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Hace 20 años que escribo y tengo publicada una novela corta

TAL VEZ CONVENDRÍA...

...aclarar cual es el propósito de este blog. Hace mucho tiempo que vengo con la idea de publicar,vaya a saber porque, un montón de cuentos, relatos, casi crónicas (algunas de ellas).Si desmenuzamos el "vaya a saber porqué", o al menos lo intento, tropezaré con algunas ideas vagas, como narcisismo, exhibicionismo, que se yo, dejarles a mis hijos algunos divagues...
Entonces mi cuñado me mostró el blog de un amigo y me dije: Bárbaro, con esto me alcanza y de paso por ahí gente que quiero y otras que no conozco lean algunas cosas de estas y al menos les resulte entretenido. Ojalá.

Sentate y ponete a leer

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¿Estás cómodo?

jueves

1492 (Crónica de un avistamiento)



Nosferatu el vampiro, en la memorable versión cinematográfica de Herzog, ansiaba morir. Deseaba concluir de una vez con el espantoso tedio producto de siglos de existencia, en la que nada podía sorprenderlo. La repetición interminable de la conducta humana, la exacta previsibilidad de lo por acaecer, el conocimiento indubitable, anticipado, de la respuesta o de cualquier comportamiento de los interlocutores, fruto de la experiencia de su vida inmortal, terminaron con su deseo, con cualquier deseo.

Aún los acontecimientos extraordinarios en las vidas singulares como tener hijos, enamorarse, pelear en una guerra, ganar la lotería, no dejan de ser cotidianos para la especie. De ahí que muchos pensadores postulen que en el fondo la existencia carece de todo sentido. Salvo para los creyentes que constituyen su sentido a través de la posible ilusión, nadie ha podido dar respuesta a la vieja pregunta: ¿ De donde venimos? ¿ qué somos? ¿ adonde vamos? . Incluso hay quienes responden: a ninguna parte.

A mi parecer, casi no ha habido  acontecimientos realmente extraordinarios para la especie, que son los que producen cambios abisales en ella. Mas bien, los datos que los conocimientos humanos van produciendo son deprimentes. Freud describe tres injurias narcisísticas: la tierra no era finalmente el centro del Universo, los hombres no son mas que animales hablantes y ni siquiera manejan libremente su psiquismo ya que este es determinado por el inconsciente.

Aparte de las revoluciones que hasta ahora han sido solo destellos llenos de esperanza para la especie y que como sabemos, aún cuando producen algunos avances han quedado lejísimas de sus iniciales aspiraciones, 1492, el descubrimiento de América, parece ser uno de los muy pocos acontecimientos que llenan de maravilla a la especie. Que podía figurarse un europeo o un inca que del otro lado del mar inmenso, que además suponían plano, existían culturas tan diferentes. Que habrá transcurrido por la cabeza de un aborigen de estas tierras cuando vio las carabelas, a esos hombres de armaduras y  mosquetes. Y mas allá de la avaricia por el oro, ¿ que le habrá transcurrido a un español cuando vieron esas magníficas construcciones realizadas por aztecas, mayas e Incas ?.

Estas reflexiones vienen a cuento porque junto con mi mujer y un amigo, el 9 de enero de este año 1997, tuve el inmenso privilegio de vivir un acontecimiento muy cercano a 1492. Un acontecimiento que abre un prodigio de posibilidad y que destruyó en un santiamén mi inclinación marcadamente escéptica, racionalista, en el fondo positivista, que hubiera conmovido al mismo Nosferatu. Aclaro que digo posibilidad. No afirmo ninguna cuestión mística ni religiosa. Sigo siendo tan y tal vez mas marcadamente agnóstico. Solo digo: ahora todo es posible.

Debo recalcar que hasta que el acontecimiento que voy a relatar sucedió, era absolutamente escéptico y que me acompañaban en el escepticismo mi mujer y mi amigo. Me refiero a un escepticismo casi radical en relación al fenómeno que vivimos. Y este fenómeno que vivimos fue el avistamiento de un OVNI.

Ricardo Camogli y yo estábamos sentados en sendas reposeras en el parque de la casa que habito en Los Cocos,  en las sierras de Córdoba. Mas exactamente a unos ocho kilómetros al Sur del famoso Cerro Uritorco. Este parque está situado en una ladera de la cadena montañosa que contornea al valle de Punilla. Desde esta ladera se tiene una vista hacia el oeste que da al valle desde donde se observa la población de Dolores y como telón de fondo, el otro marco del valle, las sierras de Caniputo.

Sobre esta sierra, en el momento del avistamiento, aún se conservaba una franja naranja que se disolvía en un celeste claro que a su vez se tornaba mas obscuro en la medida que mirábamos hacia arriba. Era ese el marco que disfrutábamos cuando sucedió: una bola de fuego, como un sol pequeño, insólitamente emergió verticalmente de la sierra que teníamos enfrente, casi diría  con cierta manera dubitativa, hasta quedar detenido a unos 1.200 mts. de altura, a unos 45º de donde nos hallábamos.

Estupefacto me di cuenta inmediatamente que se trataba de uno de los famosos OVNIS. Mi mujer estaba recostada en el dormitorio de la casa (padecía un cólico) a espaldas nuestras, razón por la cual la llamé a los gritos advirtiéndola de lo que sucedía, pidiéndole también que me alcanzara  los binoculares, cosa que hizo con cierta morosidad y después de verificar por la ventana que no le estábamos gastando una broma según confesó después.

Cuando enfoqué los largavistas, vi lo mismo pero obviamente mas grande, solo que esta vez vi un punto rojo que se destacaba brillantemente en esa masa ígnea. Y aquí comienza lo mas espectacular: casi al tiempo que enfoco  ese objeto me da la sensación que se eleva quedando solamente ese punto rojo. Le digo a Camogli: se está yendo. Y el me contesta en un mar de serenidad: - No, está ahí. Es esa mancha negra -. Bajo los binoculares y observo que efectivamente donde había estado el objeto llameante hay una mancha negra.....que se pone en movimiento directamente hacia nosotros. A medida que se acercaba, lógicamente, se  agrandaba. Por un instante me entusiasmó la idea que viniera hacia nosotros, pero cuando la cercanía se hizo presente a unos 200 mts. y ya era del tamaño de una pelota de rugby o tal vez aún mayor, entre en un breve pánico que me hizo retroceder un paso preludiando una fuga mientras le decía a mi mujer y a Camogli - se nos viene, se nos viene - a lo que Camogli respondió alegremente: - en efecto, te viene a buscar por mirarlo con el largavistas -. En ese momento, y con el considerable alivio para mi (Camogli y mi mujer estaban en el mejor de los mundos, al menos eso me pareció), el objeto, la mancha, hace un giro,  siempre bajando, traza una elipse, a 45º, desviando el curso, lo cual me permitió enfocarlo nuevamente con los binoculares. En rápida sucesión veo dos cosas: En la mancha negra nítidamente se destacaba el punto rojo, como una luz de posición, como la luz de una antena pero muy intenso y al terminar el viraje, es decir cuando nos da la espalda, claramente veo un platillo volador: como dos sombreros chino unidos por su base. Dos conos metálicos de base ancha opuestos y pegados. Tal como los he visto en fotos que hasta ese momento me parecieron siempre falsas.

Esta experiencia  abre para mí graves interrogantes: ¿ cuales son los límites, las posibilidades de la experiencia humana? ¿todo es transmisible? . Y el problema de la credibilidad.

En efecto, yo y quienes me acompañaban  hicimos un avistaje, diría espectacular, de un OVNI. Bien puesto el nombre de OVNI: objeto volador no identificado. Sin embargo ninguno de los tres e insisto una vez mas que los tres tenemos una formación racionalista, europea (en el sentido contemporáneo), al menos agnóstica, sin la menor inclinación mística, dudamos de que: 1) era un artefacto, una máquina, diríamos con cualidades antropomórficas y 2) tenía intencionalidad, es decir navegaba, orientó su curso. Todo lo contrario a un fenómeno natural: se elevó, se detuvo quedando inmóvil, de llameante tornó a mancha negra, planeó, desvió su curso de colisión con nosotros, es decir hizo un viraje, y todo el tiempo, salvo cuando se alejó de “espaldas” se observó  una luz roja como de posición. Además cuando terminó el viraje se vio claramente que necesitó (quien manejaba el aparato) estabilizar el vuelo como suele suceder con los aviones (yo tengo hecho el curso de piloto civil) produciendo un movimiento oscilante propio de esa maniobra.

Por supuesto, no tenemos idea de quién tripulaba la máquina, en el caso que fuera tripulado. Cabe la posibilidad de que haya sido dirigido por control remoto. No vimos ventanas. Lo que nos consta es estrictamente lo relatado. Lo demás es pura especulación.

Pero vamos a las preguntas que me formulo. Cuando relato esta experiencia suelo observar en mis ocasionales interlocutores, no siempre, una sombra de duda. Muy probablemente, antes de que me sucediera, si alguien me hubiera comunicado semejante experiencia, me hubiera pasado lo mismo. Es decir, no lo reprocho. En general, ante un fenómeno extraordinario, no habitual, si no lo experienciamos por nosotros mismos, nos cuesta mucho creer. Soy muy consiente del alcance de esta afirmación. ! Cuantas cosas no las creemos porque no las vemos!

Y una vuelta mas de tuerca: supongamos que a mi o otro observador le hubiera pasado lo mismo, pero en vez de desviar su curso hubieran llegado hasta donde estábamos nosotros. Supongamos que hubieran descendido seres extraterrestres. Supongamos que se hubieran comunicado con nosotros o con ese otro hipotético observador, si nosotros o ese sujeto lo relatara, ¿Quién le creería?. La pregunta entonces es, después de lo que nos pasó: ¿cuál es el límite para creer?

Esto es todo un tema, al menos para mí. De cualquier forma debo confesar mi sensación subjetiva: siento haber vivido una experiencia tipo 1492. Vi una carabela. ¿Seremos esta vez nosotros los aborígenes, los Incas, los aztecas?. No es una especulación descabellada. Si el artefacto estuviera controlado efectivamente por alienígenas, dándome esa impresión de aparato antropomórfico, humano, algo de lo que postuló Jung en su teoría de los arquetipos (la forma, en el sentido de paterns, es universal) sería al menos aproximada a la verdad. Y si el artefacto en cuestión fuera controlado por seres extraterrestres, no se puede dudar que al menos tecnológicamente están extraordinariamente avanzados.

Una última digresión: Que yo sepa desde hace muchos años se vienen sucediendo los avistajes. ¿ Por que no hacen contacto ?. O son secretos militares de potencias terrestres o son extraterrestres. Y si fueran estos últimos, si yo fuera ellos y hubiera observado Hiroshima, Nagasaki, las ciudades europeas destruidas por los terribles y masivos bombardeos, Vietnam, etc, pensaría: Esta gente es peligrosa, mejor no acercarse.

LO SUYO ESTÁ AL SALIR (Cuento)


Retumbó la pesada puerta al cerrarse tras su espalda. Sus pies adivinaron, en la penumbra, una gruesa alfombra que amortiguaba el ruido de sus pasos encaminados hacia el único escritorio, donde una mujer muy blanca y rubia, de pelo recogido en la nuca y aire severo, era iluminada por una luz mortecina, que resaltaba aun más el enorme salón, ya que no se distinguían paredes ni techos.

-Vengo por el numero de mi expediente- dijo con una voz que no reconoció como suya. Sin levantar la vista, la mujer extendió su brazo señalándole  con el índice, que parecía mas una estalactita que un dedo, un banco de mármol. Sintió el contacto frío al sentarse.

Fue ahí cuando lo vio. Al encender un cigarrillo, la llama del fósforo había iluminado débilmente lo que aparentaba ser un bulto, una sombra y que fue convirtiéndose poco a poco en un hombre sentado, en un banco similar al que él ocupaba al lado de la puerta. Su edad era indefinida. Sus acuosos ojos estaban abiertos en una extraña mezcla de tristeza, indiferencia y desconsuelo. La palabra desesperanza, seria la más exacta. El pelo canoso cubría sus hombros y se deslizaba sobre el banco hacia el suelo. La barba enmarañada tapaba su pecho y también llegaba a la alfombra. Todo en él era cansancio y quietud.

