todo un tema, al menos para mí. De cualquier forma debo confesar mi sensación subjetiva: siento haber vivido una experiencia tipo 1492. Vi una carabela. ¿Seremos esta vez nosotros los aborígenes, los Incas, los aztecas?. No es una especulación descabellada. Si el artefacto estuviera controlado efectivamente por alienígenas, dándome esa impresión de aparato antropomórfico, humano, algo de lo que postuló Jung en su teoría de los arquetipos (la forma, en el sentido de paterns, es universal) sería al menos aproximada a la verdad. Y si el artefacto en cuestión fuera controlado por seres extraterrestres, no se puede dudar que al menos tecnológicamente están extraordinariamente avanzados.
Una última digresión: Que yo sepa desde hace muchos años se vienen sucediendo los avistajes. ¿ Por que no hacen contacto ?. O son secretos militares de potencias terrestres o son extraterrestres. Y si fueran estos últimos, si yo fuera ellos y hubiera observado Hiroshima, Nagasaki, las ciudades europeas destruidas por los terribles y masivos bombardeos, Vietnam, etc, pensaría: Esta gente es peligrosa, mejor no acercarse.
MARÍA (Crónica)
A las cinco de la tarde, casi puntualmente, María abría los postigos de su habitación pulcramente ordenada, con los pisos de madera lustrados, que daba a un patio lleno de plantas. En un Winco, hacía girar el disco más triste que se pudiera imaginar. En el altillo hasta donde llegaba la música, Alcides dejaba el mate o la ginebra y suavemente, pero de modo imperativo, me decía:
- Vamos a consolar a María.
Así que bajábamos al patio sobre el que se alineaban los cuartos en los que vivían algunos actores de teatro, algunos revolucionarios , María, y yo que, por entonces, ya me hacía las preguntas que no tienen respuesta.
María, que según me había contado Alcides, tenía cinco intentos de suicidio, estaba como siempre, sentada en la punta de la cama, con su habitual vestido negro en forma de túnica, su pelo renegrido, sus ojos negros, sus gruesas cejas también negras, mirando al infinito, mientras silenciosamente rodaban por sus mejillas lágrimas que parecían no cesar nunca.
Era la imagen de la tristeza.
Alcides y yo tomábamos ubicación, uno a cada lado de María y con la penosa música como telón de fondo, en diálogos que tenían el tono de una confesión, procurábamos rebatir las contundentes afirmaciones de María, que muy quedo, en un hilito de voz, sostenía la absurdidad de la existencia, la precariedad dolorosa del amor, el sinsentido de la vida.
Repetimos ese rito incontables veces. En parte porque la queríamos y en parte porque nos aterrorizaba la posibilidad de encontrarla, alguna tarde, en el único baño de la casa, con las venas cortadas.
Un buen día María se fue. Y al tiempo yo también decidí rumbear para otro lado.
Dos años después me encontré en la calle con Eny, que por entonces se había convertido en la suegra de Alcides. Eny siempre había funcionado como una especie de madre de todos los que vivíamos en esa suerte de pensión con algo de magia. Me contó indignada que María había desperdiciado la oportunidad de su vida: había conocido en Buenos Aires a un diplomático que se había enamorado perdidamente de ella y le había propuesto matrimonio para que lo acompañara a Egipto, donde cumplía sus funciones. De modo que María, que había aceptado el convite, volvió a Rosario para arreglar sus cosas. Pero en el tren conoció a un plomero que le arrebató el corazón, por lo que dejó al diplomático esperándola para siempre, y se unió, cura mediante, con el esforzado trabajador de los caños.
Me separé de Eny dándole la razón y pensando que nunca iban a terminar las desventuras de María.
Aquí abro un paréntesis en esta historia. Sucede que me caso, tengo hijos. Es decir pasan los años. Y como suele suceder, un buen día, se me rompe un caño en la cocina y llamo a un plomero que me recomienda un vecino.
Mientras el hombre reparaba el caño yo me quedé en la cocina charlando animadamente con la que entonces era mi mujer, casi olvidado de su presencia. El hombre que trabajaba bajo la mesada, casi sin hacer ruido, y que sin duda ha estado escuchándonos, interrumpe en un momento su trabajo y me dice:
- No me diga que usted es Nicanor, el amigo de Alcides Atónito comprendo rápidamente la situación y le contesto:
-No me diga que usted es el esposo de María.
- Sí, soy el esposo de María – me responde.
- ¿Y como está ella? – le pregunto.
El plomero con una gran sonrisa dice:
- Bárbara, un poco gorda, eso sí, es que tenemos cinco hijos...Y siempre tan alegre, usted la conoce, se ríe todo el tiempo.
LA COVACHA (Crónica)
Todas las noches me pasaba lo mismo. Nunca supe la hora, pero sucedía, me parece, alrededor de las tres o cuatro de la mañana cuando todos dormían. Me despertaba y sentía crujir el piso (era de madera) como si fueran pasos que comenzaban en la puerta de entrada, cruzaban el hall, el living, todo el pasillo de acceso a los dormitorios, entraban en el mío y se detenían al borde de mi cama. Ahí me parecía que me desmayaba de terror y despertaba al día siguiente comprobando que por suerte no me había sucedido nada.
Por supuesto, no se lo contaba a nadie. Me daba pánico que no me creyeran o que me dijeran que era mi imaginación. Y sobre todo que mis hermanos mayores me satirizaran burlándose como suelen hacerlo los hermanos de doce y trece años con uno de ocho.
Antes de dormirme, yo rezaba pidiéndole a Dios me librara de todo mal, incluyendo el que me torturaba al promediar mi sueño, pero fatalmente abría los ojos en la obscuridad para oír el cric, cric que se acercaba cada vez más.
