¡Mirame!¡Mirame bien!¡Mirame bien a la cara! Así no te olvidás – le gritó y agregó – la próxima te mato.
El otro trató de mirarlo entre las rayas, en eso se habían convertido sus ojos, que se le cerraban cada vez más. Este tipo no jugaba, hablaba en serio. Por otra parte, le dolía todo el cuerpo. Sangraba por el pómulo y la nariz.
- Era el último – pensó el que gritaba. De cualquier modo, decidió que era mejor terminar definitivamente el asunto. Ya se sentía mas tranquilo.
Cuando comenzaba a pegar piñas ya no paraba. En una época decidió hacerse cana, por consejo del cura de la parroquia. Duró poco. Se le fue la mano con un chorro y puso en compromiso a un comisario por culpa de unos tipos de los Derechos Humanos; para colmo no se metía en los afanos, en los aprietes. El era derecho. Se dio cuenta que no servía para eso. Entonces consiguió un trabajo de colectivero. Le gustaba manejar y otro laburo no le cuadraba. Le gustaba el contacto con la gente. No hablaba pero escuchaba.
Esa noche fue intensa. Como veinte tipos se subieron al colectivo a la salida de la Fiesta de las Colectividades. Estaban sudados como caballos, y el olor a cerveza y vino barato podía voltear paredes. Hablaban y se reían a los gritos. Ninguno hizo siquiera un mínimo ademán de pagar el viaje. Uno de ellos encaró a la gente que estaba sentada en el final del colectivo y les ordenó con una cruel sonrisa en la boca:
- Fuera de nuestros asientos, mugrientos, no vaya a ser que nos sentemos encima de ustedes.
Pancho no dijo nada y arrancó el colectivo como si tal cosa. Los tipos estaban tan borrachos y tan entretenidos en molestar a los pasajeros que no se dieron cuenta que fueron derechos hasta la Jefatura de Policía. Cuando se espabilaron ya era tarde. Un montón de canas rodeaba el ómnibus y otros tantos hacían bajar a todos los pasajeros.
Los integrantes de la patota estaban atónitos. No podían creer lo que les había pasado.
Pancho decidió que ya era suficiente y después de firmar la declaración que le tomaron sacó el ómnibus de la jefatura y se fue a terminar el recorrido.
En esos dos meses Pancho no cambió su rutina. En la cabecera del recorrido ubicada en la periferia de la ciudad, al llegar la noche, había un carrito que expendía choripanes. El solía comer uno con un vaso de vino. Después fumaba y solía recordar sus tiempos de poli, cuando jóven y admiraba a los viejos que andaban en la pesada matando estudiantes. También sabía que torturaban y eso los hacía admirarlos mas, porque pensaba que para hacer eso había que ser muy duro. Esos zurditos de mierda se la merecían, nenes de papá que se hacían los machos. Si eran blanquitos del centro, eran. Es verdad que de vez en cuando caía algun laburante, a esos si les tenía un poco de lástima.
El que es un capo bárbaro, sin duda, es Fidel. ¡Que discurso se mandó aquí! Pensaba. En realidad no tenía la menor idea de que significaba la palabra zurdo. Sólo sabía que eran esos melenudos del centro que con seguridad se cogían las minitas de la facultad.
Cuando llegó esa noche a la cabecera con el colectivo ya vacío le pareció que algo raro pasaba: el carrito de los choripanes estaba con las luces apagadas. Y el flaco, el cuidador de todos los coches de la línea tampoco estaba.
Estacionó el suyo en el lugar de siempre y bajó.
Ahí fue cuando aparecieron los borrachos de la fiesta de las colectividades. Eran exactamente dieciocho y lo estaban esperando.
II
- Está abriendo los ojos, está abriendo los ojos – gritó la enfermera.
El médico se le acercó y le dijo:
-Hace tres días que lo pusieron a dormir. Principio de conmoción cerebral...
- No le escucho nada – dijo Pancho – hable mas fuerte.
- Que hace tres días lo pusieron a dormir y que tuvo conmoción cerebral – empezó casi gritando y continuó – tres costillas quebradas, el meñique de la mano izquierda también, casi pierde un ojo y por lo que veo también tiene el oído lesionado. Ya se lo vamos a revisar. Mejor no se mire al espejo por unos días. Se va a impresionar, tiene la cabeza y la cara hinchada por los golpes y está amoratada. Tuvo suerte de no perder algunos dientes.
Recordó entonces lo que le había pasado.
Escupidas, patadas, trompadas, lo revolearon de los pelos. Eso fue después que él, al verlos, les dijera:
- Hola putitos, se la vienen a cobrar como maricas, un montón contra uno solo, cagones de mierda...
Y ya no pudo continuar.
Tres meses estuvo enyesado y otros tantos de rehabilitación. Anduvo un tiempo más ayudándose con un bastón.
Por fin llegó el día en que pudo ir a reincorporarse al trabajo.
Pero aún lo esperaba una desagradable sorpresa: el capataz le dijo que había quedado cesante.
Intentó que le dieran una explicación pero fue en vano. Le dijeron vagamente que el era un tipo conflictivo.
Fue al sindicato donde lo atendió un tipo con cara de lagarto.
Que le dijo que lo lamentaba pero que no se podía hacer nada. El por un instante, le pareció que todo se ponía rojo. Pero se dio cuenta que le habían mandado un perejil y que no tenía ningún sentido agarrárselas con él.
Sin embargo de algún lado le salió:
- Escuchame boludo, me podés decir para que garpo la cuota del sindicato? Escuchame, decime, porque si no me vengo loco, quien es el hijo de puta que manda aquí. Decime el nombre y el apellido, donde vive. ¿Tiene auto? ¿Dónde se fue de vacaciones? – y continuó – no me vengas con que no sabés, alcahuete de mierda. Vos sos un idiota que por unas chirolas, sacas la cara por esos guachos.
El iguana se puso pálido pero resistió.
- No tiene porque insultarme – titubeó un poco y agregó – en todo caso haga una nota...
- Si, seguro, voy al baño y encuentro allí las notas de todos los giles como yo – se dio vuelta para irse. Cuando llegaba a la puerta volteó la cabeza y dijo – Alguna vez tendrán que pagar todas las perradas que nos hacen, tendrán – Y pegó un portazo que sonó como un tiro.
Decidió que la culpa la tenían esos zainos que lo habían fajado. Por culpa de ellos lo habían hechado. Porque tuvo que faltar como seis meses, tuvo.
III
No le resultó difícil, habiendo sido policía, averiguar los domicilios de los patoteros. Por suerte estaban bastante dispersos. Eran integrantes de una barra brava. Con gran paciencia estudio sus movimientos y cuando lo creyó conveniente los fue cagando a palos uno por uno.
Por cierto que se las cobró. No les tuvo piedad. Lo hizo con celeridad, en menos de una semana, para que no tuvieran tiempo de ponerse en sobreaviso.
Todo me lo contó en el hospital psiquiátrico donde lo había mandado un juez por propinarle una paliza a su concubina (él alegó que ella lo engañaba).
Le pregunté porqué se había tomado tantas molestias para vengarse. El sin inmutarse me dijo, en ese estilo cansino y tranquilo que tenía: – Sabe, la bronca no me dejaba dormir.
lunes
TOMATES Y HONGOS (Cuento)
Comenzaba a rehogar una cebolla, por supuesto en aceite de oliva, un poco nomás, cuando en ese preciso momento sonó el teléfono. Como estaba solo en casa, no tuve más remedio que atender.
- Hola ¿usted es Pancho Carranza? – dijo una voz rara.
- Si, ¿quién habla?
- Eso no importa, lo que importa es que si querés ver a tu hijo con vida sigás atenti las indicaciones que te voy a dar.
Puta, se me va a quemar el aceite pensé.
- ¿No podría llamar en un ratito, por favor?
- ¿Me estás jodiendo? Te lo mato al pibe, no te hagas el boludo.
- Es que en este preciso momento no lo puedo atender.