A medida que se iba acostumbrando a la oscuridad, descubría mas detalles y con cada cigarrillo prendido veía aún más. Así, no se sorprendió demasiado por las larguísimas uñas, ni por el polvo que lo recubría. Aunque si se alarmó cuando advirtió que el hombre estaba unido a la pared y al banco por una profusa cantidad de telarañas en donde, naturalmente, arañas de distintos tamaños acechaban a sus presas. Siempre sintió una especial repulsión por esos bichos que le resultaban particularmente asquerosos.

Había perdido la cuenta del tiempo transcurrido. Alguna idea tenía por la cantidad de cigarrillos fumados. Además se había dormido varias veces y percibía ahora, con angustia que el tiempo pasaba de un modo extraño en ese lugar. En realidad ya no sabia si era de día o de noche. ¿Habrían pasado horas o días? ¿Por que no meses, tal vez años? se preguntó con pavura. Y ese hombre sentado allí. Sin moverse, sin hablar y la mujer impertérrita en su escritorio que no cesaba de escribir.

Y la puerta se abrió. Una silueta se recortó en la luz encegueciéndolo, y al aproximarse al hombre de edad indefinida le dijo:
- Lo suyo esta al salir.
Algo como un cloqueo, como un sonido gutural, salió de la garganta del hombre acompañando un estremecimiento de todo su cuerpo. La silueta se disolvió en la luz y la puerta volvió a cerrarse casi silenciosamente.

Todo tornó a su estado anterior.

El tiempo parecía marcarse solo por los periódicos momentos de breve luz producido por los fósforos de los cigarrillos que encendía. Se hundió en un sopor, del que despertó sobresaltado. Entonces se decidió y levantándose no sin esfuerzo, encaró hacia el escritorio y con un tono que no disimulaba su impaciencia, espetó;
 - Señora, falta mucho para que me atiendan?

La dama del rodete clavó sus ojos en él y con un tono que denotaba solo un  fastidio inmisericorde le dijo con algo de autoritarismo, al tiempo que señalaba al hombre de edad indefinida:
 - El señor esta primero, cuando terminemos con él, entonces será su turno.


MARÍA (Crónica)


A las cinco de la tarde, casi puntualmente, María abría los postigos de su habitación pulcramente ordenada, con los pisos de madera lustrados, que daba a un patio lleno de plantas. En un Winco, hacía girar el disco más triste que se pudiera imaginar. En el altillo hasta donde  llegaba la música, Alcides  dejaba el mate o la ginebra y suavemente, pero de  modo imperativo, me decía:
- Vamos a consolar a María.
Así que bajábamos al  patio sobre el que se alineaban los cuartos en los que vivían algunos actores de teatro,  algunos revolucionarios ,  María, y yo que, por entonces,  ya me hacía las preguntas que no tienen respuesta.
María, que según me había contado Alcides, tenía cinco intentos de suicidio, estaba como siempre, sentada en la punta de la cama, con su habitual vestido negro en forma  de túnica,  su pelo renegrido, sus ojos negros, sus  gruesas cejas también negras, mirando al infinito, mientras silenciosamente rodaban por sus mejillas lágrimas que parecían no cesar nunca.
Era la imagen de la tristeza.
Alcides y yo tomábamos ubicación, uno a cada lado de María y con la penosa música como  telón de fondo,  en  diálogos que tenían el tono de una confesión, procurábamos rebatir las contundentes afirmaciones de María, que muy quedo, en un hilito de voz, sostenía la absurdidad de la existencia, la precariedad dolorosa del amor, el sinsentido de la vida.
Repetimos ese rito  incontables veces. En parte porque la queríamos y en parte porque nos aterrorizaba la posibilidad de encontrarla, alguna tarde, en el único baño de la casa, con las venas cortadas.
Un buen día María se fue. Y al tiempo yo también decidí rumbear para otro lado.
Dos años después me encontré en la calle con Eny, que por entonces se había convertido en la suegra de Alcides. Eny siempre había funcionado como una especie de madre de todos los que vivíamos en esa suerte de pensión con  algo  de magia. Me contó  indignada que María había desperdiciado  la oportunidad de su vida: había conocido en Buenos Aires a un diplomático  que se había enamorado perdidamente de ella y  le había propuesto matrimonio para que lo acompañara a Egipto, donde cumplía sus funciones. De modo que María, que había aceptado el convite, volvió a Rosario para arreglar sus cosas. Pero en el tren  conoció a un plomero que le arrebató el corazón, por lo que dejó al diplomático esperándola para siempre, y se unió, cura mediante,  con el esforzado trabajador de los caños.
Me separé de Eny dándole la razón y pensando  que nunca iban a terminar las desventuras de María.
Aquí abro un paréntesis en esta historia. Sucede que me caso, tengo hijos. Es decir pasan los años. Y como suele suceder, un buen día, se me rompe un caño en la cocina y llamo a un plomero que me recomienda un vecino.
Mientras el hombre reparaba el caño yo me quedé en la cocina charlando animadamente con la que entonces era mi mujer, casi olvidado de su presencia. El hombre que  trabajaba bajo la mesada, casi sin hacer ruido, y que sin duda ha estado escuchándonos,  interrumpe en un momento su trabajo y me dice:
- No me diga que usted es Nicanor, el amigo de Alcides  Atónito comprendo rápidamente la situación  y le contesto:
-No me diga que usted es el esposo de María.
- Sí, soy el esposo de María – me responde.
- ¿Y como está ella? – le pregunto.
El plomero con una gran sonrisa dice:
- Bárbara, un poco  gorda, eso sí, es que  tenemos cinco hijos...Y siempre tan alegre, usted la conoce,  se ríe todo el tiempo.




LA COVACHA (Crónica)



Todas las noches me pasaba lo mismo. Nunca supe la hora, pero sucedía, me parece, alrededor de las tres o cuatro de la mañana cuando todos dormían. Me despertaba y sentía crujir el piso (era de madera) como si fueran pasos que comenzaban en la puerta de entrada, cruzaban el hall, el living, todo el pasillo de acceso a los dormitorios, entraban en el mío y se detenían al borde de mi cama. Ahí me parecía que me desmayaba de terror y despertaba al día siguiente comprobando que por suerte no me había sucedido nada.
Por supuesto, no se lo contaba a nadie. Me daba pánico que no me creyeran o que me dijeran que era mi imaginación. Y sobre todo que mis hermanos mayores me satirizaran burlándose como suelen hacerlo los hermanos de doce y trece años con uno de ocho.
Antes de dormirme, yo rezaba pidiéndole a Dios me librara de todo mal, incluyendo el que  me torturaba al promediar mi sueño, pero fatalmente abría los ojos en la obscuridad para oír el cric, cric que se acercaba cada vez más.
Una mañana, al despertar con el alivio que es de suponer, concluí que efectivamente debía ser producto de mi fantasía. Y me hice el firme propósito de enfrentar esos ruidos levantándome de la cama, decidiendo también que iría hasta la puerta de entrada prendiendo las luces, y que incluso abriría la puerta que más temía: la de la covacha. Así le decíamos en mi casa a un cuartito que estaba pegado a la cocina  y que mediría dos metros por dos metros, sin ninguna ventana y que servía para guardar los trastos de limpieza y todas esas cosas que nunca se tiran pero tampoco se recuperan.
Esa noche, como todas las noches desde hacía ya mucho tiempo, me desperté, sintiendo como siempre, las temibles pisadas. Me levanté y prendiendo las luces fui hasta la puerta de entrada. No contento con eso determiné revisar el resto de la casa. Hasta que llegué a la puerta de la covacha.



Primer final


Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz. Adentro, claro, solo estaban las cosas que tenían que estar. Y me fui feliz a seguir durmiendo. Me dio resultado, nunca más me desperté muerto de terror.
Pienso, ahora pienso, que la covacha era la metáfora de por lo menos dos cosas: una, cualquier psicoanalista mas o menos avezado ya lo adivina, representación del inconsciente, es decir depósito de las abominaciones que todos los humanos, mas o menos,  guardamos  en ese lugar y otra, muy dolorosa por cierto, la intuición de todos los males que me esperaban en la vida, incluidos los males que no me afectarían de modo directo pero que igualmente llenarían mi alma de melancolía, como sin ir más lejos, todos los mártires generados por la bestialidad humana.


Segundo final:

Con el corazón latiéndome a toda velocidad abrí la espantosa puerta y prendí su luz.  Ahí estaba sentado en el suelo un dragón. Me miró sorprendido pero no dijo nada.
Tomé una pastilla de Gamexane y unos fósforos de un estante y la prendí. Después cerré la puerta cuidadosamente y pude ver que salía algo de humo por debajo de ella. Quizás sentí que tosían.  Desde entonces duermo como un lirón.

Rosario, agosto de 2004.


martes

LA PIEL DE MATILDA (Crónica)



El día que encontraron a Matilda en el cuarto del viejo, pero distinguido hotel, en donde se alojaba, gracias a la caridad de la dueña, quedó grabado tal vez para siempre, poblando seguramente los sueños de quienes entraron en él. Estaba acostada en la cama, sola como nunca, con los ojos enormes abiertos para siempre, con su tapado de piel puesto a pesar del calor infernal y rodeada por una multitud de gatos que andaban por toda la habitación, por encima de su cuerpo inerte. Sucedía que algún fenómeno de la muerte o la coreografía o vaya a saber que, habían producido en su rostro una metamorfosis gatuna. No era un espectáculo desagradable, sino más bien extraño. Cualquiera podía reconocer su rostro, estaba conservado sin duda, pero también parecía la cara de un gato.

La velaron en la casa de tía Mercedes, su amiga del alma. A todos nos pareció que desde las terrazas aledañas se escuchaban maullidos y llantos felinos de una manera inusitada. Cuando la enterramos, el cementerio rebosaba de gatos también.

Esa noche fuimos a acompañar a tía Mercedes a su casa. Inevitablemente, recordábamos a Matilda. Cuantas noches habrían repiqueteado sus tacos por las calles de la ciudad buscando sus gatitos para darles de comer. Esa era tal vez, su actividad principal. Recorría restaurantes y casas de amigas recolectando comida para ofrecérsela a sus pequeños protegidos. Al sigiloso paso de ella salían al encuentro multitudes peludas pidiendo plañideramente su alimento. Siempre con su tapado de piel, en invierno y verano. Aún cuando el calor fuera insoportable. De su boca grande, que enmarcaba una dentadura sobresaliente, emitía llamados para los felinos – Mishi, mishi – que repetía como en un susurro. Rostro singular el de Matilda, parecía que boca, dientes y ojos no le cabían en la cara pequeña y flaca.. A veces, cuando encontraba una camada huérfana no podía resistir adoptarlos. Esto le ocasionaba no pocos problemas en el hotel donde le tenían prohibido llevar los animalejos. Sucedía en ocasiones que los pequeñuelos escapaban de su cuarto. Una noche, ya tarde, cuando volvía de su habitual recorrida tuvo que ponerse en cuatro patas para rescatar a dos de sus protegidos de una habitación en donde dormían plácidamente una pareja de pasajeros. Sin duda había sido muy friolenta y esa costumbre de ella de no sacarse nunca su tapado, que uno de los hijos de tía Mercedes juraba que si se lo examinaba de cerca parecía estar confeccionado con pieles de gato, le dio pié a mi padre para jugarle una broma a mi madre: en una sobremesa hojeando el diario, un mediodía sofocante de enero, exclamó – que horror, negra, que horror, un individuo enloquecido por el calor la ha matado a Matilda a puñaladas porque no soportó verla con su tapado de piel -. Mi madre que era muy crédula dijo – Ah!, que espanto, no puede ser, pobre Matilda -. Mi padre volvió a la carga diciendo – bueno negra, hay que entender al pobre tipo, es imposible soportar la visión  de alguien con  semejante abrigo en estos días, con este insoportable calor -. Mis hermanos y yo pescamos al vuelo la maligna  intención de mi padre y nos sumamos a su argumentación con razonamientos desopilantes. Por ejemplo agregamos con aire de indignación – Si, y ni siquiera transpiraba – lo cual era rigurosamente cierto.
Matilda era sostenida por un barón europeo, aunque al decir despreciativo de mi tía Mercedes, de la “noblesse nouvelle”. Solía concurrir con mucha frecuencia a la casa de la tía Mercedes, donde seguramente encontraba un poco su hogar. Juntas, por cierto período, habían tenido un programa de radio donde comentaban los acontecimientos sociales de la ciudad. Se las podía escuchar decir por ejemplo, - “Mariana (ellas se cambiaron los nombres para el programa) te cuento que la madrina estaba monísima con un vestido largo de raso que seguramente le habrá hecho Mdme Monette” y la otra contestaba –“Sí Amalia y me dijeron que la comida que sirvió El Cifré era exquisita”-. Precursoras del chivo. En una oportunidad, Matilda hizo el siguiente comentario: -“Mariana, he visto en el diario un artículo necrológico precioso, lo he recortado para aplicarlo cuando se muera, por ejemplo, el Dr. Llambí”.
Pero mas allá de estas peculiaridades, Matilda tenía un roce con el mas allá. Había quien aseguraba que era clarividente. También, y esto con seguridad, tiraba las cartas, según decían, con singular certeza.  A mí, cuando era chico, me producía una sensación extraña, no de rechazo, pero sí de cierta pavura.