Una mañana, al despertar con el alivio que es de suponer, concluí que efectivamente debía ser producto de mi fantasía. Y me hice el firme propósito de enfrentar esos ruidos levantándome de la cama, decidiendo también que iría hasta la puerta de entrada prendiendo las luces, y que incluso abriría la puerta que más temía: la de la covacha. Así le decíamos en mi casa a un cuartito que estaba pegado a la cocina y que mediría dos metros por dos metros, sin ninguna ventana y que servía para guardar los trastos de limpieza y todas esas cosas que nunca se tiran pero tampoco se recuperan.
Esa noche, como todas las noches desde hacía ya mucho tiempo, me desperté, sintiendo como siempre, las temibles pisadas. Me levanté y prendiendo las luces fui hasta la puerta de entrada. No contento con eso determiné revisar el resto de la casa. Hasta que llegué a la puerta de la covacha.
Primer final
Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz. Adentro, claro, solo estaban las cosas que tenían que estar. Y me fui feliz a seguir durmiendo. Me dio resultado, nunca más me desperté muerto de terror.
Pienso, ahora pienso, que la covacha era la metáfora de por lo menos dos cosas: una, cualquier psicoanalista mas o menos avezado ya lo adivina, representación del inconsciente, es decir depósito de las abominaciones que todos los humanos, mas o menos, guardamos en ese lugar y otra, muy dolorosa por cierto, la intuición de todos los males que me esperaban en la vida, incluidos los males que no me afectarían de modo directo pero que igualmente llenarían mi alma de melancolía, como sin ir más lejos, todos los mártires generados por la bestialidad humana.
Segundo final:
Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz. Ahí estaba sentado en el suelo un dragón. Me miró sorprendido pero no dijo nada.
Tomé una pastilla de Gamexane y unos fósforos de un estante y la prendí. Después cerré la puerta cuidadosamente y pude ver que salía algo de humo por debajo de ella. Quizás sentí que tosían. Desde entonces duermo como un lirón.
Rosario, agosto de 2004.
martes
LA PIEL DE MATILDA (Crónica)
El día que encontraron a Matilda en el cuarto del viejo, pero distinguido hotel, en donde se alojaba, gracias a la caridad de la dueña, quedó grabado tal vez para siempre, poblando seguramente los sueños de quienes entraron en él. Estaba acostada en la cama, sola como nunca, con los ojos enormes abiertos para siempre, con su tapado de piel puesto a pesar del calor infernal y rodeada por una multitud de gatos que andaban por toda la habitación, por encima de su cuerpo inerte. Sucedía que algún fenómeno de la muerte o la coreografía o vaya a saber que, habían producido en su rostro una metamorfosis gatuna. No era un espectáculo desagradable, sino más bien extraño. Cualquiera podía reconocer su rostro, estaba conservado sin duda, pero también parecía la cara de un gato.
La velaron en la casa de tía Mercedes, su amiga del alma. A todos nos pareció que desde las terrazas aledañas se escuchaban maullidos y llantos felinos de una manera inusitada. Cuando la enterramos, el cementerio rebosaba de gatos también.
Esa noche fuimos a acompañar a tía Mercedes a su casa. Inevitablemente, recordábamos a Matilda. Cuantas noches habrían repiqueteado sus tacos por las calles de la ciudad buscando sus gatitos para darles de comer. Esa era tal vez, su actividad principal. Recorría restaurantes y casas de amigas recolectando comida para ofrecérsela a sus pequeños protegidos. Al sigiloso paso de ella salían al encuentro multitudes peludas pidiendo plañideramente su alimento. Siempre con su tapado de piel, en invierno y verano. Aún cuando el calor fuera insoportable. De su boca grande, que enmarcaba una dentadura sobresaliente, emitía llamados para los felinos – Mishi, mishi – que repetía como en un susurro. Rostro singular el de Matilda, parecía que boca, dientes y ojos no le cabían en la cara pequeña y flaca.. A veces, cuando encontraba una camada huérfana no podía resistir adoptarlos. Esto le ocasionaba no pocos problemas en el hotel donde le tenían prohibido llevar los animalejos. Sucedía en ocasiones que los pequeñuelos escapaban de su cuarto. Una noche, ya tarde, cuando volvía de su habitual recorrida tuvo que ponerse en cuatro patas para rescatar a dos de sus protegidos de una habitación en donde dormían plácidamente una pareja de pasajeros. Sin duda había sido muy friolenta y esa costumbre de ella de no sacarse nunca su tapado, que uno de los hijos de tía Mercedes juraba que si se lo examinaba de cerca parecía estar confeccionado con pieles de gato, le dio pié a mi padre para jugarle una broma a mi madre: en una sobremesa hojeando el diario, un mediodía sofocante de enero, exclamó – que horror, negra, que horror, un individuo enloquecido por el calor la ha matado a Matilda a puñaladas porque no soportó verla con su tapado de piel -. Mi madre que era muy crédula dijo – Ah!, que espanto, no puede ser, pobre Matilda -. Mi padre volvió a la carga diciendo – bueno negra, hay que entender al pobre tipo, es imposible soportar la visión de alguien con semejante abrigo en estos días, con este insoportable calor -. Mis hermanos y yo pescamos al vuelo la maligna intención de mi padre y nos sumamos a su argumentación con razonamientos desopilantes. Por ejemplo agregamos con aire de indignación – Si, y ni siquiera transpiraba – lo cual era rigurosamente cierto.