Corté el teléfono, estos tipos suelen ponerse pesados y descolgué para no ser molestado y corrí a la cocina. Por suerte no se había quemado nada. Agregué una hoja de laurel, un poco de pimentón dulce y una pizca de ají molido. Luego agregué dos latas de tomate cubeteado y recordé que había quedado en llamar por teléfono a mi amigo Charlie, invitado al almuerzo que estaba preparando, para confirmar la hora del encuentro.
- ¿Venís?- le dije cuando atendió.
- Menos mal que me hablaste, la verdad es que me había olvidado. En un rato estoy en tu casa – y preguntó - ¿Qué vas a cocinar?
- Tallarines con una salsa de tomates y hongos.
- Llevo un vinito Malbec y helado de menta – concluyó.
Colgué olvidándome del molesto secuestrador. De inmediato sonó el teléfono.
- ¿Te volviste loco? Tengo tu hijo, escuchalo así ves que no es verso – gritó no bien atendí.
- Bueno, dale, pero rápido – contesté impaciente temiendo que los tomates se secaran.
- ¡Papá, me tienen estos tipos, hacé algo, por favor! – dijo la voz inconfundible de Nicolás
- Mi querido, lo que pasa es que estoy cocinando y viene Charlie a almorzar – expliqué.
- Pero viejo, estos están reembroncados, dicen que vos los estás jodiendo y que me van a cortar un dedo por cada hora que pase – dijo casi llorando.
- Ponémelos al teléfono – dije imperiosamente.
- Hola tarado, escuchá queremos ciento cincuenta mil pesos. Juntalos y te llamamos en un rato para darte más instrucciones – y el delincuente cortó.
Volví a la olla, los tomates estaban bien. Les eché sal y pimienta. También azúcar y un caldito de gallina. Días atrás pensaba sobre las cantidades en las especias, sal y azúcar y cualquier otro agregado. Había llegado a la conclusión de que nunca usaba medidas. Sin embargo, las comidas preparadas por mí salían muy ricas. No era sólo mi opinión, todos mis amigos y parientes alababan lo sabrosos y exquisitos que eran mis platos. Nunca había reflexionado sobre cuál era el método usado. Razonablemente pensé que algún sistema utilizaba. Concluí que en efecto ponía en práctica uno: podía casi percibir con la imaginación, con mucha precisión, como iba cambiando el gusto del preparado en curso a medida que le echaba los diversos ingredientes, calculando la cantidad de porciones y multiplicando por ellas como si fuera una porción individual en esa degustación en la fantasía. Si cocino para seis, le pongo la sal que me gustaría para mí parte y la multiplico por seis. Esto lo hago casi sin pensar. Que sepa nunca o muy rara vez me he equivocado.
En esas cavilaciones estaba cuando sonó otra vez el teléfono.
- En una hora poné en el container que está en Pellegrini y 1° de Mayo la guita en una bolsa de supermercado en la que tenés que dibujar una cruz con un marcador negro en los dos lados de la bolsa. Ni se te ocurra avisar a la policía – y agregó riéndose – uno de los canas nos pasa el aviso que avisaste. Si no está la mosca te mandamos un dedo de tu hijito.
- Imposible, mandame el dedo nomás. Hoy es domingo y los bancos están cerrados. En el cajero no tengo disponible semejante cantidad. Además, ya te dije, estoy cocinando y no me puedo ocupar porque se me quema la comida – y corté.
La salsa ya estaba en ebullición de modo que le bajé el fuego. Previsor, como debe ser todo aquel que aspire a cocinar bien, tenía desde hace no menos de dos horas una buena cantidad de hongos secos remojados en vino tinto.
Alrededor de esto hay discusiones: Están quienes aseguran que a los hongos secos (en general son de pino y también los hay de cocos) hay que ponerlos en agua tibia y no en vino, porque éste les altera el gusto. También están los que se deciden por el vino blanco. Yo siempre preferí el tinto en las salsas rojas como lo hacía mi padre y el blanco si voy a hacer una salsa con crema de leche. Siempre me dio buen resultado. Por otra parte, no se cual sería la diferencia si en el caso de remojarlos con agua de todos modos le agregaría tinto a una salsa de tomates como era la que cocinaba.
En una olla grande ya había roto el hervor el agua con sal entrefina, de modo que metí los tallarines en ella.
Llamaron desde la puerta de calle y entraron mi mujer y Charlie. Mi mujer traía pan fresco.
Agregué un poco, tan solo un poco de orégano en la salsa. Y ordené:
- Pongan la mesa nomás, pero no pongan plato para Nico porque no va a venir a almorzar.
- Hola ¿usted es Pancho Carranza? – dijo una voz rara.
- Si, ¿quién habla?
- Eso no importa, lo que importa es que si querés ver a tu hijo con vida sigás atenti las indicaciones que te voy a dar.
Puta, se me va a quemar el aceite pensé.
- ¿No podría llamar en un ratito, por favor?
- ¿Me estás jodiendo? Te lo mato al pibe, no te hagas el boludo.
- Es que en este preciso momento no lo puedo atender.
Corté el teléfono, estos tipos suelen ponerse pesados y descolgué para no ser molestado y corrí a la cocina. Por suerte no se había quemado nada. Agregué una hoja de laurel, un poco de pimentón dulce y una pizca de ají molido. Luego agregué dos latas de tomate cubeteado y recordé que había quedado en llamar por teléfono a mi amigo Charlie, invitado al almuerzo que estaba preparando, para confirmar la hora del encuentro.
- ¿Venís?- le dije cuando atendió.
- Menos mal que me hablaste, la verdad es que me había olvidado. En un rato estoy en tu casa – y preguntó - ¿Qué vas a cocinar?
- Tallarines con una salsa de tomates y hongos.
- Llevo un vinito Malbec y helado de menta – concluyó.
Colgué olvidándome del molesto secuestrador. De inmediato sonó el teléfono.
- ¿Te volviste loco? Tengo tu hijo, escuchalo así ves que no es verso – gritó no bien atendí.
- Bueno, dale, pero rápido – contesté impaciente temiendo que los tomates se secaran.
- ¡Papá, me tienen estos tipos, hacé algo, por favor! – dijo la voz inconfundible de Nicolás
- Mi querido, lo que pasa es que estoy cocinando y viene Charlie a almorzar – expliqué.
- Pero viejo, estos están reembroncados, dicen que vos los estás jodiendo y que me van a cortar un dedo por cada hora que pase – dijo casi llorando.
- Ponémelos al teléfono – dije imperiosamente.
- Hola tarado, escuchá queremos ciento cincuenta mil pesos. Juntalos y te llamamos en un rato para darte más instrucciones – y el delincuente cortó.
Volví a la olla, los tomates estaban bien. Les eché sal y pimienta. También azúcar y un caldito de gallina. Días atrás pensaba sobre las cantidades en las especias, sal y azúcar y cualquier otro agregado. Había llegado a la conclusión de que nunca usaba medidas. Sin embargo, las comidas preparadas por mí salían muy ricas. No era sólo mi opinión, todos mis amigos y parientes alababan lo sabrosos y exquisitos que eran mis platos. Nunca había reflexionado sobre cuál era el método usado. Razonablemente pensé que algún sistema utilizaba. Concluí que en efecto ponía en práctica uno: podía casi percibir con la imaginación, con mucha precisión, como iba cambiando el gusto del preparado en curso a medida que le echaba los diversos ingredientes, calculando la cantidad de porciones y multiplicando por ellas como si fuera una porción individual en esa degustación en la fantasía. Si cocino para seis, le pongo la sal que me gustaría para mí parte y la multiplico por seis. Esto lo hago casi sin pensar. Que sepa nunca o muy rara vez me he equivocado.
En esas cavilaciones estaba cuando sonó otra vez el teléfono.
- En una hora poné en el container que está en Pellegrini y 1° de Mayo la guita en una bolsa de supermercado en la que tenés que dibujar una cruz con un marcador negro en los dos lados de la bolsa. Ni se te ocurra avisar a la policía – y agregó riéndose – uno de los canas nos pasa el aviso que avisaste. Si no está la mosca te mandamos un dedo de tu hijito.