Recordar todo esto nos había distendido. Incluso lo que nos había parecido circunstancias tan raras alrededor de la muerte de Matilda empezaron a disolverse bajo las especulaciones de que la peculiar relación de ella con los gatos nos había, seguramente, sugestionado. Pero de pronto  escuchamos un grito que provenía de la planta baja. Atropelladamente corrimos hacia el lugar y nos encontramos a tía Mercedes al pie de la escalera, que pálida y con voz entrecortada nos dijo – acabo de ver un gato con la cara de Matilda -


DE PALO (Crónica)

A medida que se terminaba el parque y me acercaba en diagonal a la esquina esa, me dio una súbita sensación que de esa calle en la que tenía que tomar el 155 podía brotar cualquier cosa: un dragón, el desfile de un circo, un enorme pie caminando. Es que era el atardecer final, casi noche y tenía como un clima fantasmagórico.
Pero no, al llegar no había nada de eso. Solo se destacaba en la soledad una mujer joven, con aspecto de estudiante universitaria,  que apoyada en el edificio que marcaba precisamente la esquina, parecía esperar a alguien, al lado del portero eléctrico. De tanto en tanto pasaba un auto.
Había un bar en otra de las esquinas. Con luces bajas parecía un sitio de aquellos tranquilos como para conversar de amor o recordar amores.
Así que ahí estábamos los dos  a una distancia de unos tres metros, espalda contra espalda, yo mirando la calle y ella mirando la puerta vidriada del edificio,  esperando. Yo el 155 y ella vaya a saber que.
Enseguida se develó el motivo de espera de la joven. Lo observé todo con el rabillo del ojo.
Era, naturalmente, un joven que bajó del ascensor y después de pasar la puerta de acceso del edificio se dirigió resueltamente hacia ella y tomándola de los hombros con ambas manos y mirándola fijamente con los ojos muy abiertos le susurraba con una expresión fría
algo que ella no alcanzó a contestar porque antes de que pudiera abrir la boca se dio media vuelta introduciéndose nuevamente en el edificio. Ahí se detuvo frente al ascensor y parecía que conversaba con una mujer mayor que no tengo idea de donde salió mientras ella atinaba a decir con voz un tanto alta, como para superar el obstáculo constituido por la puerta cerrada de vidrio:
-    Vos sós el que tenés que cuidarte.
El pareció no escucharla y un instante después se sumergió en el ascensor.
Con un semblante de gran dignidad no bien terminó de desaparecer el desapacible Romeo dio media vuelta y desapareció en la obscuridad de la noche... para reaparecer antes de que transcurrieran cinco minutos, pero esta vez en el rostro, ahora pálido, se dibujaba cierta angustia que seguramente descargó en el timbre del portero. Enseguida se escuchó por el parlante: - Hola, hola, hola, hola, hola. Holas sin respuesta que no fuera el dedo implacable que solo cesó su presión cuando vió, siempre a través de la puerta de vidrio, que el ascensor iniciaba su recorrido descendente. Ahí, la vengativa Julieta, se dio a la fuga. Todos hemos, casi con seguridad, haber escuchado alguna vez la expresión “los de afuera son de palo”.
Porque estos dos sujetos vivían su drama sin reconocerme en absoluto. Con una impunidad total me pusieron en el lugar de “palo”. Fue así que el pelado (el joven era pelado) bajó y luego de una breve inspección que no excedió un diámetro de cinco metros volvió a meterse en su casa, por supuesto, sin hacerme el menor comentario ni preguntarme nada.
Para mi sorpresa, apareció la dama que desde algún escondite cercano había seguido los movimientos de quien hasta hace poco, seguramente, era coprotagonista suyo en el tierno y tal vez apasionado, altar del amor, con el dedo como una lanza dirigido directamente al ajetreado timbre. Que fue respondido otra vez con –Hola, hola, hola, hola. Holas monocordes y de furiosidad oculta que tampoco fueron respondidos.
Ahí fue donde tuve el impulso de decirle suavemente a ella:
-  No, ya está, no sigas, el amor te espera seguramente en otra parte.
Claro que no lo hice. No quise exponerme a que ella me dijera con voz tal vez aflautada por la ira algo así como:
-    Que mierda tenés que meterte, vejete. Vos no existís!!
De modo que cuando el ascensor empezó a descender ella tornó a retirarse pero esta vez hacia el campo visual mío ya que todo el tiempo solamente miraba hacia el lado casi opuesto, en realidad lateral, haciendo como que mi único interés era el 155 el cual se obstinaba en no venir. La calle que era arbolada y que ya estaba francamente obscura, si se hace abstracción de la iluminación mortecina del alumbrado público, fue recorrida a grandes pasos  por la diosa de la venganza que esta vez se escondió frente a mis ojos detrás de unos árboles que se situaban a veinte metros aproximadamente de distancia.
Una vez en la calle, el joven burlado busco otra vez sin esforzarse demasiado. Estuve a punto de comentarle:
-    La turra está escondida en esos árboles.
Pero él no me preguntó nada. Empecé a dudar seriamente de mi existencia.
El muchacho se metió en el edificio. Yo no advertí que esta vez el no subió sino que se escondió en el palier. Un puma acechando a su presa.
Como un imán, cuyas ondas magnéticas no eran otra cosa que joder a quien le rompía el corazón, un modo patético de seguir estando cerca de su amor, al parecer irremediablemente perdido, volvió a tocar ¿a tocarlo?. Pero esta vez salió la fiera de su cubil gritando como un poseído:
-    la concha de tu madre, te voy a matar!!
Saltó ella como una gacela Thompson y tomando altísima velocidad logró poner dos o tres metros de distancia del desorbitado joven. Se perdieron rápidamente por la calle perpendicular a la que correspondía al 155 que  todavía se negaba a aparecer. El alboroto logró despabilar a un par de parroquianos del bar que salieron a la puerta y también a un par de peatones que venían en sentido inverso a la carrera de los ex – amantes que se dieron vuelta para ver las alternativas generadas por el drama que ahora se desarrollaba a gran velocidad.
Dado que no se escucharon gritos ni golpes, supuse que estarían orillando los límites de la ciudad.
Como un final cinematográfico, se acercaba a unas tres o cuatro cuadras mi 155. Se me ocurrió pensar que todo esto fue montado por la empresa de transporte para entretenerme por la larga espera, que en realidad no había superado los veinte minutos. Cuando ya estaba a media cuadra, cual no sería mi asombro, cuando regresa con la cabeza gacha y cansado el joven pelado quien penetra en su departamento. Y cuando yo estiraba la mano para subir la escalerilla que me rescataba de la inexistencia a la que me habían condenado, aparece ella que tal vez, porque nunca pude saberlo ya que mi transporte se puso raudo en marcha, se dirigía para lastimar suplicante, al objeto que alguna vez fuera de su amor.




lunes

ARGENTINO (Ficción)


En el siglo XIII, las Cantigas de Alfonso X el Sabio recogen, en la número CXLIV, cómo Santa María guardou de morte un home bo de Pracença d´un toro que ueera pelo matar. (Enciclopedia Encarta, Historia del arte de torear)