Matilda era sostenida por un barón europeo, aunque al decir despreciativo de mi tía Mercedes, de la “noblesse nouvelle”. Solía concurrir con mucha frecuencia a la casa de la tía Mercedes, donde seguramente encontraba un poco su hogar. Juntas, por cierto período, habían tenido un programa de radio donde comentaban los acontecimientos sociales de la ciudad. Se las podía escuchar decir por ejemplo, - “Mariana (ellas se cambiaron los nombres para el programa) te cuento que la madrina estaba monísima con un vestido largo de raso que seguramente le habrá hecho Mdme Monette” y la otra contestaba –“Sí Amalia y me dijeron que la comida que sirvió El Cifré era exquisita”-. Precursoras del chivo. En una oportunidad, Matilda hizo el siguiente comentario: -“Mariana, he visto en el diario un artículo necrológico precioso, lo he recortado para aplicarlo cuando se muera, por ejemplo, el Dr. Llambí”.
Pero mas allá de estas peculiaridades, Matilda tenía un roce con el mas allá. Había quien aseguraba que era clarividente. También, y esto con seguridad, tiraba las cartas, según decían, con singular certeza. A mí, cuando era chico, me producía una sensación extraña, no de rechazo, pero sí de cierta pavura.
Recordar todo esto nos había distendido. Incluso lo que nos había parecido circunstancias tan raras alrededor de la muerte de Matilda empezaron a disolverse bajo las especulaciones de que la peculiar relación de ella con los gatos nos había, seguramente, sugestionado. Pero de pronto escuchamos un grito que provenía de la planta baja. Atropelladamente corrimos hacia el lugar y nos encontramos a tía Mercedes al pie de la escalera, que pálida y con voz entrecortada nos dijo – acabo de ver un gato con la cara de Matilda -
DE PALO (Crónica)
A medida que se terminaba el parque y me acercaba en diagonal a la esquina esa, me dio una súbita sensación que de esa calle en la que tenía que tomar el 155 podía brotar cualquier cosa: un dragón, el desfile de un circo, un enorme pie caminando. Es que era el atardecer final, casi noche y tenía como un clima fantasmagórico.
Pero no, al llegar no había nada de eso. Solo se destacaba en la soledad una mujer joven, con aspecto de estudiante universitaria, que apoyada en el edificio que marcaba precisamente la esquina, parecía esperar a alguien, al lado del portero eléctrico. De tanto en tanto pasaba un auto.
Había un bar en otra de las esquinas. Con luces bajas parecía un sitio de aquellos tranquilos como para conversar de amor o recordar amores.
Así que ahí estábamos los dos a una distancia de unos tres metros, espalda contra espalda, yo mirando la calle y ella mirando la puerta vidriada del edificio, esperando. Yo el 155 y ella vaya a saber que.
Enseguida se develó el motivo de espera de la joven. Lo observé todo con el rabillo del ojo.
Era, naturalmente, un joven que bajó del ascensor y después de pasar la puerta de acceso del edificio se dirigió resueltamente hacia ella y tomándola de los hombros con ambas manos y mirándola fijamente con los ojos muy abiertos le susurraba con una expresión fría
algo que ella no alcanzó a contestar porque antes de que pudiera abrir la boca se dio media vuelta introduciéndose nuevamente en el edificio. Ahí se detuvo frente al ascensor y parecía que conversaba con una mujer mayor que no tengo idea de donde salió mientras ella atinaba a decir con voz un tanto alta, como para superar el obstáculo constituido por la puerta cerrada de vidrio:
- Vos sós el que tenés que cuidarte.
El pareció no escucharla y un instante después se sumergió en el ascensor.
Con un semblante de gran dignidad no bien terminó de desaparecer el desapacible Romeo dio media vuelta y desapareció en la obscuridad de la noche... para reaparecer antes de que transcurrieran cinco minutos, pero esta vez en el rostro, ahora pálido, se dibujaba cierta angustia que seguramente descargó en el timbre del portero. Enseguida se escuchó por el parlante: - Hola, hola, hola, hola, hola. Holas sin respuesta que no fuera el dedo implacable que solo cesó su presión cuando vió, siempre a través de la puerta de vidrio, que el ascensor iniciaba su recorrido descendente. Ahí, la vengativa Julieta, se dio a la fuga. Todos hemos, casi con seguridad, haber escuchado alguna vez la expresión “los de afuera son de palo”.
Porque estos dos sujetos vivían su drama sin reconocerme en absoluto. Con una impunidad total me pusieron en el lugar de “palo”. Fue así que el pelado (el joven era pelado) bajó y luego de una breve inspección que no excedió un diámetro de cinco metros volvió a meterse en su casa, por supuesto, sin hacerme el menor comentario ni preguntarme nada.
Para mi sorpresa, apareció la dama que desde algún escondite cercano había seguido los movimientos de quien hasta hace poco, seguramente, era coprotagonista suyo en el tierno y tal vez apasionado, altar del amor, con el dedo como una lanza dirigido directamente al ajetreado timbre. Que fue respondido otra vez con –Hola, hola, hola, hola. Holas monocordes y de furiosidad oculta que tampoco fueron respondidos.
Ahí fue donde tuve el impulso de decirle suavemente a ella:
- No, ya está, no sigas, el amor te espera seguramente en otra parte.
Claro que no lo hice. No quise exponerme a que ella me dijera con voz tal vez aflautada por la ira algo así como:
- Que mierda tenés que meterte, vejete. Vos no existís!!
De modo que cuando el ascensor empezó a descender ella tornó a retirarse pero esta vez hacia el campo visual mío ya que todo el tiempo solamente miraba hacia el lado casi opuesto, en realidad lateral, haciendo como que mi único interés era el 155 el cual se obstinaba en no venir. La calle que era arbolada y que ya estaba francamente obscura, si se hace abstracción de la iluminación mortecina del alumbrado público, fue recorrida a grandes pasos por la diosa de la venganza que esta vez se escondió frente a mis ojos detrás de unos árboles que se situaban a veinte metros aproximadamente de distancia.