- Imposible, mandame el dedo nomás. Hoy es domingo y los bancos están cerrados. En el cajero no tengo disponible semejante cantidad. Además, ya te dije, estoy cocinando y no me puedo ocupar porque se me quema la comida – y corté.
La salsa ya estaba en ebullición de modo que le bajé el fuego. Previsor, como debe ser todo aquel que aspire a cocinar bien, tenía desde hace no menos de dos horas una buena cantidad de hongos secos remojados en vino tinto.
Alrededor de esto hay discusiones: Están quienes aseguran que a los hongos secos (en general son de pino y también los hay de cocos) hay que ponerlos en agua tibia y no en vino, porque éste les altera el gusto. También están los que se deciden por el vino blanco. Yo siempre preferí el tinto en las salsas rojas como lo hacía mi padre y el blanco si voy a hacer una salsa con crema de leche. Siempre me dio buen resultado. Por otra parte, no se cual sería la diferencia si en el caso de remojarlos con agua de todos modos le agregaría tinto a una salsa de tomates como era la que cocinaba.
En una olla grande ya había roto el hervor el agua con sal entrefina, de modo que metí los tallarines en ella.
Llamaron desde la puerta de calle y entraron mi mujer y Charlie. Mi mujer traía pan fresco.
Agregué un poco, tan solo un poco de orégano en la salsa. Y ordené:
- Pongan la mesa nomás, pero no pongan plato para Nico porque no va a venir a almorzar.
CORDON BLEU (Cuento)
“Cuando niño, en las raras ocasiones en que mi madre -extraordinaria chef, verdadera artista, graduada de “cordon blue” en la Academia Escofier de París- cocinaba personalmente, yo la contemplaba fascinado. Dirigía habitualmente, como una directora de orquesta, al personal doméstico de la casa y así formó a admirables cocineras. De aquella lejana época, data mi afición culinaria, que se afirmó y desarrolló con los años...” Así comenzaba el prólogo del libro de cocina escrito por mi padre, uno de los compendios más exquisitos que he leído sobre el tema. Podría ser comparado con un Aleph gastronómico por la totalidad que abarca. También con el Libro de Arena, puesto que parece reescribirse de modo permanente y su lectura puede ser iniciada en cualquier página. Permite ser releído tantas veces como se desee, ya que siempre terminaremos por pensar que es la primera vez que lo hemos abierto.
Mi abuela pertenecía a la clase social que le permitió estudiar cocina en Francia, a comienzos del siglo XX y tener suficientes empleados domésticos como para conformar una pequeña orquesta. Con estos antecedentes, no es de extrañar que, no sólo mi padre sino también mis tíos, hermanos, y primos, se convirtieran casi religiosamente al culto de la cocina. Culto que tiene, como cualquier otro, ritos, leyes severas, cielos e infiernos.
Mi hermano mayor, Ricardo, fue víctima privilegiada de esta verdadera pasión que, en definitiva, consumió a toda la familia. No sé cuándo comenzó, pero si prestamos atención al prólogo de mi padre cuando dice: “La cocina es un verdadero arte, pleno de exquisiteces y delicados sabores, y puede llegar a cumbres excelsas…” podríamos pesquisar, si bien no el comienzo, algo de la causa.
¡Cumbres excelsas! Cómo iba a imaginar mi padre al escribirlo que todos nosotros trataríamos de alcanzarlas como desenfrenados. Y que esto le costaría la vida a Ricardo. Lo cierto es que de modo solapado, en cada miembro de la familia se fue infiltrando la idea de ser capaz de preparar un plato que mereciera el calificativo de obra de arte. Por supuesto, en desmedro de los otros. Estos, los otros, sin duda serían capaces de preparar magníficos manjares, pero obras de arte…
En cada fiesta familiar, cumpleaños, Navidad o Año Nuevo, o simple reunión, el anfitrión desplegaba sus mejores esfuerzos para deleitar e impresionar a sus comensales. Lo de Ricardo merece un párrafo aparte, porque sin duda era el más obsesionado. Un día descubrí entre sus papeles un relato que recomiendo ver en este blog y se titula “Tomates y Hongos”. Al pie de este cuento, con la indudable letra de Ricardo, se leía: “Esto no tiene por qué ser una fantasía. Podría haberme sucedido a mí, de ser el cocinero”.
Pero volviendo a la historia de mi familia, no podría precisar en qué momento entramos en esa loca espiral. Ya no nos invitábamos por el gusto de estar en familia, sino por el placer inconfeso de humillar a los demás con delicias que, por otra parte, implicaban gastos que resultaban cada vez más onerosos.
Si habíamos comenzado con langostinos, seguíamos con langosta chilena y terminábamos con langosta fresca (todavía viva) traída de Alaska. Y así pasaba con la centolla, las ostras, y el caviar que debía ser, sin duda, ruso o iraní. Se llegó a contratar a los mejores escultores para que tallaran en el hielo los huecos especiales para colocar las huevas que se sacarían, naturalmente, con cucharas de plata. La vajilla merece un párrafo aparte, pues si bien todos teníamos cristalería, porcelanas, buenos juegos de cubiertos y bandejas de plata, llegado el caso, no reparábamos en gastos a la hora de comprar nuevos accesorios. Así viajábamos a los remates de Christie’s y Sotheby’s. De modo que la platería inglesa, las porcelanas de Limoges y la cristalería de Baccarat estaban a la orden del día. También probábamos constantemente nuestros conocimientos. Por ejemplo, si alguien haciéndose el distraído, preguntaba al sentarse a la mesa:
- ¿Tenemos hoy hors d’oevre? Guay de que alguno no supiera de qué se trataba.
Porque si se notaba ignorancia, la respuesta era más o menos ésta:
- No puedo creer que no sepas de qué se trata. ¿No serás hijo natural?
Habíamos heredado de nuestro abuelo, importantes propiedades, pero las fuimos vendiendo tratando de demostrarnos mutuamente que éramos capaces de llegar a las “cumbres excelsas”.
Además, poco a poco, habíamos ido tejiendo alianzas entre los distintos miembros de la familia a tal punto que, al final, todos estábamos de un mismo lado…menos Ricardo. Los demás habíamos ido cediendo en nuestro impulso competitivo, reemplazándolo por el buen humor, que de paso sea dicho, es uno de los condimentos fundamentales de la buena mesa. Pero Ricardo no. El quería ser rey absoluto, un Càrame contemporáneo.
La fiesta de Navidad del año pasado fue la ocasión para que la familia preparara el banquete definitivo que resultó ser el último. Todos colaboramos y cocinamos menos mi hermano, porque, entre otras cosas, hacía tres meses que habíamos perdido totalmente su rastro. Él sabía, creo yo, que pondríamos “toda la carne en el asador” y en el fondo pensábamos que trataría de sorprendernos, apareciendo a último momento con alguna exquisitez que nos pusiera a todos fuera de carrera, para siempre. Pero como estábamos empecinados en que no lograra su propósito, preparamos entre todos lo que papá en su libro llamó la Gran Recepción y que vale la pena transcribir:
“GRAN RECEPCIÓN – SU ORGANIZACIÓN.
Un grato y especial motivo, puede determinar la organización de una gran recepción, con un número de invitados, que excede lo normal. Me permito sugerir, para la ocasión un Grand Diner Froid (Cena fría), con la que se reduce el número excesivo de servidores, ya que bastará con disponer de una mesa cubierta con mantel, y en ella, apilados, los platos necesarios, copas, cubiertos, servilletas, cucharas, cuchillos y tenedores; y los grisines, y el pan en canastillos. Cada comensal se servirá por sí mismo, poniéndose la bebida en mesa aparte”.
Esto lo escribe mi padre a modo de introducción, y continúa:
GRAND DINER FROID
“Haga preparar un pavo o pavita al horno y sírvalo trinchado, cortada la pechuga en lonchas y armado nuevamente, lo que se colocará, si es posible, en el trinchante.