I

Los mas de 500kg. de “Argentino” salieron del toril como la muerte misma. Enfiló sus cuernos hacia los burladeros en donde los toreros lo contemplaban serios, profesionales. Sus cornadas retumbaban contra los maderos como si fueran disparos secos, apagados.
Como un ángel, casi sin pisar la arena, salió el Juli, matador que no llegaba a tener 20 años,  a enfrentarlo con esos capotazos que vibraban como alas de mariposa, con la gracia del vuelo de un halcón, con el desprecio de un héroe mitológico, con el gesto y la mirada propia de lo que él era,  un español.
Un toque de trompeta y aparecieron los picadores, después las banderillas, después los pases de muleta y después el diestro tomó su espada para envainarla en la misma muerte. (¿No lo dijo así  Hemingway?).  No es novedosa la secuencia, todo se trata del arte con que se hace.
En este caso fue tan grandiosa la exhibición, que el presidente de la corrida entre la aclamación, y los pañuelos, saludando y pidiendo, concedió las dos orejas y el rabo también, a ese niño-jóven-hombre transformado por unos momentos en un dios.
Como habrá sido, que el torero que le seguía  en el espectáculo, por no ser menos, decidió esperar al toro que le tocaba en suerte, de rodillas frente al toril, con el capote desplegado frente a su cuerpo y que fue, gracias a la Virgen, hábilmente volado hacia un costado, ocasionando que la bestia pasara, engañada,  como un tren a toda marcha, casi rozándolo.
Y yo, desde la Argentina, donde están prohibidas las corridas, desde mi ciudad provinciana, hipnotizado, queriendo que no hubiera pasado ya, que se volviera a repetir toda esa magia, de los trajes de luces, de los caballos acorazados, de la gravedad estupenda del rito, observaba consternado que el programa emitido por la Televisión Española llegaba a su fin.
Recordé mi cuarto juvenil: afiches de corridas, reproducciones de Picasso, siempre toros, en todas las paredes. Me los regalaban en el “Comedor Navarro” donde solíamos almorzar con mi padre.. Cuando tuve una hija, afortunadamente, aprendió baile flamenco en el “Centro Andaluz”. Así supe de sevillanas y rumbas. También claro, me vuela la cabeza toda la música, toda la cultura latinoamericana. Eso soy: latinoaméricano. No me resulta fácil, vivo en una ciudad que recibió un enorme aporte de italianos, a punto tal que esa indentidad mía se pierde y siento que solo se reencuentra en las ciudades mas al norte de mi país: Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy
Desciendo de conquistadores españoles por 6 de los 8 apellidos que me constituyen. Los otros dos son uno inglés y el otro proviene de un inmigrante del siglo 19...español. Pero mi tradición es criolla, gaucha en todo caso. Y mi cultura mas bien francesa e inglesa (los muebles, por ejemplo, eran de esas nacionalidades). En mi casa jamás se hablaba de España, Veía películas norteamericanas y leía de joven a Cortázar, a Sábato, Erich Marie Remarque, y de niño a los hermanos Grimm, Las Aventuras del Barón de Munchaussen y claro, Walt Disney. Claro que también llegó para siempre Gabriel García Márquez.
¿De donde salía entonces mi amor, mi pasión por lo español, y especialmente por las corridas de toro?. Concluí, me parece, de forma muy española.... que era la sangre. Transmisión genética, si se quiere una explicación más prosaica, pero en nuestro lenguaje, los españoles, lo entenderán: la sangre.
Sesenta años había  cumplido un par de meses atrás. Se me empezaba a acabar el tiempo. Sabía que en Perú, en Ecuador y en México hay corridas de toros. Y que suelen ser de calidad. Pero para mi no era lo mismo, aunque seguramente me gustarían. Quería ver, antes de morir,  una, una sola, en España.
Para decirlo de una vez, esto se me había convertido en una obsesión Y como decimos en la Argentina: ...y yo con el pescado sin vender. Es decir, imposible para mis bolsillos, ni siquiera a largo plazo, ni soñando, financiar el viaje, la estadía, los billetes a la plaza, etc., etc.
Esa noche, tristemente me fui a dormir.
Cuando desperté, a la mañana siguiente, tenía la solución. Si hay una esencia maravillosa en las corridas de toros, un “arjé” como dirían los griegos, es el total desprecio hacia la muerte que manifiesta el torero. Ni por un minuto debemos confundirlo con desprecio a la vida. El traje de luces, la donosura de los movimientos, la galantería hacia las damas del público, la constante acentuación de la virilidad, son una muestra terminante y absoluta de erotismo. Nada que hacerle, es a la muerte a quien se desafía, se desprecia, se la burla y como ya dijimos, se la mata. Es la expresión máxima de dignidad. Seguramente pensadores, poetas, escritores ya dijeron estas cosas, ya las escribieron. Pero esto es lo que siento, lo que yo descubro. Es entonces, que tomé en ese momento una decisión. No me quejaría mas, terminaría con los lloriqueos.
Asalto un banco y consigo el dinero (los duros antiguos de ustedes,  los euros de hoy). Y asalto un banco porque en este país son la expresión más acabada de la usura. En lo personal, puedo decir que es una de las razones definitivas de mi ruina. Es decir, son la personificación de la muerte. Pero a diferencia de los toros de lidia, que son bellísimos, suelen estar en unos edificios ingráciles, prodigiosamente feos.
Así que se puede decir que como en las corridas de toros, la secuencia sería mas o menos la misma: “arriba las manos, todo el mundo al suelo, entregame la plata, etc.” Con mas o menos variaciones.  Pero como en la fiesta brava, como ya dije, la cosa estaría en el arte con que se hace.
Redondié mi pensamiento:  Será mi corrida personal, para poder ir a una corrida.
En primer lugar no quería robar una gran cantidad de dinero. Mas o menos la necesaria para el fin propuesto. Con unos dos mil o tres mil dólares bastaría. Lo demás es pura avaricia. No se trataba de salvarme para siempre, ir la las Bahamas o cosa por el estilo, no.
Era simplemente mi gesto de desprecio a un mundo ridículo, de ambiciones estúpidas, de payasescas vanidades. Algo así como demostrar que aún me quedaba hombría para desafiar a las protecciones de los capitales que han construido un hábitat para la humanidad que me duele como si “Argentino” me hubiera ensartado con alguno de sus pitones.
Pero bueno, no se trataba de hacer algo así a tontas y a locas. Así como los toreros cuando sale el toro lo estudian,  yo empecé a estudiar los posible bancos para debutar en estas suertes.
De modo que miraba como eran las guardias, como y cuando traían el dinero, quien atendía las puertas, si era de inclinarse a un costado o al otro, como cabeceaba, si era franco al embestir. Nada que hacer, cada vez que pensaba algo con el banco se me mezclaba con una tarde de toros.
Elegí como blanco al banco mas usurero, mas tramposo, mas hipócrita, que además tenía por gerente a un sujeto miserable, a quien conocía, y que tenía la particularidad despreciable de ser chupamedias, adulador, cholulo. En fin, una basura de tipo. Yo entraba en el círculo de sus preferencias personales debido, presumo, a mi pertenencia a ciertos círculos sociales que eran del interés (estúpido a mi entender, sobre todo porque no eran esos círculos detentadores de ningún tipo de poder) propios de un sujeto mediocre y arribista. De modo que estaba seguro de que me recibiría.
Me hubiera gustado que el hecho se produjera a las 5 de la tarde.(por lo de “...eran las cinco en punto de la tarde”, como el verso  grandioso, que llora la muerte de Ignacio, que concibió el gran granadino).  Pero desgraciadamente los bancos en nuestro país ya están cerrados en ese horario. Así que decidí que sería a las tres menos cinco de la tarde, dado que los bancos cierran cinco minutos mas tarde.
Por una parte utilizaba cabalísticamente el número cinco y por otra en un breve lapso de tiempo se desagotaría de clientes lo cual me servía para que no hubiera entorpecimientos. También elegí un día viernes. En este país tan desorganizado, suponía que, el sábado y el domingo ni siquiera me perseguirían, ni investigarían demasiado. Lo dejarían todo para el lunes, lo cual me daba casi tres días de ventaja.
Claro que ya había empezado el trámite del pasaporte y un amigo me había prestado el dinero para el pasaje.
Hacía años que no practicaba ninguna religión, es mas, era decididamente agnóstico (me hizo sonreír esto de ser “decididamente” agnóstico dado que el agnosticismo es la expresión filosófica mas acabada de la duda). Pero esto no fue impedimento para que antes de perpetrar el robo pasara por la catedral y rezara en el camarín de la Vírgen de pie y terminara santiguándome como hacen los matadores antes de las corridas.
Me vestí con mi traje de luces, le pedí a un sobrino que me ayudara a vestirme, porque me fajé para que me entrara en el único traje gris perla que tenía y que me costaba ponerme dado que con los años había engordado. Dije que era de luces, porque comparado con la ropa con la que normalmente me vestía, eso es lo que parecía. Teñí mi  pelo de negro (tapé las múltiples canas, bueno, la cenicienta cabeza), me peiné con gomina (cosa que nunca hacía), me puse una camisa blanca y una radiante y elegantísima corbata. Completaban mi atuendo un sombrero también gris de ala corta y doblada hacia abajo en el frente, zapatos negros muy lustrados, medias del mismo color y finalmente un poncho salteño (colorado con rayas negras) terciado sobre el hombro izquierdo En mi mano blandía un bastón de caña de malaca que escondía un estoque que era tan largo como la vaina.
Escribí unas líneas a mis hijos y nietos en donde les decía cuanto los quería pero que inexorablemente tenía que enfrentar  mi destino y realizar mi sueño. También les decía que no creía  en que alguna vez regresaría. En el peor de los casos, seguiría robando, eso si, solo a los explotadores, preferentemente a los bancos. Y si tenía que caer, no sería peor que morir en un hospital, al menos lo haría como un hombre.
Y salí, nomás, hacia el banco en cuestión.



II


Me acerqué al mostrador y cuando se acercó un empleado le extendí una de las pocas tarjetas que me quedaban. Decía así: Francisco Carranza y después la dirección y el teléfono, solo que le había agregado con una birome, debajo del nombre, “Paquiro” en  homenaje a Francisco Montes llamado el Napoleón de los toreros muerto en 1851. Pedí por el Sr. Isleretti, gerente del banco. Casi de inmediato el empleado me condujo a su oficina que afortunadamente era cerrada, de esas antiguas cuyas paredes están forradas de madera.. Cuando entré, el empleado me dijo que me sentara y esperara un momento. Pero yo me quedé parado. Y entonces salió del toril (una puerta lateral) y se me abalanzó (para abrazarme, sonriente). En el último instante, desplegué sobre el bastón mi poncho y haciendo un giro con el cuerpo lo hice pasar de largo. El hombre quedó, claro, un tanto desconcertado y me miró serio. Saqué el estoque del bastón y mientras le bajaba el poncho lentamente, para que lo siguiera con la vista e inclinara la cabeza,  lo apunté con el hierro. Y le dije – Tres mil dólares, Islero – y mientras observaba que parpadeaba como si estuviera soñando, continué – una orden de pago por esa cifra, sin bromas porque ahora te ato, te encierro con llave, desconecto todos los teléfonos y si en la caja no me pagan inmediatamente vuelvo y te ensarto justo debajo de la testuz – todo esto le decía mientras  abanicaba lentamente el poncho frente a su morro (nariz). Transpirado y sin decir palabra se sentó en su escritorio y tomando un formulario, que era una orden de pago,  lo llenó y me lo alcanzó. Después le até por atrás con su cinturón las piernas con las manos y le puse su pañuelo en la boca, que fue tapada con una cinta de embalaje que había tomado la precaución de llevar. Cuando terminé me di vuelta mientras con desprecio y altaneramente hice un semicírculo con la espada tocando el suelo como hacen los matadores. El miró con azoramiento absoluto como arrancaba despacio los cables de comunicación y cerraba la puerta de la oficina dándole llave por fuera. Afortunadamente no había ningún empleado prestando atención cuando salí, atareados como estaban en cerrar las cuentas del día para irse lo mas rápidamente a sus casas ya que el banco había cerrado. Me acerqué a un cajero con total naturalidad y como no había ningún cliente fui atendido con rapidez. Después de mirar atentamente el papel que  le había extendido, me dio los tres mil dólares.
Me encaminé hacia la puerta del banco, no sin antes dar la vuelta al ruedo, es decir, caminar saludando por toda la periferia del hall del banco,   pararme en el medio y saludar sombrero en mano girando 360° lentamente, mientras sentía que el gentío vitoreaba y sacaba los pañuelos pidiendo para  mi las orejas y el rabo también, cosa que me fue concedida.(Casi ningún empleado miraba, algunos pocos que si lo hicieron, sonrieron medio burlonamente). Así que tocando pelo estuve discutiendo brevemente con un portero que me indicaba una puerta lateral y yo que me empeñaba en salir por la puerta grande....
Una vez afuera casi grité ¡Olé! Y me tomé un taxi directamente al aeropuerto.
Había cuidado los detalles. Un avión que saldría en una hora me conduciría directamente a Barajas. Aproveché el tiempo para depositar en un cajero el dinero que me había prestado mi amigo y comprarme un pequeño maletín para meter la ropa indispensable (también comprada en el free shop del aeropuerto) que necesitaría en España, que no era mucha, dado que llegaría en pleno verano europeo. El viaje en avión casi no lo sentí porque agotado como estaba me la pasé la mayor parte del tiempo durmiendo.
Cuando llegué no sentí mayormente nada. Solo curiosidad. Pero al transportarme en otro taxi al hotel donde me alojaría las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. ¡Madrid!¡España!¡La tierra de mis ancentros! Es que tengo apellidos de todas las regiones de España. Vascos, Asturianos, Castellanos, Navarros, Gallegos, Andaluces. ¡Es que es como si yo fuera España en América! Y ahora estaba ahí. ¡Cómo no me van a gustar las corridas de toros! Al entrar en la habitación en donde me alojaría, no bien quedé solo, me incliné al suelo y besé el piso.
Recordé la cara del gerente del banco y me dio un ataque de risa incontenible. Pobre tipo, vive para la figuración. No se pierde un entierro importante. Nunca entenderé a esa gente. Se pierden nada menos que la vida misma.
Todo fue bastante rápido. A los dos días había una corrida en Madrid y uno de los matadores era nada menos que mi admirado El Juli. Aproveché al día siguiente para recorrer Madrid, comer tapas, cantimpalo, queso, aceite de oliva, y por supuesto, callos a la madrileña., todo regado con buen vino tinto español. Por supuesto, todo esto estaba prohibido por mi médico. Pero en ese lugar, estaba jugado a suerte y verdad, nada que hacerle. Esa noche dormí con una servicial señorita que me mostró la pasión con que ama una española aun cuando sea una profesional. O al menos eso fue lo que me pareció.