Una vez en la calle, el joven burlado busco otra vez sin esforzarse demasiado. Estuve a punto de comentarle:
- La turra está escondida en esos árboles.
Pero él no me preguntó nada. Empecé a dudar seriamente de mi existencia.
El muchacho se metió en el edificio. Yo no advertí que esta vez el no subió sino que se escondió en el palier. Un puma acechando a su presa.
Como un imán, cuyas ondas magnéticas no eran otra cosa que joder a quien le rompía el corazón, un modo patético de seguir estando cerca de su amor, al parecer irremediablemente perdido, volvió a tocar ¿a tocarlo?. Pero esta vez salió la fiera de su cubil gritando como un poseído:
- la concha de tu madre, te voy a matar!!
Saltó ella como una gacela Thompson y tomando altísima velocidad logró poner dos o tres metros de distancia del desorbitado joven. Se perdieron rápidamente por la calle perpendicular a la que correspondía al 155 que todavía se negaba a aparecer. El alboroto logró despabilar a un par de parroquianos del bar que salieron a la puerta y también a un par de peatones que venían en sentido inverso a la carrera de los ex – amantes que se dieron vuelta para ver las alternativas generadas por el drama que ahora se desarrollaba a gran velocidad.
Dado que no se escucharon gritos ni golpes, supuse que estarían orillando los límites de la ciudad.
Como un final cinematográfico, se acercaba a unas tres o cuatro cuadras mi 155. Se me ocurrió pensar que todo esto fue montado por la empresa de transporte para entretenerme por la larga espera, que en realidad no había superado los veinte minutos. Cuando ya estaba a media cuadra, cual no sería mi asombro, cuando regresa con la cabeza gacha y cansado el joven pelado quien penetra en su departamento. Y cuando yo estiraba la mano para subir la escalerilla que me rescataba de la inexistencia a la que me habían condenado, aparece ella que tal vez, porque nunca pude saberlo ya que mi transporte se puso raudo en marcha, se dirigía para lastimar suplicante, al objeto que alguna vez fuera de su amor.
Pero no, al llegar no había nada de eso. Solo se destacaba en la soledad una mujer joven, con aspecto de estudiante universitaria, que apoyada en el edificio que marcaba precisamente la esquina, parecía esperar a alguien, al lado del portero eléctrico. De tanto en tanto pasaba un auto.
Había un bar en otra de las esquinas. Con luces bajas parecía un sitio de aquellos tranquilos como para conversar de amor o recordar amores.
Así que ahí estábamos los dos a una distancia de unos tres metros, espalda contra espalda, yo mirando la calle y ella mirando la puerta vidriada del edificio, esperando. Yo el 155 y ella vaya a saber que.
Enseguida se develó el motivo de espera de la joven. Lo observé todo con el rabillo del ojo.
Era, naturalmente, un joven que bajó del ascensor y después de pasar la puerta de acceso del edificio se dirigió resueltamente hacia ella y tomándola de los hombros con ambas manos y mirándola fijamente con los ojos muy abiertos le susurraba con una expresión fría
algo que ella no alcanzó a contestar porque antes de que pudiera abrir la boca se dio media vuelta introduciéndose nuevamente en el edificio. Ahí se detuvo frente al ascensor y parecía que conversaba con una mujer mayor que no tengo idea de donde salió mientras ella atinaba a decir con voz un tanto alta, como para superar el obstáculo constituido por la puerta cerrada de vidrio:
- Vos sós el que tenés que cuidarte.
El pareció no escucharla y un instante después se sumergió en el ascensor.
Con un semblante de gran dignidad no bien terminó de desaparecer el desapacible Romeo dio media vuelta y desapareció en la obscuridad de la noche... para reaparecer antes de que transcurrieran cinco minutos, pero esta vez en el rostro, ahora pálido, se dibujaba cierta angustia que seguramente descargó en el timbre del portero. Enseguida se escuchó por el parlante: - Hola, hola, hola, hola, hola. Holas sin respuesta que no fuera el dedo implacable que solo cesó su presión cuando vió, siempre a través de la puerta de vidrio, que el ascensor iniciaba su recorrido descendente. Ahí, la vengativa Julieta, se dio a la fuga. Todos hemos, casi con seguridad, haber escuchado alguna vez la expresión “los de afuera son de palo”.
Porque estos dos sujetos vivían su drama sin reconocerme en absoluto. Con una impunidad total me pusieron en el lugar de “palo”. Fue así que el pelado (el joven era pelado) bajó y luego de una breve inspección que no excedió un diámetro de cinco metros volvió a meterse en su casa, por supuesto, sin hacerme el menor comentario ni preguntarme nada.
Para mi sorpresa, apareció la dama que desde algún escondite cercano había seguido los movimientos de quien hasta hace poco, seguramente, era coprotagonista suyo en el tierno y tal vez apasionado, altar del amor, con el dedo como una lanza dirigido directamente al ajetreado timbre. Que fue respondido otra vez con –Hola, hola, hola, hola. Holas monocordes y de furiosidad oculta que tampoco fueron respondidos.
Ahí fue donde tuve el impulso de decirle suavemente a ella:
- No, ya está, no sigas, el amor te espera seguramente en otra parte.
Claro que no lo hice. No quise exponerme a que ella me dijera con voz tal vez aflautada por la ira algo así como:
- Que mierda tenés que meterte, vejete. Vos no existís!!
De modo que cuando el ascensor empezó a descender ella tornó a retirarse pero esta vez hacia el campo visual mío ya que todo el tiempo solamente miraba hacia el lado casi opuesto, en realidad lateral, haciendo como que mi único interés era el 155 el cual se obstinaba en no venir. La calle que era arbolada y que ya estaba francamente obscura, si se hace abstracción de la iluminación mortecina del alumbrado público, fue recorrida a grandes pasos por la diosa de la venganza que esta vez se escondió frente a mis ojos detrás de unos árboles que se situaban a veinte metros aproximadamente de distancia.