Un jamón glacé entero, adornado con cabello de ángel y cortado en tajadas más bien gruesas. Para hacerlo glacé se espolvorean las tajadas, de un solo lado, con bastante azúcar en polvo, que se quemará con un fierro al rojo blanco, o bien pasando una plancha muy caliente. Antes de espolvorearse con el azúcar, el jamón debe salpicarse con abundante jerez español.
Un pejerrey Gran Paraná relleno y frío. En defecto del Gran Paraná, puede un bacalao fresco de Mar del Plata (también llamado Abadejo), sin espinas. Los ingredientes del relleno son los siguientes: la miga de un pan remojado en leche, exprimida y desecha; 150 grs. de manteca ablandada, 2 yemas y langostinos limpios sin cabeza y divididos en dos; sal y pimienta. Mezclar todo, rellenar y coser con piolín. Pasar a placa de horno enmantecada, en cuyo fondo se ha colocado una capa de cebolla picada salteada en manteca, sin dorar. Mojar todo con una copa de vino blanco seco. Cocinar en horno caliente durante 25 minutos bañando de cuando en cuando con la salsa.”
Espero me disculpen, pero si pueden imaginar estos preparados a medida que los leen, creo que no se les hará tediosa la enumeración. Sigamos:
“Un queso cheddar entero, bien maduro (si el queso es fresco no sirve) rodeado de una servilleta, curado, con varios días de antelación, en la siguiente forma: Se extrae de la parte superior un disco más bien grande, de unos ocho centímetros de profundidad, en forma de cono invertido y se retira definitivamente. En la cavidad resultante se vierte una copa de jerez bueno y se deja reposar, fuera de la heladera, en lugar a temperatura ambiente. Cuando el jerez quede absorbido repita la operación durante cinco o seis días seguido, con lo cual quedará preparado. En el momento de servir, vierta nuevamente jerez y con cuchara de sopa ahonde alrededor del círculo, sirviendo. Si el queso no está maduro no absorberá el jerez. Tiene magnífica presentación y es delicioso.
Una galantina de gallina con gelatina picada…..” Y seguía con langostinos, centolla (con gajos de limón), salsas frías, ensaladas donde combinaba lechuga con dados de manzana, tomates, petit pois, y terminaba:
“ Como bebidas Bolen o clericó (el bolen es como un clericó pero hecho con vino blanco y sidra). Previo al dinner, ofrecer media cañita y como bebidas posteriores champagne y whisky.
Al término del dinner ofrecer como bajativo consomé en tasse (caldo en taza) y luego los postres que serán Macedonia de frutas, Frutillas flambées y Marquise champignoise. Finalmente el café, acompañado de cognac francés o español”.
Y aún agregaba como colofón:
“Lo precedentemente escrito no es un sueño oriental. Personalmente lo he degustado en varias oportunidades…hace años. Basta tener la decisión y los medios adecuados”
Fue, me parece, un homenaje a papá. Ahí estaba la mesa con el mantel, los platos y todo lo indicado por él. Y ahí nos encontrábamos todos en una especie de éxtasis, olvidados por completo que habíamos terminado con nuestros recursos y en consecuencia nos esperaba un futuro por demás incierto. No nos importaba o por lo menos eso era lo que pretendíamos. En el fondo se trataba de una cuestión de elegancia o de buen gusto.
Con la cena fría presentada como un cuadro de Gauguin, esperamos un buen rato a Ricardo. Pero no apareció. De modo que disfrutamos a pleno de esa comida y paladeamos cada bocado como si fuera una hostia consagrada. Al final, brindamos por la dicha de haber podido tocar el cielo con las manos.
Pasaron los días y seguíamos sin tener noticias de Ricardo. Entonces decidimos hacer la denuncia policial. El informe de la investigación nos llegó varios meses después. Se nos informaba que “…comprobándose que el mencionado sujeto había partido rumbo al Amazonas con el propósito de cazar unas gallináceas que sólo se hallan en medio de la selva, aduciendo que el lomo de la misma era de tal exquisitez que los mismos dioses envidiaban a los humanos” y que “… La pista la aportaron los lugareños al informar acerca de un rumor que corría por la zona. Decía que habiendo sido capturado por una tribu de antropófagos un argentino había sido muerto y devorado y que los comensales de la tribu consideraron que el gusto de la carne del occiso era de tal sabor que pensaron que habían comido a un dios”.
A nosotros, cocineros experimentados, no nos extrañó en absoluto: del mismo modo que se le da cognac y nueces a los gansos o comidas especiales a otros animales, con el propósito de mejorar su sabor, Ricardo, que se había pasado la vida comiendo exquisiteces, se había convertido, al menos para los caníbales, en un verdadero manjar.
LA TERRAZA (Recuerdo infantil)
No recuerdo cual cumpleaños era. Tal vez el de los nueve o el de los diez años. Hacía mucho tiempo que ansiaba una pelota de fútbol número cinco. La que usaban los grandes, los jugadores de fútbol de verdad, esos que salían en las figuritas. De cuero, sin tientos.
Le pedí a mi papá, sin mucha esperanza, que me comprara una para ese cumpleaños.
Para mi asombro e infinita alegría accedió y me dio el dinero necesario. Creo que me salieron alas rumbo a la casa de deportes que las vendía y volví a toda velocidad a mi departamento del tercer piso abrazando a esa cosa redonda y olorosa. Como ya lo había aprendido cien veces en discusiones sobre que era lo mejor, si ponerle grasa o pomada y pasarle el cepillo, hice lo que parecía superlativo: primero le pasé grasa que saqué de unas costeletas, luego la unté con pomada, la cepillé y le dí y le dí con la franela hasta que estuvo reluciente.
Ahí estaba. Que me la compararan con el santo grial si querían. Era el resumen absoluto de lo deseado. Años después al leer el Alhep de Borges, cuando describe esa circunferencia en la que estaba el alfa y el omega de todo, de todo, todo, se me ocurrió que yo lo había tenido en forma de pelota de fútbol.
Fui a buscar a Aldo, mi compañero de juegos, que vivía en el mismo piso que yo. Como quién exhibe una joya le mostré mi tesoro. Y por supuesto lo invité a jugar con ella en la terraza. Terraza que era el remate de los cinco pisos de departamentos y el centro de reunión de los chicos de ese edificio. Que mágicamente mutaba de cancha de fútbol con pelota de trapo a cancha de rayuela o a pista de carreras de autitos rellenos con masilla. Subimos en el ascensor con la unción de quiénes van a tomar la primera comunión mientras mi amigo apoyaba su mano en la pelota que sostenía yo con todas mi fuerzas.
Pasamos la puerta de entrada a la terraza. Era una mañana fresca y soleada. El sol brillaba intensamente.
Vos atajás – le ordené y continué – te voy a tirar un penal. Él, sumiso, se puso en el improvisado arco constituido por una pared y un pulóver marcando el otro poste virtual. Conté doce pasos y apoyé temblorosamente la pelota en el suelo. Tomé carrera y con la zurda patié por única vez al maravilloso regalo de mi padre. Por única vez porque la pelota se elevó por encima de la mansarda que daba a la calles Entre Ríos y Urquiza, por un instante reflejó el sol recortada en el azul del cielo, y luego desapareció tragada por la ciudad.
Bajamos a toda velocidad y perdí la noción del tiempo que utilicé para encontrarla. Tampoco podría recordar a cuantas personas que me miraban atónitas les pregunté si no habían visto una pelota que bajó del cielo.
Volví a casa desconsolado. Una sola vez la había pateado. Una sola. No se lo mencioné a mi padre. Sé que había sido un esfuerzo para él.
Muchas veces me pregunté quién se la habría encontrado. ¿Un chico?¿Un grande que sorprendió a su hijo, pensando que los milagros existen?
O quién sabe, capaz que un ángel se la llevó y desde entonces juegan al fútbol esperando que vaya y me pregunten ¿querés entrar?
Le pedí a mi papá, sin mucha esperanza, que me comprara una para ese cumpleaños.