III


Y llegó el gran día. El día de mis sueños. Desde que me desperté conté el tiempo que me separaba de la fiesta brava. Me sentía espléndido pero muy ansioso. Finalmente cuando se hizo la hora tomé un taxi y le dije: A la plaza de Las Ventas. El chofer no era hablador de modo que me concentré en mirar la ciudad. Al llegar me mezclé con la gente que se acercaba a la monumental construcción , para mi una catedral, donde por fin vería en acción a la máxima expresión de noble virilidad que hay en este planeta tan envilecido. En la boletería pedí “tendido 5” que era el lugar de gradería que me había aconsejado Iván, un gran amigo, que me había precedido años atrás en esto y con quien coincidíamos en este fervor y también en otros. Este tendido 5 era el lugar donde iban los entendidos. Caminé  entre la muchedumbre por los pasillos interiores, subí escalones y finalmente llegué a la puerta que me correspondía. El corazón debo confesar, me latía con fuerza inusitada. Y cuando la traspuse, bueno, que quieren que les diga. Emoción inenarrable. Ahí justo bajo mis narices estaba el espléndido coliseo. Tal como lo había visto por tevé ¡pero en vivo! Los tercios marcados en la arena. El corral de madera con los burladeros. El palco del presidente, las damas con abanicos, los mantones desplegadas en los balcones. Y a mi alrededor ceñudos hombres que comían los bocadillos mas increíbles.
No tardó mucho en abrirse una puerta por la que entraba el desfile de toreros, banderilleros, los picadores con sus puyas, y la banda tocando detrás un pasodoble. No daba crédito a mis ojos.
Terminado todo esto del cortejo, se despejó la arena y salió el primer toro. Esa primera faena resultó buena para mi, que en realidad no era un entendido, pero los que estaban a mi lado lucían un tanto indiferentes, así que no debía haber sido muy satisfactoria. Pero yo estaba enloquecido de cualquier modo.
La segunda los entusiasmó un poco mas. Debo decir que a pesar de mi ignorancia, yo algo pescaba. Prudentemente no me manifestaba, pero me daba cuenta no de los detalles, pero si del arte.
Y finalmente llegó el Juli. Por favor, que maravilla, además el toro era excelente. Y claro, todos empezamos con los Oles, cada vez mas entusiastas. Los capotazos, verónicas, medias verónicas, de rodillas, etc. Después de los picadores llegó el tercio de las banderillas que ejecutó el mismo Juli con una gracia para la que no alcanzan los adjetivos calificativos. Y por último llegó el tercio de los pases con muleta. Faena tan clara como un mediodía de sol despejado. Ya los oles, los aplausos, eran de delirio. Yo gritaba como un poseído: Ole, ole, ole.!! Como si toda la vida hubiera concurrido a las tardes de toros. Mi felicidad era absoluta, total, ardiente. Una exhibición de coraje, de arte, de destreza inconcebibles. La fiesta brava estaba en su apogeo. Faltaba la espada. Que llegó como una saeta penetrando en el toro hasta los gavilanes. Un alarido ensordecedor estalló en las tribunas, coincidiendo exactamente con un fulminante dolor en el centro de mi pecho, que me hizo cerrar los ojos.
Entonces sucedió lo increíble, lo inaudito. Al abrir los ojos, yo, Francisco Carranza, si, yo, estaba en la arena y vestía el traje de luces mas exquisito que se haya visto en la historia torera. En mis manos empuñaba la espada sacada del toro que yacía muerto a mis pies, mientras la gente, delirante, agitaba sus pañuelos para que se me concediesen las orejas y el rabo también. Di la vuelta al ruedo y después me dirigí al centro para saludar, montera en mano, haciendo un giro completo, al público que no cesaba ahora de tirar las almohadillas de las plateas, sombreros y flores.
Finalmente me sacaron a babuchas, tocando pelo,  por la puerta grande, hacia la eternidad.





LOS OTROS (Ficción)


Me desperté sobresaltado. Las ocho de la mañana, pude ver en el despertador. Miré a mi lado, no escuchaba la respiración de mi mujer. En su lugar solo estaba la depresión del colchón. Esa debió haber sido la razón del sobresalto, habrá ido al baño, pensé. Pero después, espantado, caí en cuenta que me había despertado un silencio total. No venían ruidos de la calle, no se escuchaban cantar los pájaros en los árboles cercanos, los de la vereda,  como todas las mañanas. No estaba sordo, no. Escuchaba mis propios ruidos, las sábanas, el ventilador. Me levanté para buscarla. No estaba en el departamento y lo que era peor, mis hijos, mis pequeños hijos, tampoco. Me asomé al balcón para ver la calle y no había nadie. No circulaban autos, no pasaban colectivos. No pasaban chicos para la escuela del barrio. Corrí a la radio, la prendí y no había emisora que transmitiera algo. Encendí la TV y nada. Internet tampoco conectaba.
Me vestí  y tomé el ascensor para buscar el auto en la cochera. Me llamó la atención que estaban casi todos los autos de mis vecinos. Subí al mío y prendí inútilmente la radio. Seguía escuchándose el ruido, sin siquiera las descargas propias de la radio, cuando no hay transmisión. Salí del garaje y comencé a recorrer la ciudad. Me recibieron las calles silenciosas. Tomé por Corrientes, San Lorenzo, Laprida, Córdoba, el Monumento y nada.
Ya sé, estoy soñando, una pesadilla. Voy a despertarme. Nada. No me despierto. Comprobé, que era así. No había nadie. Me bajo del auto, empiezo a gritar y no obtengo ninguna respuesta. ¿Me habré vuelto loco? ¿La locura o al menos una de sus formas será así? Por alguna razón extraña, no me preocupaba tanto por el paradero de mi familia. Algún motivo tenía que haber.
Se me ocurren cosas estúpidas: Tengo todo a mi disposición: Puedo ir a una concesionaria y llevarme el mejor auto, dinero no hacía falta,  iré a Falabella y me llevaré la ropa que quiera. Combustible y supermercados me permitirán subsistir. Estas ocurrencias, pensé, son en el fondo atroces. Pienso: tanto que deseaba algunas cosas y ahora en realidad no me servirán para nada. ¿Estaré muerto?
Subo por el ascensor del Monumento a la Bandera con destino al mirador. Cuando llego
contemplo el horizonte y de paso reparo en las rejas que han colocado para evitar que la gente se suicide. No se de donde me sale un rapto de humor negro: “este es el lugar de los suicidios patrióticos”.
Lo debo haber pensado como un mecanismo de defensa porque estoy abrumado por la angustia…
Me derrumbo en el suelo mientras reflexiono: Caigo en cuenta de un modo terrible que sin otros no hay existencia. Hasta Robinson Crusoe necesitó de un Viernes... interrumpe mis cavilaciones una especie de suave siseo. Me levanto y vuelvo a asomarme por el mirador. Y veo que comienzan a elevarse unas burbujas enormes, como si fueran pompas de jabón, transparentes como ellas, con gente dentro de ellas, con animales, perros, vacas, por todas partes se elevan, miles de ellas, cada vez mas alto, hasta perderse en el cielo.
Como jabonosas Arcas de Noé sin mí.

Rosario, 16 de noviembre de 2006, al día siguiente del feroz granizo.



A LAS PIÑAS (Crónica)

¡Mirame!¡Mirame bien!¡Mirame bien a la cara! Así no te olvidás – le gritó y agregó – la próxima te mato.
El otro trató de mirarlo entre las rayas, en eso se habían convertido sus ojos, que se le cerraban cada vez más. Este tipo no jugaba, hablaba en serio. Por otra parte, le dolía todo el cuerpo. Sangraba por el pómulo y  la nariz.
- Era el último – pensó el que gritaba. De cualquier modo, decidió que era mejor terminar definitivamente el asunto. Ya se sentía mas tranquilo.
Cuando comenzaba a pegar piñas ya no paraba. En una época decidió hacerse cana, por consejo del cura de la parroquia. Duró poco. Se le fue la mano con un chorro y puso en  compromiso a un comisario por culpa de unos tipos de los Derechos Humanos; para colmo no se metía en los afanos, en los aprietes. El era derecho. Se dio cuenta que no servía para eso. Entonces consiguió un trabajo de colectivero. Le gustaba manejar y otro laburo no le cuadraba. Le gustaba el contacto con la gente. No hablaba pero escuchaba.
Esa noche fue intensa. Como veinte tipos se subieron al colectivo a la salida de la Fiesta de las Colectividades. Estaban sudados como caballos, y el olor a cerveza y vino barato podía voltear paredes. Hablaban y se reían a los gritos. Ninguno hizo siquiera un mínimo ademán de pagar el viaje. Uno de ellos encaró a la gente que estaba sentada en el final del colectivo y les ordenó con una cruel sonrisa en la boca:
- Fuera de nuestros asientos, mugrientos, no vaya a ser que nos sentemos encima de ustedes.
Pancho no dijo nada y arrancó el colectivo como si tal cosa. Los tipos estaban tan borrachos y tan entretenidos en molestar a los pasajeros que no se dieron cuenta que fueron derechos hasta la Jefatura de Policía. Cuando se espabilaron ya era tarde. Un montón de canas rodeaba el ómnibus y otros tantos hacían bajar a todos los pasajeros.
Los integrantes de la patota estaban atónitos. No podían creer lo que les había pasado.
Pancho decidió que ya era suficiente y después de firmar la declaración que le tomaron sacó el ómnibus de la jefatura y se fue a terminar el recorrido.
En esos dos meses Pancho no cambió su rutina. En la cabecera del recorrido ubicada en la periferia de la ciudad, al llegar la noche, había un carrito que expendía choripanes. El solía comer uno con un vaso de vino. Después fumaba y solía recordar sus tiempos de poli, cuando jóven y admiraba a los viejos que andaban en la pesada matando estudiantes. También sabía que torturaban y eso los hacía admirarlos mas, porque pensaba que para hacer eso había que ser muy duro. Esos zurditos de mierda se la merecían, nenes de papá que se hacían los machos. Si eran blanquitos del centro, eran. Es verdad que de vez en cuando caía algun laburante, a esos si les tenía un poco de lástima.
El que es un capo bárbaro, sin duda, es Fidel. ¡Que discurso se mandó aquí! Pensaba. En realidad no tenía la menor idea de que significaba la palabra zurdo. Sólo sabía que eran esos melenudos del centro que con seguridad se cogían las minitas de la facultad.
Cuando llegó esa noche a la cabecera con el colectivo ya vacío le pareció que algo raro pasaba: el carrito de los choripanes  estaba con las luces apagadas. Y el flaco, el cuidador de todos los coches de la línea tampoco estaba.
Estacionó el suyo en el lugar de siempre y bajó.
Ahí fue cuando aparecieron los borrachos de la fiesta de las colectividades. Eran exactamente dieciocho y lo estaban esperando.

II

- Está abriendo los ojos, está abriendo los ojos – gritó la enfermera.
El médico se le acercó y le dijo:
 -Hace tres días que lo pusieron a dormir. Principio de conmoción cerebral...
- No le escucho nada – dijo Pancho – hable mas fuerte.
- Que hace tres días lo pusieron a dormir y que tuvo conmoción cerebral – empezó casi gritando y continuó – tres costillas quebradas, el meñique de la mano izquierda también, casi pierde un ojo y por lo que veo también tiene el oído lesionado. Ya se lo vamos a revisar. Mejor no se mire al espejo por unos días. Se va a impresionar, tiene la cabeza y la cara hinchada por los golpes y está amoratada. Tuvo suerte de no perder algunos dientes.
Recordó entonces lo que le había pasado. 
Escupidas, patadas, trompadas, lo revolearon de los pelos. Eso fue después que él, al verlos, les dijera:
- Hola putitos, se la vienen a cobrar como maricas, un montón contra uno solo, cagones de mierda...
Y ya no pudo continuar.
Tres meses estuvo enyesado y otros tantos de rehabilitación. Anduvo un tiempo más ayudándose con un bastón.
Por fin llegó el día en que pudo ir a reincorporarse al trabajo.
Pero aún lo esperaba una desagradable sorpresa: el capataz le dijo que había quedado cesante.
Intentó que le dieran una explicación pero fue en vano. Le dijeron vagamente que el era un tipo conflictivo.
Fue al sindicato donde lo atendió un tipo con cara de lagarto.
Que le dijo que lo lamentaba pero que no se podía hacer nada. El por un instante, le pareció que todo se ponía rojo. Pero se dio cuenta que le habían mandado un perejil y que no tenía ningún sentido agarrárselas con él.
Sin embargo de algún lado le salió:
- Escuchame boludo, me podés decir para que garpo la cuota del sindicato? Escuchame, decime, porque si no me vengo loco, quien es el hijo de puta que manda aquí. Decime el nombre y el apellido, donde vive. ¿Tiene auto? ¿Dónde se fue de vacaciones? – y continuó – no me vengas con que no sabés, alcahuete de mierda. Vos sos un idiota que por unas chirolas, sacas la cara por esos guachos.
El iguana se puso pálido pero resistió.
- No tiene porque insultarme – titubeó un poco y agregó – en todo caso haga una nota...
- Si, seguro, voy al baño y encuentro allí las notas de todos los giles como yo – se dio vuelta para irse. Cuando llegaba a la puerta volteó la cabeza y dijo – Alguna vez tendrán que pagar todas las perradas que nos hacen, tendrán – Y pegó un portazo que sonó como un tiro.
Decidió que la culpa la tenían esos zainos que lo habían fajado. Por culpa de ellos lo habían hechado. Porque tuvo que faltar como seis meses, tuvo.