Una vez en la calle, el joven burlado busco otra vez sin esforzarse demasiado. Estuve a punto de comentarle:
- La turra está escondida en esos árboles.
Pero él no me preguntó nada. Empecé a dudar seriamente de mi existencia.
El muchacho se metió en el edificio. Yo no advertí que esta vez el no subió sino que se escondió en el palier. Un puma acechando a su presa.
Como un imán, cuyas ondas magnéticas no eran otra cosa que joder a quien le rompía el corazón, un modo patético de seguir estando cerca de su amor, al parecer irremediablemente perdido, volvió a tocar ¿a tocarlo?. Pero esta vez salió la fiera de su cubil gritando como un poseído:
- la concha de tu madre, te voy a matar!!
Saltó ella como una gacela Thompson y tomando altísima velocidad logró poner dos o tres metros de distancia del desorbitado joven. Se perdieron rápidamente por la calle perpendicular a la que correspondía al 155 que todavía se negaba a aparecer. El alboroto logró despabilar a un par de parroquianos del bar que salieron a la puerta y también a un par de peatones que venían en sentido inverso a la carrera de los ex – amantes que se dieron vuelta para ver las alternativas generadas por el drama que ahora se desarrollaba a gran velocidad.
Dado que no se escucharon gritos ni golpes, supuse que estarían orillando los límites de la ciudad.
Como un final cinematográfico, se acercaba a unas tres o cuatro cuadras mi 155. Se me ocurrió pensar que todo esto fue montado por la empresa de transporte para entretenerme por la larga espera, que en realidad no había superado los veinte minutos. Cuando ya estaba a media cuadra, cual no sería mi asombro, cuando regresa con la cabeza gacha y cansado el joven pelado quien penetra en su departamento. Y cuando yo estiraba la mano para subir la escalerilla que me rescataba de la inexistencia a la que me habían condenado, aparece ella que tal vez, porque nunca pude saberlo ya que mi transporte se puso raudo en marcha, se dirigía para lastimar suplicante, al objeto que alguna vez fuera de su amor.
lunes
A LAS PIÑAS (Crónica)
¡Mirame!¡Mirame bien!¡Mirame bien a la cara! Así no te olvidás – le gritó y agregó – la próxima te mato.
El otro trató de mirarlo entre las rayas, en eso se habían convertido sus ojos, que se le cerraban cada vez más. Este tipo no jugaba, hablaba en serio. Por otra parte, le dolía todo el cuerpo. Sangraba por el pómulo y la nariz.
- Era el último – pensó el que gritaba. De cualquier modo, decidió que era mejor terminar definitivamente el asunto. Ya se sentía mas tranquilo.
Cuando comenzaba a pegar piñas ya no paraba. En una época decidió hacerse cana, por consejo del cura de la parroquia. Duró poco. Se le fue la mano con un chorro y puso en compromiso a un comisario por culpa de unos tipos de los Derechos Humanos; para colmo no se metía en los afanos, en los aprietes. El era derecho. Se dio cuenta que no servía para eso. Entonces consiguió un trabajo de colectivero. Le gustaba manejar y otro laburo no le cuadraba. Le gustaba el contacto con la gente. No hablaba pero escuchaba.
Esa noche fue intensa. Como veinte tipos se subieron al colectivo a la salida de la Fiesta de las Colectividades. Estaban sudados como caballos, y el olor a cerveza y vino barato podía voltear paredes. Hablaban y se reían a los gritos. Ninguno hizo siquiera un mínimo ademán de pagar el viaje. Uno de ellos encaró a la gente que estaba sentada en el final del colectivo y les ordenó con una cruel sonrisa en la boca:
- Fuera de nuestros asientos, mugrientos, no vaya a ser que nos sentemos encima de ustedes.
Pancho no dijo nada y arrancó el colectivo como si tal cosa. Los tipos estaban tan borrachos y tan entretenidos en molestar a los pasajeros que no se dieron cuenta que fueron derechos hasta la Jefatura de Policía. Cuando se espabilaron ya era tarde. Un montón de canas rodeaba el ómnibus y otros tantos hacían bajar a todos los pasajeros.
Los integrantes de la patota estaban atónitos. No podían creer lo que les había pasado.
Pancho decidió que ya era suficiente y después de firmar la declaración que le tomaron sacó el ómnibus de la jefatura y se fue a terminar el recorrido.
En esos dos meses Pancho no cambió su rutina. En la cabecera del recorrido ubicada en la periferia de la ciudad, al llegar la noche, había un carrito que expendía choripanes. El solía comer uno con un vaso de vino. Después fumaba y solía recordar sus tiempos de poli, cuando jóven y admiraba a los viejos que andaban en la pesada matando estudiantes. También sabía que torturaban y eso los hacía admirarlos mas, porque pensaba que para hacer eso había que ser muy duro. Esos zurditos de mierda se la merecían, nenes de papá que se hacían los machos. Si eran blanquitos del centro, eran. Es verdad que de vez en cuando caía algun laburante, a esos si les tenía un poco de lástima.
El que es un capo bárbaro, sin duda, es Fidel. ¡Que discurso se mandó aquí! Pensaba. En realidad no tenía la menor idea de que significaba la palabra zurdo. Sólo sabía que eran esos melenudos del centro que con seguridad se cogían las minitas de la facultad.
Cuando llegó esa noche a la cabecera con el colectivo ya vacío le pareció que algo raro pasaba: el carrito de los choripanes estaba con las luces apagadas. Y el flaco, el cuidador de todos los coches de la línea tampoco estaba.