Para mi asombro e infinita alegría accedió y me dio el dinero necesario. Creo que me salieron alas rumbo a la casa de deportes que las vendía y volví a toda velocidad a mi departamento del tercer piso abrazando a esa cosa redonda y olorosa. Como ya lo había aprendido cien veces en discusiones sobre que era lo mejor, si ponerle grasa o pomada y pasarle el cepillo, hice lo que parecía superlativo: primero le pasé grasa que saqué de unas costeletas, luego la unté con pomada, la cepillé y le dí y le dí con la franela hasta que estuvo reluciente.
Ahí estaba. Que me la compararan con el santo grial si querían. Era el resumen absoluto de lo deseado. Años después al leer el Alhep de Borges, cuando describe esa circunferencia en la que estaba el alfa y el omega de todo, de todo, todo, se me ocurrió que yo lo había tenido en forma de pelota de fútbol.
Fui a buscar a Aldo, mi compañero de juegos, que vivía en el mismo piso que yo. Como quién exhibe una joya le mostré mi tesoro. Y por supuesto lo invité a jugar con ella en la terraza. Terraza que era el remate de los cinco pisos de departamentos y el centro de reunión de los chicos de ese edificio. Que mágicamente mutaba de cancha de fútbol con pelota de trapo a cancha de rayuela o a pista de carreras de autitos rellenos con masilla. Subimos en el ascensor con la unción de quiénes van a tomar la primera comunión mientras mi amigo apoyaba su mano en la pelota que sostenía yo con todas mi fuerzas.
Pasamos la puerta de entrada a la terraza. Era una mañana fresca y soleada. El sol brillaba intensamente.
Vos atajás – le ordené y continué – te voy a tirar un penal. Él, sumiso, se puso en el improvisado arco constituido por una pared y un pulóver marcando el otro poste virtual. Conté doce pasos y apoyé temblorosamente la pelota en el suelo. Tomé carrera y con la zurda patié por única vez al maravilloso regalo de mi padre. Por única vez porque la pelota se elevó por encima de la mansarda que daba a la calles Entre Ríos y Urquiza, por un instante reflejó el sol recortada en el azul del cielo, y luego desapareció tragada por la ciudad.
Bajamos a toda velocidad y perdí la noción del tiempo que utilicé para encontrarla. Tampoco podría recordar a cuantas personas que me miraban atónitas les pregunté si no habían visto una pelota que bajó del cielo.
Volví a casa desconsolado. Una sola vez la había pateado. Una sola. No se lo mencioné a mi padre. Sé que había sido un esfuerzo para él.
Muchas veces me pregunté quién se la habría encontrado. ¿Un chico?¿Un grande que sorprendió a su hijo, pensando que los milagros existen?
O quién sabe, capaz que un ángel se la llevó y desde entonces juegan al fútbol esperando que vaya y me pregunten ¿querés entrar?
CARTA DESDE UN SUEÑO (Crónica ficcionada)
Había soñado que un ladrón sorprendido por él en la casa, sin mediar palabra, le había disparado cinco tiros matándolo. Mientras caía el ladrón le dijo - ahora andá a los saltos -. Y no se enteró que poco tiempo después un misterioso mensajero le dejó una carta al ladrón de sus sueños y mucho menos se enteró de que la carta estaba firmada por él. La carta decía.
Sr. Ladrón y asesino:
Disculpe que no lo llame por su nombre. Es que no tuve tiempo de preguntárselo y todo sucedió muy rápidamente, como Ud. sabe. No se alarme por recibir estas líneas. Me mató y el estar muerto es una situación peculiar. En esta región sin destino no existe el rencor y por lo tanto no me anima ningún sentimiento de venganza. En cambio subsiste en mí la curiosidad.
Que Ud. haya entrado a mi casa a robar es de fácil respuesta ya que solo hay unas pocas razones: necesidad de plata, ejercicio profesional, desagrado al trabajo. Sin embargo, me extraña que no se haya llevado nada, salvo mi vida, claro.
Pero meterme cinco balazos en el cuerpo, alcanzando a percibir que no había alguna particular animosidad de parte suya, no teniendo enemigos (al menos no como para mandarme a matar), en definitiva sin ningún motivo serio como para temer por mi vida, es algo que me intriga sobremanera. Ni que decir de la frase que me dice sin el menor atisbo de odio cuando caía irremediablemente: - ahora andá a los saltos -.
En el lugar en el que me hallo no hay absolutamente nada que hacer. De modo que mitad por entretenerme, y mitad por curiosidad, como le di a entender líneas arriba, tejo incansables conjeturas acerca de los motivos que lo llevaron a asesinarme.
La primera y mas obvia es que lo hizo para que yo no lo reconociera. Tal cosa es imposible. No se le pudo escapar que yo le temo a la policía desde la época de la dictadura. Se podrá alegar que usted ignoraba mi situación. Pero el conocimiento puesto en práctica en relación a la ubicación de los cuartos hablan a las claras de que es un muy buen profesional: quiero decir que me habrá estudiado en su momento.
La segunda razón es que Ud. Podría ser esa clase de perversos que gozan matando. Debemos descartar esa hipótesis ya que lo vengo observando desde que me mató y nada indica que sea de ese tipo de individuos
Pareciera, pues, que es un asesinato inmotivado. Absurdo. Sin embargo me deja perplejo haber notado la determinación que reflejaba su rostro. Quiero decir que parecía cumplir con un deber ineludible.
Disculpe que esta carta continúe con cierta inconexión. Sucede que tuve que hacer un paréntesis en la confección y ahora retorno a la misma. Y en este paréntesis por fin recordé quién es. Es lógico que lo haya olvidado: lo vi una sola vez y hace treinta años.
En esa oportunidad se me acercó y con voz neutra me desafió a pelear. Yo no le lleve el apunte porque haber aceptado hubiera sido dar un espectáculo bochornoso, patético. Máxime que en ese momento estaba en una situación incómoda, violenta, casi diría penosa. Pero estas cosas las pensé después: solo me sentí mortificado y atiné a negarme. También pensé, siempre después, que Ud. era una persona muy primitiva. Porque como si fuera un personaje de Borges, me desafiaba a un duelo, solo que en este caso a piñas, por el amor de una mujer. Me desafió como si fuéramos animales, machos en celo, por una hembra. Eso si, recuerdo que no había emoción alguna en su rostro.
Pero sucede que yo no estaba en celo. Y no soy un animal. El amor que nos había unido, como suele suceder, terminó en una triste decepción. Ella rehuyó a una peligrosa libertad, prefiriendo las seguridades que Ud. le brindaba
Sin embargo, ella me había amado intensamente en su momento. Y para colmo no habíamos tenido relaciones. La época, nuestra educación, nuestra situación social y la religión no lo permitían. Ud. lo sabe muy bien porque fue el primero y el único hombre que ella tuvo. Pero también sabe, seguramente, que precisamente por eso, por el deseo insatisfecho, en algún lugar de ella el amor por mi subsiste. La conozco y se que su pudor y su religiosidad no le deben permitir percatarse de ello. Pero seguramente habito en el lugar en el que no se puede tener control, es decir en sus sueños. Y eso es insoportable para Ud., sobre todo cuando en el silencio de la noche, de tanto en tanto, de la boca de ella se escapa mi nombre. Y ahí es donde debo rendir homenaje a su inteligencia: no se de que modo Ud. logro colarse en un sueño mío y bajo estado de necesidad, es decir sin odio, me mató creyendo que así lograría sacarme de los sueños de ella.
atte.
Sr. Ladrón y asesino:
Disculpe que no lo llame por su nombre. Es que no tuve tiempo de preguntárselo y todo sucedió muy rápidamente, como Ud. sabe. No se alarme por recibir estas líneas. Me mató y el estar muerto es una situación peculiar. En esta región sin destino no existe el rencor y por lo tanto no me anima ningún sentimiento de venganza. En cambio subsiste en mí la curiosidad.