III

No le resultó difícil, habiendo sido policía, averiguar los domicilios de los patoteros. Por suerte estaban bastante dispersos. Eran integrantes de una barra brava. Con gran paciencia estudio sus movimientos y cuando lo creyó conveniente los fue cagando a palos  uno por uno.
Por cierto que se las cobró. No les tuvo piedad. Lo hizo con celeridad, en menos de una semana, para que no tuvieran tiempo de ponerse en sobreaviso.
Todo me lo contó en el hospital psiquiátrico donde lo había mandado un juez por propinarle una paliza a su concubina (él alegó que ella lo engañaba).
Le pregunté porqué se había tomado tantas molestias para vengarse. El sin inmutarse me dijo, en ese estilo cansino y tranquilo que tenía: – Sabe, la bronca no me dejaba dormir.
























TOMATES Y HONGOS (Cuento)

Comenzaba a rehogar una cebolla, por supuesto en aceite de oliva, un poco nomás, cuando en ese preciso momento sonó el teléfono. Como estaba solo en casa, no tuve  más remedio que atender.
-          Hola ¿usted es Pancho Carranza? – dijo una voz rara.
-          Si, ¿quién habla?
-          Eso no importa, lo que importa es que si querés ver a tu hijo con vida sigás atenti  las indicaciones que te voy a dar.
Puta, se me va a quemar el aceite pensé.
-          ¿No podría llamar en un ratito, por favor?
-          ¿Me estás jodiendo? Te lo mato al pibe, no te hagas el boludo.
-          Es que en este preciso momento no lo puedo atender.
Corté el teléfono, estos tipos suelen ponerse pesados y descolgué para no ser molestado y corrí a la cocina. Por suerte no se había quemado nada. Agregué una hoja de laurel, un poco de pimentón dulce y una pizca de ají molido. Luego agregué dos latas de tomate cubeteado y recordé que había quedado en llamar por teléfono a mi amigo Charlie, invitado al almuerzo que estaba preparando, para confirmar la hora del encuentro.
-          ¿Venís?- le dije cuando atendió.
-          Menos mal que me hablaste, la verdad es que me había olvidado. En un rato estoy en tu casa – y preguntó - ¿Qué vas a cocinar?
-          Tallarines con una salsa de tomates y hongos.
-          Llevo un vinito Malbec y helado de menta – concluyó.
Colgué olvidándome del molesto secuestrador. De inmediato sonó el teléfono.
-          ¿Te volviste loco? Tengo tu hijo, escuchalo así ves que no es verso – gritó no bien atendí.
-          Bueno, dale, pero rápido – contesté impaciente temiendo que los tomates se secaran.
-          ¡Papá, me tienen estos tipos, hacé algo, por favor! – dijo la voz inconfundible de Nicolás
-          Mi querido, lo que pasa es que estoy cocinando y viene Charlie a almorzar – expliqué.
-          Pero viejo, estos están reembroncados, dicen que vos los estás jodiendo y que me van a cortar un dedo por cada hora que pase – dijo casi llorando.
-          Ponémelos al teléfono – dije imperiosamente.
-          Hola tarado, escuchá queremos ciento cincuenta mil pesos. Juntalos y te llamamos en un rato para darte más instrucciones – y el delincuente cortó.
Volví a la olla, los tomates estaban bien. Les eché sal y pimienta. También azúcar y un caldito  de gallina. Días atrás pensaba  sobre las cantidades en las especias, sal y azúcar y cualquier otro agregado. Había llegado a la conclusión de que nunca usaba medidas. Sin embargo, las comidas preparadas por mí salían muy ricas. No era sólo mi opinión, todos mis amigos y parientes alababan lo sabrosos y exquisitos que eran mis platos. Nunca había reflexionado sobre cuál era el método usado. Razonablemente pensé que algún sistema utilizaba. Concluí que en efecto ponía en práctica uno: podía casi percibir con la imaginación, con mucha precisión, como iba cambiando el gusto del preparado en curso a medida que le echaba los diversos ingredientes, calculando la cantidad de porciones y multiplicando por ellas como si fuera una porción individual en esa degustación en la fantasía. Si cocino para seis, le pongo la sal que me gustaría para mí parte y la multiplico por seis. Esto lo hago casi sin pensar. Que  sepa nunca o muy rara vez me he equivocado.
En esas cavilaciones estaba cuando sonó otra vez el teléfono.
-          En una hora poné en el container que está en Pellegrini y 1° de Mayo la guita en una bolsa de supermercado en la que tenés que dibujar una cruz con un marcador negro en los dos lados de la bolsa. Ni se te ocurra avisar a la policía – y agregó riéndose – uno de los canas nos pasa el aviso que avisaste. Si no está la mosca te mandamos un dedo de tu hijito.
-          Imposible, mandame el dedo nomás. Hoy es domingo y los bancos están cerrados. En el cajero no tengo disponible semejante cantidad. Además, ya te dije, estoy cocinando y no me puedo ocupar porque se me quema la comida – y corté.
La salsa ya estaba en ebullición de modo que le bajé el fuego. Previsor, como debe ser todo aquel que aspire a cocinar bien, tenía desde hace no menos de dos horas una buena cantidad de hongos secos remojados en vino tinto.
Alrededor de esto hay discusiones: Están quienes aseguran que a  los hongos secos (en general son de pino y también los hay de cocos) hay que ponerlos en agua tibia y no en vino, porque éste les altera el gusto. También están los que se deciden por el vino blanco. Yo siempre preferí el tinto en las salsas rojas como lo hacía mi padre y el blanco si voy a hacer una salsa con crema de leche.  Siempre me dio buen resultado. Por otra parte, no se cual sería la diferencia si en el caso de remojarlos con agua de todos modos le agregaría tinto a una salsa de tomates como era la que cocinaba.
En una olla grande ya había roto el hervor el agua con sal entrefina, de modo que metí los tallarines en ella.
Llamaron desde la puerta de calle y entraron mi mujer y Charlie. Mi mujer traía pan fresco.
Agregué un poco, tan solo un poco de orégano en la salsa. Y ordené:
-          Pongan la mesa nomás, pero no pongan plato para Nico porque no va a venir a almorzar.

CORDON BLEU (Cuento)