Estacionó el suyo en el lugar de siempre y bajó.
Ahí fue cuando aparecieron los borrachos de la fiesta de las colectividades. Eran exactamente dieciocho y lo estaban esperando.
II
- Está abriendo los ojos, está abriendo los ojos – gritó la enfermera.
El médico se le acercó y le dijo:
-Hace tres días que lo pusieron a dormir. Principio de conmoción cerebral...
- No le escucho nada – dijo Pancho – hable mas fuerte.
- Que hace tres días lo pusieron a dormir y que tuvo conmoción cerebral – empezó casi gritando y continuó – tres costillas quebradas, el meñique de la mano izquierda también, casi pierde un ojo y por lo que veo también tiene el oído lesionado. Ya se lo vamos a revisar. Mejor no se mire al espejo por unos días. Se va a impresionar, tiene la cabeza y la cara hinchada por los golpes y está amoratada. Tuvo suerte de no perder algunos dientes.
Recordó entonces lo que le había pasado.
Escupidas, patadas, trompadas, lo revolearon de los pelos. Eso fue después que él, al verlos, les dijera:
- Hola putitos, se la vienen a cobrar como maricas, un montón contra uno solo, cagones de mierda...
Y ya no pudo continuar.
Tres meses estuvo enyesado y otros tantos de rehabilitación. Anduvo un tiempo más ayudándose con un bastón.
Por fin llegó el día en que pudo ir a reincorporarse al trabajo.
Pero aún lo esperaba una desagradable sorpresa: el capataz le dijo que había quedado cesante.
Intentó que le dieran una explicación pero fue en vano. Le dijeron vagamente que el era un tipo conflictivo.
Fue al sindicato donde lo atendió un tipo con cara de lagarto.
Que le dijo que lo lamentaba pero que no se podía hacer nada. El por un instante, le pareció que todo se ponía rojo. Pero se dio cuenta que le habían mandado un perejil y que no tenía ningún sentido agarrárselas con él.
Sin embargo de algún lado le salió:
- Escuchame boludo, me podés decir para que garpo la cuota del sindicato? Escuchame, decime, porque si no me vengo loco, quien es el hijo de puta que manda aquí. Decime el nombre y el apellido, donde vive. ¿Tiene auto? ¿Dónde se fue de vacaciones? – y continuó – no me vengas con que no sabés, alcahuete de mierda. Vos sos un idiota que por unas chirolas, sacas la cara por esos guachos.
El iguana se puso pálido pero resistió.
- No tiene porque insultarme – titubeó un poco y agregó – en todo caso haga una nota...
- Si, seguro, voy al baño y encuentro allí las notas de todos los giles como yo – se dio vuelta para irse. Cuando llegaba a la puerta volteó la cabeza y dijo – Alguna vez tendrán que pagar todas las perradas que nos hacen, tendrán – Y pegó un portazo que sonó como un tiro.
Decidió que la culpa la tenían esos zainos que lo habían fajado. Por culpa de ellos lo habían hechado. Porque tuvo que faltar como seis meses, tuvo.
III
No le resultó difícil, habiendo sido policía, averiguar los domicilios de los patoteros. Por suerte estaban bastante dispersos. Eran integrantes de una barra brava. Con gran paciencia estudio sus movimientos y cuando lo creyó conveniente los fue cagando a palos uno por uno.
Por cierto que se las cobró. No les tuvo piedad. Lo hizo con celeridad, en menos de una semana, para que no tuvieran tiempo de ponerse en sobreaviso.
Todo me lo contó en el hospital psiquiátrico donde lo había mandado un juez por propinarle una paliza a su concubina (él alegó que ella lo engañaba).
Le pregunté porqué se había tomado tantas molestias para vengarse. El sin inmutarse me dijo, en ese estilo cansino y tranquilo que tenía: – Sabe, la bronca no me dejaba dormir.
El otro trató de mirarlo entre las rayas, en eso se habían convertido sus ojos, que se le cerraban cada vez más. Este tipo no jugaba, hablaba en serio. Por otra parte, le dolía todo el cuerpo. Sangraba por el pómulo y la nariz.
- Era el último – pensó el que gritaba. De cualquier modo, decidió que era mejor terminar definitivamente el asunto. Ya se sentía mas tranquilo.
Cuando comenzaba a pegar piñas ya no paraba. En una época decidió hacerse cana, por consejo del cura de la parroquia. Duró poco. Se le fue la mano con un chorro y puso en compromiso a un comisario por culpa de unos tipos de los Derechos Humanos; para colmo no se metía en los afanos, en los aprietes. El era derecho. Se dio cuenta que no servía para eso. Entonces consiguió un trabajo de colectivero. Le gustaba manejar y otro laburo no le cuadraba. Le gustaba el contacto con la gente. No hablaba pero escuchaba.
Esa noche fue intensa. Como veinte tipos se subieron al colectivo a la salida de la Fiesta de las Colectividades. Estaban sudados como caballos, y el olor a cerveza y vino barato podía voltear paredes. Hablaban y se reían a los gritos. Ninguno hizo siquiera un mínimo ademán de pagar el viaje. Uno de ellos encaró a la gente que estaba sentada en el final del colectivo y les ordenó con una cruel sonrisa en la boca:
- Fuera de nuestros asientos, mugrientos, no vaya a ser que nos sentemos encima de ustedes.
Pancho no dijo nada y arrancó el colectivo como si tal cosa. Los tipos estaban tan borrachos y tan entretenidos en molestar a los pasajeros que no se dieron cuenta que fueron derechos hasta la Jefatura de Policía. Cuando se espabilaron ya era tarde. Un montón de canas rodeaba el ómnibus y otros tantos hacían bajar a todos los pasajeros.