Que Ud. haya entrado a mi casa a robar es de fácil respuesta ya que solo hay unas pocas razones: necesidad de plata, ejercicio profesional, desagrado al trabajo. Sin embargo, me extraña que no se haya llevado nada, salvo mi vida, claro.
Pero meterme cinco balazos en el cuerpo, alcanzando a percibir que no había alguna particular animosidad de parte suya, no teniendo enemigos (al menos no como para mandarme a matar), en definitiva sin ningún motivo serio como para temer por mi vida, es algo que me intriga sobremanera. Ni que decir de la frase que me dice sin el menor atisbo de odio cuando caía irremediablemente: - ahora andá a los saltos -.
En el lugar en el que me hallo no hay absolutamente nada que hacer. De modo que mitad por entretenerme, y mitad por curiosidad, como le di a entender líneas arriba, tejo incansables conjeturas acerca de los motivos que lo llevaron a asesinarme.
La primera y mas obvia es que lo hizo para que yo no lo reconociera. Tal cosa es imposible. No se le pudo escapar que yo le temo a la policía desde la época de la dictadura. Se podrá alegar que usted ignoraba mi situación. Pero el conocimiento puesto en práctica en relación a la ubicación de los cuartos hablan a las claras de que es un muy buen profesional: quiero decir que me habrá estudiado en su momento.
La segunda razón es que Ud. Podría ser esa clase de perversos que gozan matando. Debemos descartar esa hipótesis ya que lo vengo observando desde que me mató y nada indica que sea de ese tipo de individuos
Pareciera, pues, que es un asesinato inmotivado. Absurdo. Sin embargo me deja perplejo haber notado la determinación que reflejaba su rostro. Quiero decir que parecía cumplir con un deber ineludible.
Disculpe que esta carta continúe con cierta inconexión. Sucede que tuve que hacer un paréntesis en la confección y ahora retorno a la misma. Y en este paréntesis por fin recordé quién es. Es lógico que lo haya olvidado: lo vi una sola vez y hace treinta años.
En esa oportunidad se me acercó y con voz neutra me desafió a pelear. Yo no le lleve el apunte porque haber aceptado hubiera sido dar un espectáculo bochornoso, patético. Máxime que en ese momento estaba en una situación incómoda, violenta, casi diría penosa. Pero estas cosas las pensé después: solo me sentí mortificado y atiné a negarme. También pensé, siempre después, que Ud. era una persona muy primitiva. Porque como si fuera un personaje de Borges, me desafiaba a un duelo, solo que en este caso a piñas, por el amor de una mujer. Me desafió como si fuéramos animales, machos en celo, por una hembra. Eso si, recuerdo que no había emoción alguna en su rostro.
Pero sucede que yo no estaba en celo. Y no soy un animal. El amor que nos había unido, como suele suceder, terminó en una triste decepción. Ella rehuyó a una peligrosa libertad, prefiriendo las seguridades que Ud. le brindaba
Sin embargo, ella me había amado intensamente en su momento. Y para colmo no habíamos tenido relaciones. La época, nuestra educación, nuestra situación social y la religión no lo permitían. Ud. lo sabe muy bien porque fue el primero y el único hombre que ella tuvo. Pero también sabe, seguramente, que precisamente por eso, por el deseo insatisfecho, en algún lugar de ella el amor por mi subsiste. La conozco y se que su pudor y su religiosidad no le deben permitir percatarse de ello. Pero seguramente habito en el lugar en el que no se puede tener control, es decir en sus sueños. Y eso es insoportable para Ud., sobre todo cuando en el silencio de la noche, de tanto en tanto, de la boca de ella se escapa mi nombre. Y ahí es donde debo rendir homenaje a su inteligencia: no se de que modo Ud. logro colarse en un sueño mío y bajo estado de necesidad, es decir sin odio, me mató creyendo que así lograría sacarme de los sueños de ella.
atte.
domingo
ANTIFOTOGRAFIA (Ficción)
Si los hechos no se hubieran sucedido con una lógica tan exacta, tan correcta, se podría haber pensado que estos eran el producto de una mente desquiciada.
El jardinero de la mansión había descubierto, cuando cortaba el césped, una máquina fotográfica Leica de 35 mm. con óptica Zeiss, enterrada hasta la mitad, a la vera del sendero principal, que se abría paso por el espléndido jardín transportando a propios y extraños, de la verja de entrada de hierro a la puerta de roble macizo, ingreso de la gran casa de estilo victoriano.
Después de revisarla con cuidado, el hombre se la entregó a su dueño, sir Richard Bhrigton quién creyó de inmediato que se trataba de la cámara de su propiedad, tan útil a la hora de fotografiar los bellos paisajes que circundaban su hogar, amén de inmortalizar en el celuloide, sus acalorados encuentros con algunos jóvenes mancebos del lugar.
Pero su asombro fue mayúsculo cuando comprobó que la suya estaba en el lugar acostumbrado: en el segundo cajón de la derecha de su imponente placard. Asombro que no hubiera sido tal de no mediar que ambas cámaras eran exactamente iguales. No iguales, idénticas. Los números de serie, los detalles mas insignificantes estaban en las dos, de modo que ni un experto podría diferenciarlas. Su perplejidad trepó a su punto mas alto cuando comprobó que como en su propia cámara, la encontrada tenía, según el contador de la máquina, también ocho tomas realizadas.
No perdió un instante y se dirigió a la casa de fotografía de su absoluta confianza dado que su propietario participaba con frecuencia de los jolgorios de sir Richard y esto le permitía llevarle para ser procesadas, sus muy frecuentes escabrosas vistas.
Cuando fue a buscar el material, su compañero de juergas le comunicó con el rostro demudado: - Yo no revelo eso. Consíguete otro fotógrafo y por favor no vengas más por aquí. Le devolvió la máquina junto con los negativos que sí había procesado y se negó a cobrar su trabajo.
- ¿Pero que pasó?¿Porqué no hicistes las copias? – interrogó asombrado Bhrigton.
- Por favor, retírate – y añadió el atribulado fotógrafo – no lo tome a mal pero retírate.
Poco menos sacó a empujones de su local a sir Richard.
Ya en su casa, se sentó a pensar en todos estos sucesos. Que las máquinas fueran idénticas solo podría ser obra de una exquisita casualidad, se dijo y continuó: - no entiendo entonces el susto y la negativa del fotógrafo. Por otra parte, es ridículo pensar en un paralelismo entre ambas cámaras; no pueden estar las mismas fotos.
Decidió hacer un intento con su propia cámara. Volvió a lo de su amigo a quién tuvo que convencer, después de argumentar mucho, contarle la historia y mostrarle las dos cámaras, que hiciera las copias y revelara los negativos de la cámara “normal”.
Una vez reveladas éstas mostraron una escena de una fiesta en la que predominaba el tono alegre, con morisquetas y bromas visuales, muy propias de quienes han incursionado por los dominios báquicos y las otras siete, eran retratos de cada uno de los asistentes, porque (siempre dentro de una atmósfera jocosa) decidieron hacer un concurso para determinar quién era el mas bello de los concurrentes.
De modo que aún cuando pudiera haber ocurrido la disparatada fantasía consistente en encontrar en el otro rollo las mismas fotografías, no habría ningún motivo que justificara la reacción de su compinche.
Mas tranquilo decidió llevar el rollo con los negativos “maditos” a otra casa de fotografía. La relación con éste comercio era impersonal. Es decir, no conocía a nadie. Le dijeron cortésmente que volviera al día siguiente.
No pudo evitar esa noche dormir mal. Estaba ansioso y no sabía bien porqué, también angustiado.
Se dirigió a la casa de fotografía no bien se levantó de su agitado sueño al clarear el nuevo día. Cuando llegó el negocio acababa de abrir sus puertas. El empleado que lo atendió le dijo que su patrón, el dueño del negocio, todavía no había llegado y que había dejado expresas instrucciones por las que sólo él y nadie mas que él atendería en persona a sir Richard.
De cualquier modo, aunque esto le produjo una fuerte inquietud, no tardó mucho el hombre en hacerse presente.