        “Cuando niño, en las raras ocasiones en que mi madre -extraordinaria chef, verdadera artista, graduada de “cordon blue” en la Academia Escofier de París- cocinaba personalmente, yo la contemplaba fascinado. Dirigía  habitualmente, como una directora de orquesta, al personal doméstico de la casa y así formó  a admirables cocineras. De aquella lejana época, data mi afición culinaria, que se afirmó y desarrolló con los años...”   Así comenzaba el prólogo del libro de cocina escrito por mi padre, uno de los compendios más exquisitos que he leído sobre el tema. Podría  ser comparado con un Aleph gastronómico por la totalidad que abarca. También con el Libro de Arena, puesto que parece reescribirse de modo permanente y  su lectura puede ser iniciada en cualquier página.  Permite ser releído tantas veces como se desee, ya que siempre terminaremos por pensar  que es la primera vez que lo hemos abierto.
         Mi abuela pertenecía a la clase social que le permitió estudiar cocina en Francia, a comienzos del siglo XX  y  tener suficientes empleados domésticos como para conformar una pequeña orquesta. Con estos antecedentes, no es de extrañar que, no sólo mi padre sino también mis tíos, hermanos, y primos, se convirtieran casi religiosamente al culto de la cocina. Culto que tiene, como cualquier otro, ritos, leyes severas, cielos e infiernos.
          Mi hermano mayor, Ricardo, fue víctima privilegiada de esta verdadera pasión que, en definitiva, consumió a toda la familia. No sé cuándo comenzó, pero si prestamos atención al prólogo de mi padre cuando dice: “La cocina es un verdadero arte, pleno de exquisiteces y delicados sabores, y puede llegar a cumbres excelsas…” podríamos pesquisar, si bien no el comienzo, algo de la causa.
       ¡Cumbres excelsas! Cómo iba a imaginar mi padre al escribirlo que todos nosotros trataríamos de alcanzarlas como desenfrenados. Y que esto le costaría la vida a Ricardo. Lo cierto es que de modo solapado, en cada miembro de la familia se fue infiltrando la idea de ser capaz  de preparar un plato que mereciera el calificativo de obra de arte. Por supuesto, en desmedro de los otros. Estos, los otros, sin duda serían capaces de preparar magníficos manjares,  pero obras de arte…
      En cada fiesta familiar, cumpleaños, Navidad o Año Nuevo, o simple reunión, el anfitrión desplegaba sus mejores esfuerzos para deleitar  e impresionar a sus comensales. Lo de Ricardo merece un párrafo aparte, porque sin duda era el más obsesionado. Un día  descubrí entre sus papeles un relato que recomiendo ver en este blog y se titula “Tomates y Hongos”. Al pie de este cuento, con la indudable letra de Ricardo, se leía: “Esto no tiene por qué ser una fantasía. Podría haberme sucedido a mí, de ser el cocinero”.
       Pero volviendo a la historia de mi familia, no podría precisar en qué momento entramos en esa loca espiral. Ya no nos invitábamos  por el gusto de estar en familia, sino por el placer inconfeso de humillar a los demás con delicias que, por otra parte,  implicaban gastos que resultaban cada vez más onerosos.
Si habíamos comenzado con langostinos, seguíamos con langosta chilena y terminábamos con langosta fresca (todavía viva) traída de Alaska. Y así pasaba con la centolla, las ostras, y el caviar que debía ser, sin duda, ruso o iraní. Se llegó a contratar a los mejores escultores para que tallaran en el hielo los huecos especiales para colocar  las huevas que se  sacarían, naturalmente, con cucharas de plata. La vajilla merece un párrafo aparte, pues si bien todos teníamos cristalería, porcelanas, buenos juegos de cubiertos y bandejas de plata, llegado el caso, no reparábamos en gastos a la hora de comprar nuevos accesorios. Así viajábamos a los remates de Christie’s y Sotheby’s. De modo que la platería inglesa, las porcelanas de Limoges y la cristalería de Baccarat estaban a la orden del día. También  probábamos constantemente nuestros conocimientos. Por ejemplo, si alguien haciéndose el distraído,  preguntaba al sentarse a la mesa:
-          ¿Tenemos hoy hors d’oevre?  Guay de que alguno no supiera de qué se trataba.
     Porque si se notaba ignorancia, la respuesta era más o menos ésta:
-          No puedo creer que no sepas de qué se trata. ¿No serás hijo natural?
     Habíamos heredado de nuestro abuelo,  importantes propiedades, pero las fuimos vendiendo tratando de demostrarnos mutuamente que éramos capaces de llegar a las “cumbres excelsas”.
Además, poco a poco, habíamos ido tejiendo alianzas entre los distintos miembros de la familia a tal punto que, al final, todos estábamos de un mismo lado…menos Ricardo. Los demás habíamos ido cediendo en nuestro impulso competitivo, reemplazándolo por el buen humor, que de paso sea dicho, es uno de los condimentos fundamentales de la buena mesa. Pero Ricardo no. El quería ser  rey absoluto, un Càrame contemporáneo.
     La fiesta de Navidad del año pasado fue la ocasión para que la familia preparara el banquete definitivo que resultó ser el último. Todos colaboramos y cocinamos menos mi hermano,  porque, entre otras cosas, hacía tres meses que  habíamos perdido totalmente su rastro. Él sabía, creo yo, que pondríamos “toda la carne en el asador” y en el fondo pensábamos que trataría de sorprendernos, apareciendo a último momento con alguna exquisitez que nos pusiera a todos fuera de carrera, para siempre. Pero como estábamos empecinados en que no lograra su propósito, preparamos entre todos lo que papá en su libro llamó la Gran Recepción y que vale la pena transcribir:
                                           “GRAN RECEPCIÓN – SU ORGANIZACIÓN.
     Un grato y especial  motivo, puede determinar la  organización de  una gran recepción, con un número de invitados, que excede lo normal. Me permito sugerir, para la ocasión  un Grand Diner Froid (Cena fría), con la que se reduce el número excesivo de servidores, ya que bastará  con disponer  de una mesa cubierta con mantel, y en ella, apilados, los platos  necesarios, copas, cubiertos, servilletas, cucharas, cuchillos y tenedores; y los grisines, y el pan en canastillos. Cada comensal se servirá por sí mismo, poniéndose la bebida en mesa aparte”.
     Esto lo escribe mi padre a modo de introducción, y continúa:
                                                              GRAND DINER FROID
     “Haga preparar un pavo o pavita al horno y sírvalo trinchado, cortada la pechuga en lonchas y armado nuevamente, lo que se colocará, si es posible, en el trinchante.
     Un jamón glacé entero, adornado con cabello de ángel y cortado en tajadas más bien gruesas. Para hacerlo glacé se espolvorean las tajadas, de un solo lado, con bastante azúcar en polvo, que se quemará con un fierro al rojo blanco, o bien pasando una plancha muy caliente. Antes de espolvorearse con el azúcar, el jamón debe salpicarse con abundante  jerez español.
     Un pejerrey Gran Paraná  relleno  y  frío. En defecto del Gran Paraná, puede  un bacalao fresco de Mar del Plata (también llamado Abadejo), sin espinas. Los ingredientes del relleno son los siguientes: la miga de un pan remojado en leche, exprimida y desecha; 150 grs. de manteca ablandada, 2 yemas y langostinos limpios sin cabeza y divididos en dos; sal y pimienta. Mezclar todo, rellenar y coser con piolín. Pasar a placa de horno enmantecada, en cuyo fondo se ha colocado una capa de cebolla picada salteada en manteca,  sin dorar. Mojar todo con una copa de vino blanco seco. Cocinar en horno caliente durante 25 minutos bañando de cuando en cuando con la salsa.”
     Espero me disculpen, pero si pueden imaginar estos preparados a medida que los leen, creo que no se les hará tediosa la enumeración. Sigamos:
     “Un queso cheddar entero, bien maduro (si el queso es fresco no sirve) rodeado de una servilleta, curado, con varios días de antelación, en la siguiente forma: Se extrae de la parte superior un disco más bien grande, de unos ocho centímetros de profundidad, en forma de cono invertido y se retira definitivamente. En la cavidad resultante se vierte una copa de jerez bueno y se deja reposar, fuera de la heladera, en lugar a temperatura ambiente. Cuando el jerez quede absorbido repita la operación durante cinco o seis días seguido, con lo cual quedará preparado. En el momento de servir, vierta nuevamente jerez y con cuchara de sopa ahonde alrededor del círculo, sirviendo. Si el queso no está maduro no absorberá el jerez. Tiene magnífica presentación y es delicioso.
     Una galantina de gallina  con gelatina picada…..” Y seguía con langostinos, centolla (con gajos de limón), salsas frías, ensaladas donde combinaba lechuga con dados de manzana, tomates, petit pois,  y terminaba:
“ Como bebidas Bolen o clericó (el bolen es como un clericó pero hecho con vino blanco y sidra). Previo al dinner, ofrecer media cañita y como bebidas posteriores champagne y whisky.
     Al término del dinner ofrecer como bajativo consomé en tasse (caldo en taza) y luego los postres que serán Macedonia de frutas, Frutillas flambées y Marquise champignoise. Finalmente el café, acompañado de cognac francés o español”.
     Y aún agregaba como colofón:
     “Lo precedentemente escrito no es un sueño oriental. Personalmente lo he degustado en varias oportunidades…hace años. Basta tener la decisión y los medios adecuados”
     Fue, me parece, un homenaje a papá. Ahí estaba la mesa con el mantel, los platos y todo lo indicado por él. Y ahí nos encontrábamos todos en una especie de éxtasis, olvidados por completo  que habíamos terminado con nuestros recursos y en consecuencia nos esperaba un futuro por demás incierto. No nos importaba o por lo menos eso era lo que pretendíamos. En el fondo se trataba de una cuestión  de elegancia o de buen gusto.
     Con la cena fría presentada como un cuadro de Gauguin, esperamos un buen rato a Ricardo. Pero no apareció. De modo que disfrutamos a pleno de esa comida y paladeamos cada bocado como si fuera una hostia consagrada. Al final, brindamos por la dicha de haber podido tocar el cielo con las manos.
     Pasaron los días y seguíamos sin tener noticias de Ricardo. Entonces decidimos hacer la denuncia policial.  El informe de la investigación nos llegó  varios meses después. Se nos informaba  que “…comprobándose que el mencionado sujeto  había partido rumbo al Amazonas con el propósito de cazar unas gallináceas que sólo se hallan en  medio de la selva, aduciendo que el lomo de la misma era de tal exquisitez que los mismos dioses envidiaban a los humanos” y que “… La pista la aportaron los lugareños  al informar acerca de un rumor que corría por la zona. Decía  que habiendo sido capturado por una tribu de antropófagos un argentino había sido muerto y devorado y que los comensales de la tribu consideraron que el gusto de la carne del occiso era de tal sabor que pensaron que habían comido  a un dios”.
     A nosotros, cocineros experimentados, no nos extrañó en absoluto: del mismo modo que se le da cognac y nueces a los gansos o  comidas especiales a otros animales, con el propósito de mejorar su sabor, Ricardo, que se había pasado la vida comiendo exquisiteces, se había convertido, al menos para los caníbales, en un verdadero manjar.



LA TERRAZA (Recuerdo infantil)

No recuerdo cual cumpleaños era. Tal vez el de los nueve o el de los diez años. Hacía mucho tiempo que ansiaba una pelota de fútbol número cinco. La que usaban los grandes, los jugadores de fútbol de verdad, esos que salían en las figuritas. De cuero, sin tientos.
Le pedí a mi papá, sin mucha esperanza,  que me comprara una para ese cumpleaños.
Para mi asombro e infinita alegría accedió y  me dio el dinero necesario. Creo que me salieron alas rumbo a la casa de deportes que las vendía y volví a toda velocidad a mi departamento del tercer piso abrazando a esa cosa redonda y olorosa. Como ya lo había aprendido cien veces en discusiones sobre que era lo mejor,  si ponerle grasa o pomada y pasarle el cepillo, hice lo que parecía superlativo: primero le pasé grasa que saqué de unas costeletas,  luego la unté con pomada,  la cepillé y le dí  y le dí con la franela hasta que estuvo reluciente.
Ahí estaba. Que me la compararan con el santo grial si querían. Era el resumen absoluto de lo deseado. Años después al leer el Alhep de Borges, cuando describe esa circunferencia en la que estaba el alfa y el omega de todo, de todo, todo, se me ocurrió que yo lo había tenido en forma de pelota de fútbol.
Fui a buscar a Aldo, mi compañero de juegos, que vivía en el mismo piso que yo. Como quién exhibe una joya le mostré mi tesoro. Y por supuesto lo invité a jugar con ella en la terraza. Terraza que era el remate de los cinco pisos de departamentos y el centro de reunión de los chicos de ese edificio. Que mágicamente mutaba de cancha de fútbol con pelota de trapo a cancha de rayuela o a pista de carreras de autitos rellenos con masilla.  Subimos en el ascensor con la unción de quiénes van a tomar la primera comunión mientras  mi amigo apoyaba su mano en la pelota que sostenía yo con todas mi fuerzas.
Pasamos la puerta de entrada a la terraza. Era una mañana fresca y soleada. El sol brillaba intensamente.
Vos atajás – le ordené y continué – te voy a tirar un penal. Él,  sumiso, se puso en el improvisado arco constituido por una pared y un pulóver marcando el otro poste virtual. Conté doce pasos y apoyé temblorosamente la pelota en el suelo. Tomé carrera y con la zurda patié por única vez al maravilloso regalo de mi padre. Por única vez porque la pelota se elevó por encima de la mansarda que daba a la calles Entre Ríos y Urquiza,  por un instante reflejó el sol recortada en el azul del cielo,  y luego desapareció tragada por la ciudad.
Bajamos a toda velocidad y perdí la noción del tiempo que utilicé para encontrarla. Tampoco podría recordar a cuantas personas que me miraban atónitas les pregunté si no habían visto una pelota que bajó del cielo.
Volví a casa desconsolado. Una sola vez la había pateado. Una sola. No se lo mencioné a mi padre. Sé que había sido un esfuerzo para él.
Muchas veces me pregunté quién se la habría encontrado. ¿Un chico?¿Un grande que sorprendió a su hijo, pensando que los milagros existen?
O quién sabe, capaz que un ángel se la llevó y desde entonces juegan al fútbol esperando que vaya y me pregunten ¿querés entrar?


CARTA DESDE UN SUEÑO (Crónica ficcionada)

          Había soñado que un ladrón sorprendido por él en la casa, sin mediar palabra, le había disparado cinco tiros matándolo. Mientras caía el ladrón le dijo - ahora andá a los saltos -. Y no se enteró que poco tiempo después un misterioso mensajero le dejó una carta al ladrón de sus sueños y mucho menos se enteró de que la carta estaba firmada por él. La carta decía.
          Sr. Ladrón y asesino:
          Disculpe que no lo llame por su nombre. Es que no tuve tiempo de preguntárselo y todo sucedió muy rápidamente, como Ud. sabe. No se alarme por recibir estas líneas. Me mató y el estar muerto es una situación peculiar. En esta región sin destino no existe el rencor y por lo tanto no me anima ningún sentimiento de venganza. En cambio subsiste en mí la curiosidad.
         Que Ud. haya entrado a mi casa a robar es de fácil respuesta ya que solo hay unas pocas razones: necesidad de plata, ejercicio profesional, desagrado al trabajo. Sin embargo, me extraña que no se haya llevado nada, salvo mi vida, claro.
        Pero meterme cinco balazos en el cuerpo, alcanzando a percibir que no había alguna particular animosidad de parte suya, no teniendo enemigos (al menos no como para mandarme a matar), en definitiva sin ningún motivo serio como para temer por mi vida, es algo que me intriga sobremanera. Ni que decir de la frase que me dice sin el menor atisbo de odio cuando caía irremediablemente: - ahora andá a los saltos -.
        En el lugar en el que me hallo no hay absolutamente nada que hacer. De modo que mitad por entretenerme, y mitad por curiosidad, como le di a entender líneas arriba, tejo incansables conjeturas acerca de los motivos que lo llevaron a asesinarme.
        La primera y mas obvia es que lo hizo para que yo no lo reconociera. Tal cosa es imposible. No se le pudo escapar que yo le temo a la policía desde la época de la dictadura. Se podrá alegar que usted ignoraba mi situación. Pero el conocimiento puesto en práctica en relación a la ubicación de los cuartos hablan a las claras de que es un muy buen profesional: quiero decir que me habrá estudiado en su momento.
       La segunda razón es  que Ud. Podría ser esa clase de perversos que gozan matando. Debemos descartar esa hipótesis ya que lo vengo observando desde que me mató y nada indica que sea de ese tipo de individuos
      Pareciera, pues, que es un asesinato inmotivado. Absurdo. Sin embargo me deja perplejo haber notado la determinación que reflejaba su rostro. Quiero decir que parecía cumplir con un deber ineludible.
     Disculpe que esta carta continúe con cierta inconexión. Sucede que tuve que hacer un paréntesis en la confección y ahora retorno a la misma. Y en este paréntesis por fin recordé quién es. Es lógico que lo haya olvidado: lo vi una sola vez y hace treinta años.
     En esa oportunidad se me acercó y con voz neutra me desafió a pelear. Yo no le lleve el apunte porque haber aceptado hubiera sido dar un espectáculo bochornoso, patético. Máxime que en ese momento estaba en una situación incómoda, violenta, casi diría penosa. Pero estas cosas las pensé después: solo me sentí mortificado y atiné a negarme. También pensé, siempre después, que Ud. era una persona muy primitiva. Porque como si fuera un personaje de Borges, me desafiaba a un duelo, solo que en este caso a piñas, por el amor de una mujer. Me desafió como si fuéramos animales, machos en celo, por una hembra. Eso si, recuerdo que no había emoción alguna en su rostro.
    Pero sucede que yo no estaba en celo. Y no soy un animal. El amor que nos había unido, como suele suceder, terminó en una triste decepción. Ella rehuyó a una peligrosa libertad, prefiriendo las seguridades que Ud. le brindaba 
   Sin embargo, ella me había amado intensamente en su momento. Y para colmo no habíamos tenido relaciones. La época, nuestra educación, nuestra situación social y la religión no lo permitían. Ud. lo sabe muy bien porque fue el primero y el único hombre que ella tuvo. Pero también sabe, seguramente, que precisamente por eso, por el deseo insatisfecho, en algún lugar de ella el amor por mi subsiste. La conozco y se que su pudor y su religiosidad no le deben permitir percatarse de ello. Pero seguramente habito en el lugar en el que no se puede tener control, es decir en sus sueños. Y eso es insoportable para Ud., sobre todo cuando en el silencio de la  noche, de tanto en tanto, de la boca de ella se escapa mi nombre. Y ahí es donde debo rendir homenaje a su inteligencia: no se de que modo Ud. logro colarse en un sueño mío y bajo estado de necesidad, es decir sin odio, me mató creyendo que así lograría sacarme de los sueños de ella.