Los integrantes de la patota estaban atónitos. No podían creer lo que les había pasado.
Pancho decidió que ya era suficiente y después de firmar la declaración que le tomaron sacó el ómnibus de la jefatura y se fue a terminar el recorrido.
En esos dos meses Pancho no cambió su rutina. En la cabecera del recorrido ubicada en la periferia de la ciudad, al llegar la noche, había un carrito que expendía choripanes. El solía comer uno con un vaso de vino. Después fumaba y solía recordar sus tiempos de poli, cuando jóven y admiraba a los viejos que andaban en la pesada matando estudiantes. También sabía que torturaban y eso los hacía admirarlos mas, porque pensaba que para hacer eso había que ser muy duro. Esos zurditos de mierda se la merecían, nenes de papá que se hacían los machos. Si eran blanquitos del centro, eran. Es verdad que de vez en cuando caía algun laburante, a esos si les tenía un poco de lástima.
El que es un capo bárbaro, sin duda, es Fidel. ¡Que discurso se mandó aquí! Pensaba. En realidad no tenía la menor idea de que significaba la palabra zurdo. Sólo sabía que eran esos melenudos del centro que con seguridad se cogían las minitas de la facultad.
Cuando llegó esa noche a la cabecera con el colectivo ya vacío le pareció que algo raro pasaba: el carrito de los choripanes estaba con las luces apagadas. Y el flaco, el cuidador de todos los coches de la línea tampoco estaba.
Estacionó el suyo en el lugar de siempre y bajó.
Ahí fue cuando aparecieron los borrachos de la fiesta de las colectividades. Eran exactamente dieciocho y lo estaban esperando.
II
- Está abriendo los ojos, está abriendo los ojos – gritó la enfermera.
El médico se le acercó y le dijo:
-Hace tres días que lo pusieron a dormir. Principio de conmoción cerebral...
- No le escucho nada – dijo Pancho – hable mas fuerte.
- Que hace tres días lo pusieron a dormir y que tuvo conmoción cerebral – empezó casi gritando y continuó – tres costillas quebradas, el meñique de la mano izquierda también, casi pierde un ojo y por lo que veo también tiene el oído lesionado. Ya se lo vamos a revisar. Mejor no se mire al espejo por unos días. Se va a impresionar, tiene la cabeza y la cara hinchada por los golpes y está amoratada. Tuvo suerte de no perder algunos dientes.
Recordó entonces lo que le había pasado.
Escupidas, patadas, trompadas, lo revolearon de los pelos. Eso fue después que él, al verlos, les dijera:
- Hola putitos, se la vienen a cobrar como maricas, un montón contra uno solo, cagones de mierda...
Y ya no pudo continuar.
Tres meses estuvo enyesado y otros tantos de rehabilitación. Anduvo un tiempo más ayudándose con un bastón.
Por fin llegó el día en que pudo ir a reincorporarse al trabajo.
Pero aún lo esperaba una desagradable sorpresa: el capataz le dijo que había quedado cesante.
Intentó que le dieran una explicación pero fue en vano. Le dijeron vagamente que el era un tipo conflictivo.
Fue al sindicato donde lo atendió un tipo con cara de lagarto.
Que le dijo que lo lamentaba pero que no se podía hacer nada. El por un instante, le pareció que todo se ponía rojo. Pero se dio cuenta que le habían mandado un perejil y que no tenía ningún sentido agarrárselas con él.
Sin embargo de algún lado le salió:
- Escuchame boludo, me podés decir para que garpo la cuota del sindicato? Escuchame, decime, porque si no me vengo loco, quien es el hijo de puta que manda aquí. Decime el nombre y el apellido, donde vive. ¿Tiene auto? ¿Dónde se fue de vacaciones? – y continuó – no me vengas con que no sabés, alcahuete de mierda. Vos sos un idiota que por unas chirolas, sacas la cara por esos guachos.
El iguana se puso pálido pero resistió.
- No tiene porque insultarme – titubeó un poco y agregó – en todo caso haga una nota...
- Si, seguro, voy al baño y encuentro allí las notas de todos los giles como yo – se dio vuelta para irse. Cuando llegaba a la puerta volteó la cabeza y dijo – Alguna vez tendrán que pagar todas las perradas que nos hacen, tendrán – Y pegó un portazo que sonó como un tiro.
Decidió que la culpa la tenían esos zainos que lo habían fajado. Por culpa de ellos lo habían hechado. Porque tuvo que faltar como seis meses, tuvo.
III
No le resultó difícil, habiendo sido policía, averiguar los domicilios de los patoteros. Por suerte estaban bastante dispersos. Eran integrantes de una barra brava. Con gran paciencia estudio sus movimientos y cuando lo creyó conveniente los fue cagando a palos uno por uno.
Por cierto que se las cobró. No les tuvo piedad. Lo hizo con celeridad, en menos de una semana, para que no tuvieran tiempo de ponerse en sobreaviso.
Todo me lo contó en el hospital psiquiátrico donde lo había mandado un juez por propinarle una paliza a su concubina (él alegó que ella lo engañaba).
Le pregunté porqué se había tomado tantas molestias para vengarse. El sin inmutarse me dijo, en ese estilo cansino y tranquilo que tenía: – Sabe, la bronca no me dejaba dormir.
LA TERRAZA (Recuerdo infantil)
No recuerdo cual cumpleaños era. Tal vez el de los nueve o el de los diez años. Hacía mucho tiempo que ansiaba una pelota de fútbol número cinco. La que usaban los grandes, los jugadores de fútbol de verdad, esos que salían en las figuritas. De cuero, sin tientos.
Le pedí a mi papá, sin mucha esperanza, que me comprara una para ese cumpleaños.