Cortésmente y en forma grave, lo instó a pasar a su despacho privado.
Una vez en el mismo, y bajo la atenta mirada de múltiples retratos (fotográficos, claro) que lo escrutaban desde las paredes, el hombre sacó una cigarrera e invitó a sir Richard, quién rechazando con un gesto suave el convite le dijo: - Gracias señor, me gustaría saber porque este inusual, supongo, trato con un cliente.
Desde el otro lado del gran escritorio en el que se hallaba sentado, el hombre abrió una caja fuerte que tenía en un costado y sacando el cilindro de bakelita que portaba el negativo se lo entregó mientras le decía: - Sir Richard, no pierda tiempo y deshágase de esto por el amor de Dios.
Y antes de que Bhrigton pudiera contestar le agregó: - no me pregunte nada, porque no le voy a contestar. Le ruego por favor, que no le diga a nadie que usted vino con este material – y continuó estrangulando la voz - Es mas, esta reunión no existió, usted jamás estuvo aquí.
Se levantó, un tanto pálido, indicándole que saliera por una puerta lateral, de servicio.
Sir Richard al retirarse alcanzó a ver que el nuevo fotógrafo se tomaba la cabeza mientras con voz algo llorosa murmuraba: - es la antifotografía.
De regreso en su casa, sir Richard no dejaba, ahora casi afiebradamente, de preguntarse que pasaba con ese negativo que ahora no tenía la menor duda tenía que ver con él. Por supuesto, ya había intentado fisgonear en el negativo sin resultado alguno. Le pareció, eso sí, que efectivamente los negativos eran iguales a las copias obtenidas en su máquina.
Le retornaba una y otra vez lo dicho por el comerciante: “antifotografía”.
Siempre puede suceder que se tomen decisiones fatales, cometer un gravísimo error, que nos persiga para siempre o cuyas consecuencias son ilevantables, incalculables. Mucho mas pesaroso cuando la intención ha sido noble.
Aunque éste no era el caso, sir Richard tomó su mala decisión: él mismo revelaría las fotos. Para ello adquiró un manual de fotografía práctica: “Revele usted mismo sus propias fotografías” y también una ampliadora, las bandejas y los componentes químicos necesarios: revelador, fijador, etc. Una lámpara roja y unos metros de tela negra completaban el laboratorio mínimo para poner manos a la obra.
Cosa que hizo sin dilación, no bien terminó de instalar el dispositivo necesario y después de haber dejado la casa vacía de servidumbre.
Sus manos tenían un ligero temblor cuando depositó el rollo con los negativos en el portarrollo de la ampliadora. Y comenzó el revelado.
Todo se desarrollaba normalmente: exponía el papel en la ampliadora, sumergiéndolo después en el revelador, lo pasaba al fijador y finalmente lo depositaba en el agua. Muy pronto terminó con las ocho copias. No salía de su asombro, ¿Cómo podía ser posible la duplicación de los negativos? Las colgó para que se sequen y para apurar el proceso utilizó un secador de pelo.
En eso estaba cuando primero le pareció (creyó que era un engaño de sus sentidos) y luego advirtió sin lugar a dudas y con una terrible angustia, que los personajes fotografiados se movían. Eso pasaba en la primera fotografía en donde aparecían los siete participantes de la reunión.
Ahí estaban, charlando y haciendo chistes, como en un film, donde incluso se escuchaban sus voces, el tintinear de las copas, el ruido de los sillones al sentarse, de los muebles al correrse, reproduciendo, en fin, los momentos que habían vivido en esa fiesta. Así siguió hasta que comenzaron a retirarse, dejando vacía la sala, hasta que se apagaron las luces.
Atónito, aterrorizado, pero fascinado y con una total imposibilidad de apartar la vista, recordó que las otras siete fotos y así lo comprobó, eran las de cada uno de los asistentes por ese irrisorio concurso de retratos.
Pudo comprobar también, que las fotos se desanimaban cuando les sacaba la vista.
Miró entonces uno de los retratos y al animarse mostraba todo lo que le sucedería en el futuro a Sergio, su más que amigo predilecto. Y le ocurrían cosas que jamás se hubiera imaginado: Sergio se involucraba en la violación y asesinato de una joven adolescente por lo que, una vez sorprendido y juzgado fue condenado a muerte. Todo apareció en la fotografía: incluída la ejecución. Sorprendido, sir Bhrigton notó que el tiempo real que había dedicado tal vez a unos cinco años de la vida de su amigo habían sido solo diez minutos de tiempo real.
Obsesionado, con mirada alucinada, fue mirando, no podía dejar de mirar, las otras fotografías que también, como en un cinematógrafo atroz, mostraba la secuencia ininterrumpida de la vida de los otros retratados hasta su muerte. Afortunadamente salvo para dos de ellos que perdieron la vida en un accidente automovilístico, los demás murieron por causas naturales a una edad avanzada.
Sólo faltaba mirar lo mas temía: la fotografía de él mismo.
Se sentó a cavilar sobre lo que estaba sucediéndole: Buscó luego un cuaderno donde dejó escrita su espantosa experiencia y que sirvieron para que después, yo, su mayordomo, pudiera escribir este testimonio. Entre sus anotaciones escribió: “Ahora endiendo porque lo de la “antifotografía”. La fotografía detiene el tiempo. Por eso también se las ha llamado “instantáneas”. Instante rescatado de la continuidad destructiva del tiempo. Estas fueron “antifotografías” porque no solo no eran un corte en el tiempo sino que mostraban el desarrollo que fatalmente se suceden en el tiempo”
Finalmente pudo mas su curiosidad, su ansiedad que lo dominaba por completo, que su sensato terror. Lo que no vió fue su cara de espanto mirando la fotografía, y fue lo último que vió porque su corazón estalló fulminándolo.
Doy por seguro que fue así que terminó su vida porque lo anticipó en su escrito: no podría soportar ver su propia muerte.
Cuando lo encontramos, los negativos y las copias estaban completamente velados.
El jardinero de la mansión había descubierto, cuando cortaba el césped, una máquina fotográfica Leica de 35 mm. con óptica Zeiss, enterrada hasta la mitad, a la vera del sendero principal, que se abría paso por el espléndido jardín transportando a propios y extraños, de la verja de entrada de hierro a la puerta de roble macizo, ingreso de la gran casa de estilo victoriano.
Después de revisarla con cuidado, el hombre se la entregó a su dueño, sir Richard Bhrigton quién creyó de inmediato que se trataba de la cámara de su propiedad, tan útil a la hora de fotografiar los bellos paisajes que circundaban su hogar, amén de inmortalizar en el celuloide, sus acalorados encuentros con algunos jóvenes mancebos del lugar.
Pero su asombro fue mayúsculo cuando comprobó que la suya estaba en el lugar acostumbrado: en el segundo cajón de la derecha de su imponente placard. Asombro que no hubiera sido tal de no mediar que ambas cámaras eran exactamente iguales. No iguales, idénticas. Los números de serie, los detalles mas insignificantes estaban en las dos, de modo que ni un experto podría diferenciarlas. Su perplejidad trepó a su punto mas alto cuando comprobó que como en su propia cámara, la encontrada tenía, según el contador de la máquina, también ocho tomas realizadas.
No perdió un instante y se dirigió a la casa de fotografía de su absoluta confianza dado que su propietario participaba con frecuencia de los jolgorios de sir Richard y esto le permitía llevarle para ser procesadas, sus muy frecuentes escabrosas vistas.
Cuando fue a buscar el material, su compañero de juergas le comunicó con el rostro demudado: - Yo no revelo eso. Consíguete otro fotógrafo y por favor no vengas más por aquí. Le devolvió la máquina junto con los negativos que sí había procesado y se negó a cobrar su trabajo.
- ¿Pero que pasó?¿Porqué no hicistes las copias? – interrogó asombrado Bhrigton.
- Por favor, retírate – y añadió el atribulado fotógrafo – no lo tome a mal pero retírate.