                                                                                                        atte.  

domingo

ANTIFOTOGRAFIA (Ficción)

Si los hechos no se hubieran sucedido con una lógica tan exacta, tan correcta, se podría haber pensado que estos eran el producto de una mente desquiciada.
El jardinero de la mansión había descubierto, cuando cortaba el césped, una máquina fotográfica Leica de 35 mm.  con óptica Zeiss, enterrada hasta la mitad, a la vera del sendero principal, que se abría paso por el espléndido jardín  transportando a propios y extraños, de la verja de entrada de hierro a la puerta de roble macizo, ingreso de la gran casa de estilo victoriano.
Después de revisarla con cuidado, el hombre se la entregó a su dueño, sir Richard Bhrigton quién creyó de inmediato que se trataba de la cámara de su propiedad,  tan útil a la hora de fotografiar los bellos paisajes que circundaban su hogar, amén de inmortalizar en el celuloide, sus acalorados encuentros con algunos jóvenes mancebos del lugar.
Pero su asombro fue mayúsculo cuando comprobó que la suya estaba en el lugar acostumbrado: en el segundo cajón de la derecha de su imponente placard. Asombro que no hubiera sido tal de no mediar que ambas cámaras eran exactamente iguales. No iguales, idénticas. Los números de serie, los detalles mas insignificantes estaban en las dos, de modo que ni  un experto podría diferenciarlas. Su perplejidad trepó a su punto mas alto cuando comprobó que como en su propia cámara, la encontrada tenía, según el contador de la máquina, también ocho tomas realizadas.
No perdió un instante y se dirigió a la casa de fotografía de su absoluta confianza dado que su propietario participaba con frecuencia de los jolgorios de sir Richard y esto le permitía llevarle para ser procesadas, sus muy frecuentes escabrosas vistas.
Cuando fue a buscar el material,  su compañero de juergas le comunicó con el rostro demudado: - Yo no revelo eso. Consíguete otro fotógrafo y por favor no vengas más por aquí. Le devolvió la máquina junto con los negativos que sí había procesado y se negó a cobrar su trabajo.
-    ¿Pero que pasó?¿Porqué no hicistes las copias? – interrogó asombrado Bhrigton.
-    Por favor, retírate – y añadió el atribulado fotógrafo – no lo tome a mal pero retírate.
Poco menos sacó a empujones de su local a sir Richard.
Ya en su casa, se sentó a pensar en todos estos sucesos. Que las máquinas fueran idénticas solo podría ser obra de una exquisita casualidad, se dijo y continuó: - no entiendo entonces el susto y la negativa del fotógrafo. Por otra parte, es ridículo pensar en un paralelismo entre ambas cámaras; no pueden estar las mismas fotos.
Decidió hacer un intento con su propia cámara. Volvió a lo de su amigo a quién tuvo que convencer, después de argumentar mucho, contarle la historia y mostrarle las dos cámaras, que hiciera las copias y revelara los negativos de la cámara “normal”.
Una vez reveladas éstas mostraron una escena de una fiesta en la que predominaba el tono alegre, con morisquetas y bromas visuales, muy propias de quienes han incursionado por los dominios báquicos y las otras siete, eran retratos de cada uno de los asistentes, porque (siempre dentro de una atmósfera jocosa) decidieron hacer un concurso para determinar quién era el mas bello de los concurrentes.
De modo que aún cuando pudiera haber ocurrido la disparatada fantasía consistente en encontrar en el otro rollo las mismas fotografías, no habría ningún motivo que justificara la reacción de su compinche.
Mas tranquilo decidió llevar el rollo con los negativos “maditos” a otra casa de fotografía. La relación con éste comercio era impersonal. Es decir, no conocía a nadie. Le dijeron cortésmente que volviera al día siguiente.
No pudo evitar esa noche dormir mal. Estaba ansioso y no sabía bien porqué, también angustiado.
Se dirigió a la casa de fotografía no bien se levantó de su agitado sueño al clarear el nuevo día. Cuando llegó el negocio acababa de abrir sus puertas. El empleado que lo atendió le dijo que su patrón, el dueño del negocio, todavía no había llegado y que había dejado expresas instrucciones por las que sólo él y nadie mas que él atendería en persona a sir Richard.
De cualquier modo, aunque esto le produjo una fuerte inquietud, no tardó mucho el hombre en hacerse presente.
Cortésmente y en forma grave, lo instó a pasar a su despacho privado.
Una vez en el mismo, y bajo la atenta mirada de múltiples retratos (fotográficos, claro) que lo escrutaban desde las paredes, el hombre sacó una cigarrera e invitó a sir Richard, quién rechazando con un gesto suave el convite le dijo: - Gracias señor, me gustaría saber porque este inusual, supongo, trato con un cliente.
Desde el otro lado del gran escritorio en el que se hallaba sentado, el hombre abrió una caja fuerte que tenía en un costado y sacando el cilindro de bakelita que portaba el negativo se lo entregó mientras le decía: - Sir Richard, no pierda tiempo y deshágase de esto por el amor de Dios.
Y antes de que Bhrigton pudiera contestar le agregó: - no me pregunte nada, porque no le voy a contestar. Le ruego por favor, que no le diga a nadie que usted vino con este material – y continuó estrangulando la voz - Es mas, esta reunión no existió, usted jamás estuvo aquí.
Se levantó, un tanto pálido, indicándole que saliera por una puerta lateral, de servicio.
Sir Richard al retirarse alcanzó a ver que el nuevo fotógrafo se tomaba la cabeza mientras con voz algo llorosa murmuraba: - es la antifotografía.
De regreso en su casa, sir Richard no dejaba, ahora casi afiebradamente, de preguntarse que pasaba con ese negativo que ahora no tenía la menor duda tenía que ver con él. Por supuesto, ya había intentado fisgonear en el negativo sin resultado alguno. Le pareció, eso sí, que efectivamente los negativos eran iguales a las copias obtenidas en su máquina.
Le retornaba una y otra vez lo dicho por el comerciante: “antifotografía”.
Siempre puede suceder que se tomen decisiones fatales, cometer un gravísimo error, que nos persiga para siempre o cuyas consecuencias son ilevantables, incalculables. Mucho mas pesaroso cuando la intención ha sido noble.
Aunque éste no era el caso, sir Richard tomó su mala decisión: él mismo revelaría las fotos. Para ello adquiró un manual de fotografía práctica: “Revele usted mismo sus propias fotografías” y también una ampliadora, las bandejas y los componentes químicos necesarios: revelador, fijador, etc. Una lámpara roja y unos metros de tela negra completaban el laboratorio mínimo para poner manos a la obra.
Cosa que hizo sin dilación, no bien terminó de instalar el dispositivo necesario y después de haber dejado la casa vacía de servidumbre.
Sus manos tenían un ligero temblor cuando depositó el rollo con los negativos en el portarrollo de la ampliadora. Y comenzó el revelado.
Todo se desarrollaba normalmente: exponía el papel en la ampliadora, sumergiéndolo después en el revelador, lo pasaba al fijador y finalmente lo depositaba en el agua. Muy pronto terminó con las ocho copias. No salía de su asombro, ¿Cómo podía ser posible la duplicación de los negativos? Las colgó para que se sequen y para apurar el proceso utilizó un secador de pelo.
En eso estaba cuando primero le pareció (creyó que era un engaño de sus sentidos) y luego advirtió sin lugar a dudas y con una terrible angustia, que los personajes fotografiados se movían. Eso pasaba en la primera fotografía en donde aparecían los siete participantes de la reunión.
Ahí estaban, charlando y haciendo chistes, como en un film, donde incluso se escuchaban sus voces, el tintinear de las copas, el ruido de los sillones al sentarse, de los muebles al correrse, reproduciendo, en fin, los momentos que habían vivido en esa fiesta. Así siguió hasta que comenzaron a retirarse, dejando vacía la sala, hasta que se apagaron las luces.
Atónito, aterrorizado, pero fascinado y con una total imposibilidad de apartar la vista, recordó que las otras siete fotos y así lo comprobó, eran las de cada uno de los asistentes por ese irrisorio concurso de retratos.
Pudo comprobar también, que las fotos se desanimaban cuando les sacaba la vista.
Miró entonces uno de los retratos y al animarse mostraba todo lo que le sucedería en el futuro a Sergio, su más que amigo predilecto. Y le ocurrían cosas que jamás se hubiera imaginado: Sergio se involucraba en la violación y asesinato de una joven adolescente por lo que, una vez sorprendido y juzgado fue condenado a muerte. Todo apareció en la fotografía: incluída la ejecución. Sorprendido, sir Bhrigton notó que el tiempo real que había dedicado tal vez a unos cinco años de la vida de su amigo habían sido solo diez minutos de tiempo real.
Obsesionado, con mirada alucinada, fue mirando, no podía dejar de mirar, las otras fotografías que también, como en un cinematógrafo atroz, mostraba la secuencia ininterrumpida de la vida de los otros retratados hasta su muerte. Afortunadamente salvo para dos de ellos que perdieron la vida en un accidente automovilístico, los demás murieron por causas naturales a una edad avanzada.
Sólo faltaba mirar lo mas temía: la fotografía de él mismo.
Se sentó a cavilar sobre lo que estaba sucediéndole: Buscó luego un cuaderno donde dejó escrita su espantosa experiencia y que sirvieron para que después, yo, su mayordomo, pudiera escribir este testimonio. Entre sus anotaciones escribió: “Ahora endiendo porque lo de la “antifotografía”. La fotografía detiene el tiempo. Por eso también se las ha llamado “instantáneas”. Instante rescatado de la continuidad destructiva del tiempo. Estas fueron “antifotografías” porque no solo no eran un corte en el tiempo sino que mostraban el desarrollo que fatalmente se suceden en el tiempo”
Finalmente pudo mas su curiosidad, su ansiedad que lo dominaba por completo, que su sensato terror. Lo que no vió fue su cara de espanto mirando la fotografía, y fue lo último que vió porque su corazón estalló fulminándolo.
Doy por seguro que fue así que terminó su vida porque lo anticipó en su escrito: no podría soportar ver su propia muerte.
Cuando lo encontramos, los negativos y las copias estaban completamente velados.

Los Cocos, enero 2003