Para mi asombro e infinita alegría accedió y me dio el dinero necesario. Creo que me salieron alas rumbo a la casa de deportes que las vendía y volví a toda velocidad a mi departamento del tercer piso abrazando a esa cosa redonda y olorosa. Como ya lo había aprendido cien veces en discusiones sobre que era lo mejor, si ponerle grasa o pomada y pasarle el cepillo, hice lo que parecía superlativo: primero le pasé grasa que saqué de unas costeletas, luego la unté con pomada, la cepillé y le dí y le dí con la franela hasta que estuvo reluciente.
Ahí estaba. Que me la compararan con el santo grial si querían. Era el resumen absoluto de lo deseado. Años después al leer el Alhep de Borges, cuando describe esa circunferencia en la que estaba el alfa y el omega de todo, de todo, todo, se me ocurrió que yo lo había tenido en forma de pelota de fútbol.
Fui a buscar a Aldo, mi compañero de juegos, que vivía en el mismo piso que yo. Como quién exhibe una joya le mostré mi tesoro. Y por supuesto lo invité a jugar con ella en la terraza. Terraza que era el remate de los cinco pisos de departamentos y el centro de reunión de los chicos de ese edificio. Que mágicamente mutaba de cancha de fútbol con pelota de trapo a cancha de rayuela o a pista de carreras de autitos rellenos con masilla. Subimos en el ascensor con la unción de quiénes van a tomar la primera comunión mientras mi amigo apoyaba su mano en la pelota que sostenía yo con todas mi fuerzas.
Pasamos la puerta de entrada a la terraza. Era una mañana fresca y soleada. El sol brillaba intensamente.
Vos atajás – le ordené y continué – te voy a tirar un penal. Él, sumiso, se puso en el improvisado arco constituido por una pared y un pulóver marcando el otro poste virtual. Conté doce pasos y apoyé temblorosamente la pelota en el suelo. Tomé carrera y con la zurda patié por única vez al maravilloso regalo de mi padre. Por única vez porque la pelota se elevó por encima de la mansarda que daba a la calles Entre Ríos y Urquiza, por un instante reflejó el sol recortada en el azul del cielo, y luego desapareció tragada por la ciudad.
Bajamos a toda velocidad y perdí la noción del tiempo que utilicé para encontrarla. Tampoco podría recordar a cuantas personas que me miraban atónitas les pregunté si no habían visto una pelota que bajó del cielo.
Volví a casa desconsolado. Una sola vez la había pateado. Una sola. No se lo mencioné a mi padre. Sé que había sido un esfuerzo para él.
Muchas veces me pregunté quién se la habría encontrado. ¿Un chico?¿Un grande que sorprendió a su hijo, pensando que los milagros existen?
O quién sabe, capaz que un ángel se la llevó y desde entonces juegan al fútbol esperando que vaya y me pregunten ¿querés entrar?
Le pedí a mi papá, sin mucha esperanza, que me comprara una para ese cumpleaños.
Para mi asombro e infinita alegría accedió y me dio el dinero necesario. Creo que me salieron alas rumbo a la casa de deportes que las vendía y volví a toda velocidad a mi departamento del tercer piso abrazando a esa cosa redonda y olorosa. Como ya lo había aprendido cien veces en discusiones sobre que era lo mejor, si ponerle grasa o pomada y pasarle el cepillo, hice lo que parecía superlativo: primero le pasé grasa que saqué de unas costeletas, luego la unté con pomada, la cepillé y le dí y le dí con la franela hasta que estuvo reluciente.
Ahí estaba. Que me la compararan con el santo grial si querían. Era el resumen absoluto de lo deseado. Años después al leer el Alhep de Borges, cuando describe esa circunferencia en la que estaba el alfa y el omega de todo, de todo, todo, se me ocurrió que yo lo había tenido en forma de pelota de fútbol.
Fui a buscar a Aldo, mi compañero de juegos, que vivía en el mismo piso que yo. Como quién exhibe una joya le mostré mi tesoro. Y por supuesto lo invité a jugar con ella en la terraza. Terraza que era el remate de los cinco pisos de departamentos y el centro de reunión de los chicos de ese edificio. Que mágicamente mutaba de cancha de fútbol con pelota de trapo a cancha de rayuela o a pista de carreras de autitos rellenos con masilla. Subimos en el ascensor con la unción de quiénes van a tomar la primera comunión mientras mi amigo apoyaba su mano en la pelota que sostenía yo con todas mi fuerzas.
Pasamos la puerta de entrada a la terraza. Era una mañana fresca y soleada. El sol brillaba intensamente.
Vos atajás – le ordené y continué – te voy a tirar un penal. Él, sumiso, se puso en el improvisado arco constituido por una pared y un pulóver marcando el otro poste virtual. Conté doce pasos y apoyé temblorosamente la pelota en el suelo. Tomé carrera y con la zurda patié por única vez al maravilloso regalo de mi padre. Por única vez porque la pelota se elevó por encima de la mansarda que daba a la calles Entre Ríos y Urquiza, por un instante reflejó el sol recortada en el azul del cielo, y luego desapareció tragada por la ciudad.
Bajamos a toda velocidad y perdí la noción del tiempo que utilicé para encontrarla. Tampoco podría recordar a cuantas personas que me miraban atónitas les pregunté si no habían visto una pelota que bajó del cielo.
Volví a casa desconsolado. Una sola vez la había pateado. Una sola. No se lo mencioné a mi padre. Sé que había sido un esfuerzo para él.
Muchas veces me pregunté quién se la habría encontrado. ¿Un chico?¿Un grande que sorprendió a su hijo, pensando que los milagros existen?
O quién sabe, capaz que un ángel se la llevó y desde entonces juegan al fútbol esperando que vaya y me pregunten ¿querés entrar?
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