Poco menos sacó a empujones de su local a sir Richard.
Ya en su casa, se sentó a pensar en todos estos sucesos. Que las máquinas fueran idénticas solo podría ser obra de una exquisita casualidad, se dijo y continuó: - no entiendo entonces el susto y la negativa del fotógrafo. Por otra parte, es ridículo pensar en un paralelismo entre ambas cámaras; no pueden estar las mismas fotos.
Decidió hacer un intento con su propia cámara. Volvió a lo de su amigo a quién tuvo que convencer, después de argumentar mucho, contarle la historia y mostrarle las dos cámaras, que hiciera las copias y revelara los negativos de la cámara “normal”.
Una vez reveladas éstas mostraron una escena de una fiesta en la que predominaba el tono alegre, con morisquetas y bromas visuales, muy propias de quienes han incursionado por los dominios báquicos y las otras siete, eran retratos de cada uno de los asistentes, porque (siempre dentro de una atmósfera jocosa) decidieron hacer un concurso para determinar quién era el mas bello de los concurrentes.
De modo que aún cuando pudiera haber ocurrido la disparatada fantasía consistente en encontrar en el otro rollo las mismas fotografías, no habría ningún motivo que justificara la reacción de su compinche.
Mas tranquilo decidió llevar el rollo con los negativos “maditos” a otra casa de fotografía. La relación con éste comercio era impersonal. Es decir, no conocía a nadie. Le dijeron cortésmente que volviera al día siguiente.
No pudo evitar esa noche dormir mal. Estaba ansioso y no sabía bien porqué, también angustiado.
Se dirigió a la casa de fotografía no bien se levantó de su agitado sueño al clarear el nuevo día. Cuando llegó el negocio acababa de abrir sus puertas. El empleado que lo atendió le dijo que su patrón, el dueño del negocio, todavía no había llegado y que había dejado expresas instrucciones por las que sólo él y nadie mas que él atendería en persona a sir Richard.
De cualquier modo, aunque esto le produjo una fuerte inquietud, no tardó mucho el hombre en hacerse presente.
Cortésmente y en forma grave, lo instó a pasar a su despacho privado.
Una vez en el mismo, y bajo la atenta mirada de múltiples retratos (fotográficos, claro) que lo escrutaban desde las paredes, el hombre sacó una cigarrera e invitó a sir Richard, quién rechazando con un gesto suave el convite le dijo: - Gracias señor, me gustaría saber porque este inusual, supongo, trato con un cliente.
Desde el otro lado del gran escritorio en el que se hallaba sentado, el hombre abrió una caja fuerte que tenía en un costado y sacando el cilindro de bakelita que portaba el negativo se lo entregó mientras le decía: - Sir Richard, no pierda tiempo y deshágase de esto por el amor de Dios.
Y antes de que Bhrigton pudiera contestar le agregó: - no me pregunte nada, porque no le voy a contestar. Le ruego por favor, que no le diga a nadie que usted vino con este material – y continuó estrangulando la voz - Es mas, esta reunión no existió, usted jamás estuvo aquí.
Se levantó, un tanto pálido, indicándole que saliera por una puerta lateral, de servicio.
Sir Richard al retirarse alcanzó a ver que el nuevo fotógrafo se tomaba la cabeza mientras con voz algo llorosa murmuraba: - es la antifotografía.
De regreso en su casa, sir Richard no dejaba, ahora casi afiebradamente, de preguntarse que pasaba con ese negativo que ahora no tenía la menor duda tenía que ver con él. Por supuesto, ya había intentado fisgonear en el negativo sin resultado alguno. Le pareció, eso sí, que efectivamente los negativos eran iguales a las copias obtenidas en su máquina.
Le retornaba una y otra vez lo dicho por el comerciante: “antifotografía”.
Siempre puede suceder que se tomen decisiones fatales, cometer un gravísimo error, que nos persiga para siempre o cuyas consecuencias son ilevantables, incalculables. Mucho mas pesaroso cuando la intención ha sido noble.
Aunque éste no era el caso, sir Richard tomó su mala decisión: él mismo revelaría las fotos. Para ello adquiró un manual de fotografía práctica: “Revele usted mismo sus propias fotografías” y también una ampliadora, las bandejas y los componentes químicos necesarios: revelador, fijador, etc. Una lámpara roja y unos metros de tela negra completaban el laboratorio mínimo para poner manos a la obra.
Cosa que hizo sin dilación, no bien terminó de instalar el dispositivo necesario y después de haber dejado la casa vacía de servidumbre.
Sus manos tenían un ligero temblor cuando depositó el rollo con los negativos en el portarrollo de la ampliadora. Y comenzó el revelado.
Todo se desarrollaba normalmente: exponía el papel en la ampliadora, sumergiéndolo después en el revelador, lo pasaba al fijador y finalmente lo depositaba en el agua. Muy pronto terminó con las ocho copias. No salía de su asombro, ¿Cómo podía ser posible la duplicación de los negativos? Las colgó para que se sequen y para apurar el proceso utilizó un secador de pelo.
En eso estaba cuando primero le pareció (creyó que era un engaño de sus sentidos) y luego advirtió sin lugar a dudas y con una terrible angustia, que los personajes fotografiados se movían. Eso pasaba en la primera fotografía en donde aparecían los siete participantes de la reunión.
Ahí estaban, charlando y haciendo chistes, como en un film, donde incluso se escuchaban sus voces, el tintinear de las copas, el ruido de los sillones al sentarse, de los muebles al correrse, reproduciendo, en fin, los momentos que habían vivido en esa fiesta. Así siguió hasta que comenzaron a retirarse, dejando vacía la sala, hasta que se apagaron las luces.
Atónito, aterrorizado, pero fascinado y con una total imposibilidad de apartar la vista, recordó que las otras siete fotos y así lo comprobó, eran las de cada uno de los asistentes por ese irrisorio concurso de retratos.
Pudo comprobar también, que las fotos se desanimaban cuando les sacaba la vista.
Miró entonces uno de los retratos y al animarse mostraba todo lo que le sucedería en el futuro a Sergio, su más que amigo predilecto. Y le ocurrían cosas que jamás se hubiera imaginado: Sergio se involucraba en la violación y asesinato de una joven adolescente por lo que, una vez sorprendido y juzgado fue condenado a muerte. Todo apareció en la fotografía: incluída la ejecución. Sorprendido, sir Bhrigton notó que el tiempo real que había dedicado tal vez a unos cinco años de la vida de su amigo habían sido solo diez minutos de tiempo real.
Obsesionado, con mirada alucinada, fue mirando, no podía dejar de mirar, las otras fotografías que también, como en un cinematógrafo atroz, mostraba la secuencia ininterrumpida de la vida de los otros retratados hasta su muerte. Afortunadamente salvo para dos de ellos que perdieron la vida en un accidente automovilístico, los demás murieron por causas naturales a una edad avanzada.
Sólo faltaba mirar lo mas temía: la fotografía de él mismo.
Se sentó a cavilar sobre lo que estaba sucediéndole: Buscó luego un cuaderno donde dejó escrita su espantosa experiencia y que sirvieron para que después, yo, su mayordomo, pudiera escribir este testimonio. Entre sus anotaciones escribió: “Ahora endiendo porque lo de la “antifotografía”. La fotografía detiene el tiempo. Por eso también se las ha llamado “instantáneas”. Instante rescatado de la continuidad destructiva del tiempo. Estas fueron “antifotografías” porque no solo no eran un corte en el tiempo sino que mostraban el desarrollo que fatalmente se suceden en el tiempo”
Finalmente pudo mas su curiosidad, su ansiedad que lo dominaba por completo, que su sensato terror. Lo que no vió fue su cara de espanto mirando la fotografía, y fue lo último que vió porque su corazón estalló fulminándolo.
Doy por seguro que fue así que terminó su vida porque lo anticipó en su escrito: no podría soportar ver su propia muerte.
Cuando lo encontramos, los negativos y las copias estaban completamente velados.
Los Cocos, enero 2003
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